La novicia rebelde

Constanza Valdés

¿Cómo es vivir en una comunidad religiosa? ¿Cuánto dura la transición entre una vida secular y una de silencio y oración? ¿Pesa la soledad? ¿Existe apoyo sicológico? ¿Se puede vivir de la fe? Esta es la historia de Constanza y su paso por un convento. Tres años que quedaron plasmados en quince cuadernillos que atesora con el corazón y que hoy agradece profundamente. “La madurez que tomé después de todo este tiempo fue increíble. La valoración de la vida es impactante. Haber estado tres años separada de mi familia, de mis amigos y de quienes uno más quiere, te hace valorar realmente lo que tienes”.

Por Macarena Ríos R. / Fotografías Teresa Lamas G. 

“Mis papás se separaron cuando yo tenía cinco años y nos fuimos a vivir a la casa de mis abuelos maternos, quienes me regalaron la fe y eso para mí fue maravilloso, marcó un antes y un después en mi vida. Me acuerdo que los acompañaba a misa y mi abuela me daba un cuaderno para pintar.

Estudié en un colegio laico, donde teníamos la opción de tomar religión, pero en primero medio llegué a un colegio católico y ese cambio fue trascendental, porque fue un lugar donde hice mis grandes amigas y donde descubrí un vínculo con un Dios que estaba en las personas y eso me encantó.

Con mis amigas íbamos a campamentos de verano, a jornadas pastorales, hacíamos peregrinaciones. Cuando uno es adolescente da la vida por lo que sea y para mí esto era mi vida, mi motor. Era una vida muy potente.

Entré a la universidad el 2010 a estudiar Educación Física —yo era seleccionada nacional de atletismo—, sin dejar de lado mi participación en la juventud de la iglesia. Se me presentó la oportunidad de irme a misionar a Medellín por un año. Fue allá donde me propuse solucionar este revuelo interno que tenía sobre mi verdadera vocación. No puede ser que mi vida sea solo ir a la universidad, pensaba. Y casarme y tener hijos. Si mi vida va a ser algo más, quiero vivir esa vida que Dios quiere también para mí. Es como cuando te enamoras y no puedes dejar de pensar en ese chico que te mueve todo. Es así. En ese minuto sentía que Jesús movía muchas cosas en mi vida y las sigue moviendo power.

El viaje a Colombia ratificó lo que hace tiempo venía sintiendo: consagrar mi vida a Jesús. Mi decisión fue tomada con mucha conciencia y libertad. Yo tenía una guía espiritual a la que le contaba todo. Era muy receptiva y me hacía sentir muy cómoda. Cuando le comenté que quería entrar a la comunidad, de inmediato me puso en contacto con la madre superiora y con ella coordinamos una fecha para empezar con el proceso de postulación. El 10 de febrero aterricé en Chile y el 13 tuve mi primera entrevista. Así de decidida llegué.

La primera entrevista fue en Santiago. Me tomé un bus y no le dije a nadie, ni siquiera a mis papás. Me acuerdo de una hermana que me preguntó si ellos sabían, y cuando le dije que no, que esto era mi decisión, me dijo olvídalo, esto no es tuyo, también es de tu familia. Así que vas a llamar altiro a tu mamá, te vas a ir a juntar con ella y le vas a contar.

Mi mamá me preguntó muchas veces si estaba segura del paso que iba a dar. Yo te voy a apoyar en todo si esto es lo que quieres, me decía. Cuando entré a la comunidad le dije a mi mamá: “Siéntete tú con la tranquilidad y yo con la libertad de que si hay algo que no me gusta lo voy a decir y si en algún minuto siento que esto no es para mí, me voy a ir”. Pero yo sé todo lo que le costó. Le costó infinitamente todo el tiempo que estuve adentro.

EL PRINCIPIO

Era agosto cuando entré a la comunidad. Me acuerdo que había harto sol. Ese día teníamos que ir con falda y en mi estado de permanente rebeldía llegué con mis pantalones de la selección nacional y me cambié en el auto. Me acompañaron mi abuela, mi mamá y mis hermanas. También llegaron algunas amigas de sorpresa. Las hermanas de la congregación se encargaron de mostrarles el lugar que, de ahora en adelante, sería mi casa.

Ese día llegué con mi peluche regalón, algunos libros, la Biblia, fotos de mi familia, un par de patines, un skate, mi pelota de fútbol y pistolas de agua. Si entraba, me tenían que aceptar con todo lo que era. Y esos “juguetes” formaban parte de mi historia.

Los dos primeros meses se llaman Aspirantado. Durante ese periodo el horario era más libre y la casa estaba abierta para las amigas y la familia que quisiera ir a verme. Teníamos que vestirnos con falda, podíamos salir dos veces al mes para ir a ver a nuestras familias y nos dejaron conservar nuestros celulares.

Pasado al Aspirantado, viene el Postulantado que dura seis meses. Usábamos un jumper, nerd y perno, pero a mí me encantaba. Todos los días, a las siete y media de la mañana, íbamos a misa con las hermanas. Teníamos clases de catecismo, mariología, alemán, música. Ahí aprendí a tocar guitarra. También hacíamos labores domésticas y muchas manualidades. Es un tiempo muy lindo porque conoces a tus compañeras en el cansancio, en el hambre, en todo, y se transforman en tu familia. Éramos nueve. En el camino se fueron saliendo. Actualmente solo quedan dos. Era fuerte cuando alguna de mis compañeras se iba.

Tenía contacto por carta con mi familia y amigas una vez al mes, aunque ellos me podían escribir todos los días si querían. Era súper loco, pero la conversación y la profundidad que teníamos en las cartas nunca la habíamos tenido antes. Ni siquiera cuando me salí. La disposición era totalmente distinta, porque te hacías el tiempo para escribir. Y también te hacías el tiempo para contestar. Eso constituía una riqueza inmensa. Fue una época en que estuvimos más conectadas que nunca con mi mamá, en que nos escribimos los sentimientos más profundos.

No teníamos celular ni acceso a internet, pero una vez a la semana una hermana nos leía las noticias de lo que pasaba en el mundo. A mí me dolió dejar mi blackberry, pero después descubrí que no lo necesitaba. Nunca me sentí sola. Y eso me llamaba la atención. Nunca experimenté la soledad estando ahí.

Cantábamos karaoke, veíamos películas. Teníamos mucho tiempo de recreación, paseábamos en bicicleta a Las Vizcachas, hacíamos peregrinaciones a Los Andes. Me acuerdo que con los palos de las escobas bailábamos el limbo. Más que renunciar a algo yo creo que uno modifica su estilo de vida. Sí uno renuncia a la visibilidad de la familia. Y eso me costó un poco.

NOCHEBUENA

Esa primera Navidad lejos de casa fue muy especial. Los preparativos comenzaron con el adviento. Durante ese tiempo de recogimiento, se restringió un poco más la comida. No había postre y los infaltables queques y kuchenes de los domingos, desaparecieron.

Por las noches leíamos un cuento y teníamos un tiempo para reflexionar. Nueve días antes de Navidad, la comunidad en pleno sale en peregrinación, con cantos y oraciones, buscando un albergue para la Virgen María. Se le llama la “Novena de Navidad”. Cada noche la dejaban en distintos lugares: el postulantado, la casa provincial, el comedor, etc. Es un momento muy bonito.

Había un tractor gigante que se usaba para fumigar y, justo antes de Navidad, lo llenábamos de agua y lo usábamos para limpiar la casa por fuera. El agua sacaba todo el barro y dejaba la fachada reluciente. El árbol de pascua era de pino natural y decorado con velas muy de estilo alemán. La casa se llenaba de cantos de adviento en alemán, latín y español. Eran verdaderos conciertos.

Después de la misa de gallo, la hermana más chica de la comunidad tomaba al niño Jesús y lo llevaba en procesión hasta el pesebre oficial en la capilla. Después llegaron los regalos. Como era la primera Navidad lejos de nuestra casa, los papás nos habían mandado de todo. ¡Qué alegría! Todas las hermanas se obsequiaban algo. Las más ancianas juntaban regalos durante todo el año: una estampita, hilos de bordar. Eso es algo que rescaté de mi paso por la comunidad: vivir la Navidad. Rescatar el verdadero sentido del nacimiento de Jesús.

UN COLUMPIO EN EL NOVICIADO

Entrar al noviciado es como un matrimonio, una mega celebración, donde va todo el mundo. En esa etapa recibes el vestido de María. No tenemos votos, pero sí un contrato ascético en el que te comprometes a llevar dignamente el vestido de María, ser fiel a la comunidad y tener una vida de oración.

Llevar el vestido de María es fuerte… Cada prenda representa una virtud. Por ejemplo, el velo simboliza la virginidad; el cinturón, la castidad, etc. Uno de los requisitos para entrar es la virginidad.

Ahí nos cambiamos el nombre. Como el mío, que es Constanza, ya estaba ocupado por otra hermana, tuve que elegir uno y escogí Pía, porque era corto y fácil. Con el correr de los días y los meses, ese nombre empezó a tomar un sentido muy grande en mi vida. A veces, con las hermanas jugábamos a los países con nuestros nombres nuevos para ir acostumbrándonos. Fue un proceso también.

Durante los primeros seis meses del noviciado estás solo con tu curso, es decir, con las hermanas que entraron junto contigo, que para esa fecha eran seis. No tienes tanto contacto con la comunidad, porque era un tiempo full de nosotras. Teníamos más clases, más horarios, más tiempos de oración. Pasado ese periodo nos fuimos a vivir a la Casa Provincial con las sesenta hermanas que ahí estaban. Había monjas muy onderas. La mayoría o son profesoras o son enfermeras. Cuando tuve micoplasma me cuidaron entre todas. Cada una tenía un trabajo designado, el mío era el comedor. En la mañana trabajábamos y en la tarde teníamos nuestros tiempos de estudio. Todo era muy dinámico.

Cada una tenía su “celda” designada, un concepto religioso muy conocido que apela al dormitorio. Era como un gran salón dividido por biombos. En ese pequeño espacio tenía mi cama, mi cruz, mi virgen. Y el libro Ven, sé mi luz, de la Madre Teresa de Calcuta escondido debajo de mi almohada. Se suponía que no podía leer libros que no fueran de la congregación, pero a mí ella me encantaba.

Algunas de mis cosas se fueron quedando en el camino. Mi ropa se la mandé de vuelta a mi mamá, segurísima de que mis hermanas le sacarían provecho. Los libros los dejé en una sala de estudios enorme que teníamos. Y los patines y la pelota se quedaron en la otra casa.

Para que el trabajo fuera más eficiente, tenías que hacerlo en silencio, pero yo nunca pude. De la lista de tareas que me daban hacía un tercio, porque siempre estaba conversando. Para mí la vida social siempre fue muy importante. Y estar en silencio de verdad que fue un desafío.

Nunca me escapé por presión o porque estuviera chata de mi vida ahí. En ese tiempo usaba frenillos y una vez al mes tenía que ir al dentista, que era una prima que vivía en Santiago. Ahí aprovechaba de ir a tomar helado o comerme un Mc Donalds con mis hermanas. Era mi minuto.

En las tardes, después de comer, salía a trotar y eso me ayudaba mucho a liberar tensiones. Esa fue una petición especial, que me dejaran trotar. Me ponía mis Nike negras y listo. Trotaba con mi hábito. Al frente había un recinto privado que pertenecía a la comunidad. Ahí tienen sus plantaciones de frutas y verduras. Ahí mismo trotaba.

A mí me encantan los columpios. Un día le pedí al jardinero que me ayudara. Me conseguí las tablas, las cuerdas, busqué el árbol y le pedí permiso a la superiora para construir uno. Durante un mes lo tallé, lo lijé y barnicé hasta que estuvo listo. Fue maravilloso poder columpiarme, sentir la brisa en mi cara.

Un día me encontré con la hermana de una amiga que estaba de promotora en un supermercado. “No puedo creer que seas monja”, me dijo, con los ojos abiertos como plato. “Y yo no puedo creer que seas promotora”, le contesté. Nos reímos mucho.

Durante los dos años del noviciado nunca tuve una crisis vocacional fuerte en el sentido de despertarme y preguntarme qué estoy haciendo acá. Mi pregunta iba más por el lado ¿será esto? El hecho de que me empezaran a llegar los partes de matrimonio de mis amigas, o ver en misa a parejas jóvenes con los niños chicos, a las mamás con sus coches, me hizo cuestionarme varias veces ¿será esto lo que Dios quiere para mí?

Lo que a mí más me costaba era rezar. Cuando iba a la capilla, me apoyaba en la pared y me quedaba dormida. Y aunque siempre discutía con mis hermanas de curso, tengo mucho contacto con ellas hasta el día de hoy y cuando las voy a ver me sigo sintiendo como en mi casa. Me hice de muchas amigas adentro; de hecho, en las vacaciones de invierno fui a ver una amiga monja a Madrid. Así de amigas.

LA DECISIÓN

Era mayo del 2015 cuando decidí dejar la congregación. Fue muy loco. Nos estábamos preparando para tomar los votos definitivos y un día miércoles me desperté incómoda, rara. Después de las oraciones de la mañana, nos fuimos de paseo. Pero antes le dejé una nota a mi maestra novicia: “quiero hablar contigo”, decía. Esos eran nuestros wasaps. A la vuelta le dije: “yo creo que esto no es para mí”. “¿Pero por qué me estás diciendo esto?”. “Soy profundamente feliz acá, pero no quiero llegar a tener cincuenta años y arrepentirme de no haber tenido una familia, de no haber tenido mis propios hijos”. “Rézalo”, me pidió. “No tengo nada más que rezar”, le contesté al día siguiente.

El viernes le comuniqué a la superiora provincial que me iba. El sábado llamé a mi mamá. Y el domingo a las seis de la tarde llegó a buscarme junto con mi papá y mis hermanas. Lo más impactante fue sacarme el vestido y despedirme de la que había sido mi familia durante todo ese tiempo. ¡Y mi pelo! Fue como volver a descubrirlo después de haberlo llevado cubierto durante tanto tiempo.

Me costó mucho dejar a la comunidad. Salí a los veinticinco años sin título, sin ropa, sin haber estado durante tres años con mi familia, sin experiencias con mis hermanas y a depender nuevamente de mis papás. Fue como volver a armarme. No sabía qué era una selfie, tampoco lo que era un hashtag. Mis hermanas me decían que era como si yo hubiera estado congelada.

Nunca quise hacer “borrón y cuenta nueva”. De las cosas que me quedaron, estando en la congregación, fue la libertad. La libertad de decir las cosas, la libertad de acción. Hoy me siento más parada en el mundo, con más opinión, con más herramientas para la vida, como la oración, la reflexión, y el aprender a escuchar, una de las cosas más valiosas que aprendí”.

De las hermanas que entraron con Constanza, quedan dos. Actualmente viven cerca de ciento cincuenta religiosas. El columpio sigue en la congregación, colgado de un gran pimiento.

“Cantábamos karaoke, veíamos películas, hacíamos peregrinaciones a Los Andes. Me acuerdo que con los palos de las escobas bailábamos el limbo. Más que renunciar a algo yo creo que uno modifica su estilo de vida. Sí uno renuncia a la visibilidad de la familia. Y eso me costó un poco”.

“Nueve días antes de Navidad, la comunidad en pleno sale en peregrinación, con cantos y oraciones, buscando un albergue para la Virgen María. Se le llama la “Novena de Navidad”. Cada noche la dejaban en distintos lugares: el postulantado, la casa provincial, el comedor, etc. Es un momento muy bonito”.

“En el Noviciado nos cambiamos el nombre. Como el mío, que es Constanza, ya estaba ocupado por otra hermana, tuve que elegir uno y escogí Pía, porque era corto y fácil. Con el correr de los días y los meses, ese nombre empezó a tomar un sentido muy grande en mi vida. A veces, con las hermanas jugábamos a los países con nuestros nombres nuevos para ir acostumbrándonos”.