La Maddalena

Por José Pedro Vicente, arquitecto

Hay lugares donde la arquitectura entiende que no llegó primero. La Maddalena, una de las islas del archipiélago situado al norte de Cerdeña, es uno de ellos. Antes que las edificaciones, está la topografía; antes que la ciudad, está el mar. La arquitectura no compite con esta condición preexistente, sino que se adapta a ella.

Caminar por sus calles es reconocer permanentemente el lugar sobre el que fueron construidas. Las edificaciones se encaraman sobre las pendientes, siguen las condiciones del terreno y, a medida que uno avanza, las calles buscan el borde costero. El cerro y el mar no son dos mundos separados por una ciudad que se interpone entre ellos, sino que existe una relación permanente entre las tres partes.

El protagonista es el peatón. Las calles y los espacios públicos son lugares para quedarse, caminar, conversar, mirar, comprar, comer o simplemente descansar. El espacio público es utilizado tanto por quienes viven, como por quienes llegan de visita. Esa convivencia se produce con una naturalidad que resulta cada vez más difícil encontrar en nuestras ciudades. Una persona puede sentarse frente a su propia casa a disfrutar de la calle y, a pocos metros, una mesa de restaurante puede ocupar parte de ese mismo espacio para desarrollar una actividad comercial. Distintas formas de habitar pueden desarrollarse simultáneamente sin necesidad de excluirse unas a otras. Esto tiene un nombre; respeto. No es necesario que cada actividad tenga un territorio completamente independiente. La calidad aparece justamente cuando distintas formas de habitar pueden coexistir dentro de un mismo espacio.

Ese respeto también se reconoce en la arquitectura. La Maddalena tiene una identidad construida a partir de cierta homogeneidad. Las edificaciones obedecen a determinadas alturas, materiales, colores y tipologías. No quieren llamar la atención individualmente ni necesitan hacerlo. Cada una entiende que forma parte de algo mayor y que su responsabilidad no termina en los límites de su propiedad.

No se trata de una ciudad donde cada propietario intenta hacer aquello que más le conviene dentro de las posibilidades que le entrega la normativa, ni de una suma de edificios que compiten entre sí por ser diferentes. Al contrario, cada edificio parece asumir que pertenece a una construcción colectiva. La identidad no pertenece a un edificio, sino al conjunto. Cada construcción aporta, pero ninguna pretende imponerse sobre las demás.

La Maddalena consigue algo que parece sencillo, pero que en realidad requiere mucha conciencia: construir un lugar donde naturaleza, arquitectura y vida cotidiana no compiten entre sí. El mar, el borde costero y el cerro forman parte de una misma experiencia; las edificaciones acompañan esa condición; las calles conducen hacia el agua; el comercio se mezcla con la vida cotidiana; el peatón recupera su protagonismo y la arquitectura, en vez de buscar individualmente su propio beneficio, contribuye a construir una identidad colectiva.

Quizás esa sea una de las mejores definiciones de ciudad: un lugar donde, aunque cada uno tenga su propia vida, todos entienden que forman parte de un mismo lugar.