Tras años de restauración patrimonial, una de las residencias más representativas del legado del arquitecto Ricardo Larraín Bravo reabrió sus puertas de manera magistral. Hoy convertida en un punto de encuentro para la ciudad, une la arquitectura, la historia y el café de especialidad de manera natural.
Por María Inés Manzo C. / Fotografías Javiera Díaz de Valdés.
Hay edificios que permanecen en silencio durante décadas, esperando el momento preciso para volver a contar su historia y Casa Larraín Bravo es uno de ellos. Tras su imponente fachada, en pleno corazón de Santiago —San Ignacio de Loyola 89, Barrio Dieciocho—, se despliega un recorrido donde la arquitectura revela el esplendor de otra época y cada espacio recuperado es testigo de un impecable trabajo de restauración.
Hoy, ese legado encuentra una nueva forma de habitar gracias a Casa Cien Café, proyecto impulsado por los arquitectos Andrea Reyes y Víctor Droguett, fundadores de G100 Arquitectos, quienes encontraron en esta casona el escenario perfecto para unir patrimonio, diseño y café de especialidad.
EL LEGADO
Formado en la École Spéciale d’Architecture de París, Ricardo Larraín Bravo (1879-1945) fue uno de los arquitectos que contribuyó a definir la imagen del Santiago de la Belle Époque. Su obra abarcó elegantes palacios, residencias para la aristocracia, edificios públicos y proyectos pioneros de vivienda social. Entre sus creaciones destacan la Iglesia de los Sacramentinos, el Palacio Íñiguez, la ex Caja de Crédito Hipotecario, la Población Huemul I y diversas residencias en los barrios Dieciocho, República y París-Londres.
Conocida originalmente como Casa Valdés Bustamante —y hoy Casa Larraín Bravo en honor a su autor—, es una impactante casona estilo neogótico, que sobresale de todos los edificios del sector. Además de ser un fiel representante de la elegancia propia de la arquitectura de comienzos del siglo XX. Desde todas las esquinas, su fachada anticipa lo que espera en el interior, un inmueble para ser habitado con amplitud.
Basta atravesar el acceso para observar que este no es un proyecto de restauración convencional. Los primeros metros revelan pisos originales recuperados, muros de gran espesor, molduras cuidadosamente restauradas y cielos de una altura poco habitual en la arquitectura contemporánea. Cada espacio conserva la esencia de la obra del arquitecto Larraín Bravo, pero incorpora una nueva forma de habitarla, donde el patrimonio deja de ser una pieza de museo para transformarse en una experiencia cotidiana. Aquí lo moderno y lo antiguo logran convivir de una manera natural y acogedora.
«Lo que más nos impactó fue sentir que la casa todavía tenía mucho que contar. No era solo un edificio hermoso; tenía una identidad muy potente y un enorme potencial para volver a abrirse a la ciudad», comenta Andrea.
Cada salón parece conducir naturalmente al siguiente. La secuencia de espacios, característica de la arquitectura residencial de la época, genera una experiencia pausada, donde se puede apreciar detalles que sobreviven al paso del tiempo: cornisas, puertas de madera restauradas, ventanas de gran formato y una luminosidad que cambia con el transcurso del día.
Víctor explica que precisamente esa condición fue determinante para imaginar el proyecto. «Nunca pensamos en intervenir la casona para adaptarla a una cafetería. Lo que hicimos fue exactamente al revés: entender primero la casa y luego diseñar un proyecto que dialogara con ella».
Esa decisión marcó el desarrollo de Casa Cien Café. En lugar de competir con la arquitectura, el mobiliario, la iluminación y los nuevos usos fueron creados para destacar el valor patrimonial de cada espacio, permitiendo que los visitantes descubran la historia del inmueble mientras recorren sus salones.
Andrea explica que gran parte del trabajo previo consistió simplemente en observar. «Había que recorrerla muchas veces, entender cómo entraba la luz, cómo se conectaban los espacios, cuáles eran sus ritmos. La casa misma fue indicando qué era posible hacer y qué no».
Detrás de esa nueva vida existe un largo proceso de recuperación patrimonial liderado por la arquitecta y propietaria Mabel Briceño, cuyo trabajo —según destacan Andrea y Víctor— fue decisivo para rescatar el valor arquitectónico del inmueble. Gracias a una restauración desarrollada durante varios años, fue posible recuperar elementos originales, consolidar la estructura y devolverle al edificio la dignidad que había perdido tras décadas de intervenciones y abandono. Un proyecto que ya contempla una etapa dos, con la recuperación de nuevos espacios, y especialmente en el segundo piso de la casona que aún no está abierto al público.
«Cuando nosotros llegamos, la restauración ya venía desarrollándose con un enorme respeto por la historia de la casa. Ese trabajo permitió que hoy pudiéramos habitarla sin perder su esencia», explica Víctor.
Lejos de ocultar el paso del tiempo, la intervención pone en valor las huellas de la historia. Materiales originales conviven con soluciones contemporáneas cuidadosamente integradas, permitiendo distinguir qué pertenece al edificio original y qué responde a las nuevas necesidades de uso. Es una forma de restaurar que no busca borrar el pasado, sino darle valor.
Un museo vivo que va contando la historia de la ciudad a través de sus paredes, hitos, fotografías y donaciones (por ejemplo, libros de arquitectura, cuadros y baldosas), y que es completamente gratuito para los residentes y turistas.
CASA CIEN CAFÉ
«Queríamos que las personas tuvieran una razón para volver». Y esa razón, explican, no es únicamente el café, sino la experiencia de habitar un edificio que recuperó su vocación de recibir personas.
Así nació una nueva propuesta de Casa Cien Café, desde la carta hasta el mobiliario, todo fue pensado para integrarse con naturalidad a la casa y convertir la visita en un recorrido donde gastronomía y patrimonio conviven sin competir entre sí. “Como arquitectos queríamos que cada persona levantara la vista, recorriera los espacios y sintiera curiosidad por la historia del lugar», comenta Andrea.
La propuesta gira en torno al café de especialidad con exquisitas bebidas frías y calientes. A ello se suma una carta que privilegia productos preparados en el lugar, opciones para desayunos y almuerzos ligeros, pastelería artesanal e inclusiva (con opciones veganas, keto, sin gluten y sin azúcar) y un interesante rescate de recetas tradicionales chilenas.
Entre ellas destaca el clásico sándwich de huevo cilantro o el de carne mechada queso, pero uno de los antojos imperdibles son las bolitas de huevo moll, uno de los dulces patrimoniales más antiguos de la repostería nacional y hoy una de las especialidades de la casa. Su presencia en la carta responde a una decisión consciente, rescatar sabores que, al igual que los edificios históricos, forman parte de la memoria colectiva.
«Nos interesaba que la experiencia tuviera sentido en todos sus detalles. Si estamos recuperando una casa patrimonial, también tenía sentido rescatar parte de nuestro patrimonio gastronómico», explica Víctor.
La misma lógica se observa en cada ambiente. Ningún salón es igual a otro. Algunos invitan a una conversación pausada; otros se abren como espacios de trabajo o encuentro. Esa diversidad hace que cada visita sea única. Incluso hay rincones secretos, como un altillo que permite apreciar la arquitectura, desde otra perspectiva, mientras se disfruta de una cita o se necesita de un poco más de tranquilidad.
«Lo más interesante es ver cómo la gente entra con la intención de tomar un café y termina preguntando quién fue Ricardo Larraín Bravo, cuánto tiempo tomó la restauración o qué elementos son originales. Ahí entendemos que la casa volvió a cumplir su propósito», comenta Andrea.
Ese vínculo también ha contribuido a revitalizar el entorno. Lo que durante años fue una casona silenciosa es hoy un punto de encuentro donde confluyen estudiantes, arquitectos, turistas, vecinos y amantes del patrimonio. La recuperación del inmueble ha impulsado una nueva mirada sobre el barrio y se integra a la Ruta Larraín Bravo, iniciativa que invita a redescubrir la obra del arquitecto a través de los edificios que aún forman parte del paisaje urbano de Santiago.
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