Toma tu cianuro

Por Marcelo Contreras

YIYA MURANO: MUERTE A LA HORA DEL TÉ. NETFLIX.

El nombre kilométrico y sugerente de linaje —María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano—, nunca estuvo a la altura de sus ambiciones. Yiya Murano, nacida en Buenos Aires en 1930, pretendió una existencia de lujos y estatus que el título de maestra no podía darle. Casada con un abogado y madre de un hijo, Yiya se reunía con amigas en cafés de la capital argentina luciendo como actriz de la era dorada de Hollywood. La intención no era sólo impresionar a sus cercanas, sino también atraer a hombres hasta formar una corte de amantes dispuestos a pagar por sus servicios. Pero Yiya quería más, en tanto el ambiente de la Argentina de fines de los setenta —los años de la burbuja económica conocidos como “plata dulce” en medio del gobierno de facto—, era el escenario perfecto para orquestar una estafa piramidal. Yiya embaucaba a sus amigas ofreciendo jugosos intereses a inversiones menores. Las primeras transacciones registradas en pagarés resultaban sustanciosas, hasta que comenzaban las argucias para no devolver el dinero. En el verano de 1979, tres amigas suyas fallecieron por afecciones cardiacas, según los primeros reportes. A cada una debía importantes sumas, y así también habían devorado coquetos pastelillos obsequiados por la mujer para acompañar el té.

Este documental reconstruye no sólo los asesinatos y las insólitas maniobras de Murano para ocultar el rastro culpable, sino cómo se convirtió en un retorcido personaje de la cultura pop argentina tras cumplir condena. Durante largos años se regocijó con apariciones en la prensa y como invitada en diversos programas siempre alegando inocencia, incluyendo un siniestro episodio de Almorzando con Mirtha Legrand, donde campearon los chistes sobre comida envenenada. Muerte a la hora del té también indaga en la figura de su hijo Martín, un personaje extravagante que hizo carrera en la pantalla chica como doble de acción. Autor de un libro donde descarga su amargura acusando malos tratos y falta de cariño, el vástago asegura que su madre le confesó los crímenes.

La sangre fría, el arribismo explícito y la sed de fama mediática por fechorías que negaba, transforman a Yiya Murano en una figura despreciable y también intrigante en torno a los confines del morbo.