Como ciudad capital, Santiago ha concentrado históricamente gran parte de los fondos, las aceleradoras y las rondas de inversión. Pero confundir esa concentración con el verdadero potencial de innovación del país ha sido un error. Hoy el talento, las oportunidades y los desafíos están distribuidos a lo largo de todo Chile. De hecho, me atrevo a asegurar que el próximo gran emprendimiento chileno, ese que logre escalar y competir a nivel global, probablemente no nacerá en la Región Metropolitana.
Lo digo porque la innovación no pasa por la creencia de desarrollar mejores plataformas digitales o aplicaciones. Los grandes desafíos que movilizan inversión y talento están también en la seguridad hídrica, la transición energética, la producción sostenible de alimentos, la logística o la adaptación al cambio climático. Es decir, las grandes problemáticas globales. Quien logre resolver alguno de ellos tendrá la oportunidad de construir empresas con impacto mundial.
Y Chile tiene una ventaja: esos desafíos no son una conversación teórica, sino parte de nuestra realidad. Nuestros territorios ya son el escenario donde esos problemas existen y donde pueden surgir soluciones con potencial para el mundo.
En el norte, la minería y la escasez hídrica impulsan el desarrollo de tecnologías para optimizar el uso del agua, mejorar procesos productivos y avanzar hacia una industria más sostenible. En el centro, la agricultura enfrenta el desafío de producir más con menos recursos. En el sur, la industria forestal, la acuicultura y el turismo conviven con la necesidad de innovar en sostenibilidad, trazabilidad y adaptación climática. En los extremos del país, la conectividad y la generación de energía representan desafíos que muchos otros territorios del mundo también deberán enfrentar.
Eso cambia completamente la conversación. El verdadero valor de las regiones está en que allí conviven personas que conocen esos desafíos desde la experiencia. Son emprendedores que entienden una industria porque forman parte de ella, que observan oportunidades que difícilmente aparecen en un estudio de mercado y que pueden validar sus soluciones directamente con quienes viven el problema todos los días.
Las mejores empresas no nacen necesariamente donde hay más oficinas o más inversionistas. Nacen donde alguien logra comprender un problema antes que el resto y desarrolla una solución capaz de escalar, y esa cercanía con la realidad es una ventaja competitiva enorme que, muchas veces, es imposible de replicar desde un escritorio.
Por eso celebro iniciativas como la reciente apertura de iF en San Pedro de la Paz, en la Región del Biobío. Contar con un espacio que conecta a startups y emprendedores del sur con redes, conocimiento y oportunidades es, justamente, el tipo de infraestructura que necesitamos fortalecer. No porque las regiones requieran asistencia, sino porque allí existen capacidades que merecen las mismas oportunidades para crecer. Lo mismo ocurre con encuentros como Puerto de Ideas o las charlas TEDx en distintas ciudades del país, que amplían las conversaciones, conectan personas y fortalecen ecosistemas locales de innovación.
La descentralización deja de ser un objetivo cuando pasa a formar parte de la manera en que comprendemos el desarrollo. Es así como un ecosistema que conecta inversión, talento y colaboración con los desafíos de cada territorio, permite que las ideas finalmente crezcan donde nacen y que el potencial de Chile se exprese en su totalidad.
Por eso estoy muy convencida de que el próximo unicornio chileno no surgirá necesariamente donde hoy se concentra el capital, sino donde alguien esté resolviendo un problema que el mundo también necesita resolver. Y muchos de esos desafíos ya están en nuestras regiones.
Construir empresas con impacto global también significa reconocer el enorme potencial de los territorios. Las regiones no deben nunca estar al margen de la innovación, sino que deben ser un espacio donde hoy también están surgiendo soluciones con mayor proyección para Chile y el mundo.


















