Máquinas versus música

En mayo de 1982, el influyente Musicians’ Union británico aprobó una moción que ahora resulta insólita: prohibir el uso de sintetizadores y cajas de ritmo capaces de replicar instrumentos acústicos, bajo la consigna Keep Music Live. El detonante no fue instigado por la floreciente escena synth pop de aquel entonces, sino de manera tangencial. El edulcorado baladista Barry Manilow había emprendido una gira por el Reino Unido con un detalle que alertó al sindicato, al reemplazar con fríos teclados los oficios de una numerosa orquesta. La pataleta sindical no tuvo efecto alguno, mientras el pop fabricado entre teclas y secuencias estaba en pleno apogeo, gracias a bandas de reconocida calidad y éxito como Human League y Depeche Mode. Más temprano que tarde, la organización asumió que los artistas operando máquinas debían ser considerados como músicos, de la misma manera que los intérpretes de instrumentos análogos.

Hace un par de años surgió una iniciativa con aprehensiones emparentadas, cuando la Alianza para los Derechos de los Artistas —Artist Rights Alliance, con firmas que agrupan desde los herederos de Frank Sinatra hasta Billie Eilish—, levantó alertas en torno a la aplicación de la inteligencia artificial en el rubro. Sin embargo, los temores de la instancia apuntaron a la moral corporativa antes que el uso derechamente artístico, recelosos del comportamiento permisivo de plataformas como Spotify con la herramienta.

Estas aprehensiones no empezaron con el arribo masivo de los sintetizadores y las baterías electrónicas en los ochenta, sino mucho antes. En la Alemania de posguerra de los años cincuenta hubo advertencias frente a los primeros modelos de sintetizadores, apuntando que la electrónica respondía a “un mundo en el que no hay humanos sino sólo seres diabólicos”.

La historia demuestra que la música nunca ha dejado de lidiar con la tecnología. Del piano al sampler, del sintetizador al software, cada innovación ha sido recibida con sospecha antes de integrarse al lenguaje común. La IA plantea dilemas inéditos, sobre todo en materia de creatividad, autoría y derechos. Pero confundir la herramienta con el resultado es un error manido. Después de todo, ninguna máquina ha conseguido todavía reemplazar el criterio, el gusto ni la intuición impredecible que termina convirtiendo una concatenación de sonidos en música.