Nació como un pequeño emporio fundado por inmigrantes italianos, creció en Viña del Mar, conquistó Santiago y hoy, 120 años después, la tercera generación de la familia Bozzo regresa a sus raíces con una mirada renovada, nuevos productos y un ambicioso plan de expansión que busca llevar la tradición del chocolate premium chileno a más ciudades del país.
Por María Inés Manzo C. / Fotografía Javiera Díaz de Valdés y gentileza Bozzo Chocolates
Durante más de un siglo, el pequeño barco que identifica a Bozzo ha recorrido generaciones, acompañado celebraciones familiares y construido una marca que hoy forma parte de los sabores y recuerdos chilenos.
Su historia comienza a principios del siglo XX, cuando los hermanos Bozzo dejaron la región italiana de Liguria para llegar a Chile, escapando de los difíciles años previos a la Primera Guerra Mundial. Provenientes de una familia de marinos mercantes, encontraron en la Región de Valparaíso un lugar para comenzar una nueva vida y abrir un emporio donde se vendían productos importados, cristalería, alimentos y, por supuesto, chocolates.
Con el tiempo, los viajes de regreso a Europa permitieron traer recetas y conocimientos que dieron origen a una elaboración propia. Así nació Chocolates Bozzo, una marca que se instaló Viña del Mar, ciudad donde comenzó a consolidar su identidad y donde el tradicional barquito —inspirado en la historia marítima de la familia— se transformó en su sello más reconocible.
Décadas después, la empresa trasladó gran parte de su operación a Santiago. Sin embargo, el vínculo con la región donde nació la marca nunca se rompió. El sueño de regresar a Viña del Mar permaneció intacto, hasta concretarse este año, cuando la tercera generación de la familia Bozzo inauguró su primera tienda fuera de Santiago en el renovado Espacio Urbano de 15 Norte.
El proyecto, liderado por los primos hermanos Marcello Bozzo Toselli, director socio; Ítalo Bozzo Podestá, director socio, y Carolina Sánchez Hill, gerente general, va más allá de una apertura comercial, pues es el primer paso de un plan de expansión hacia otras regiones, siempre resguardando la calidad de sus productos y la experiencia que viven sus clientes.
Después de 120 años, ¿cómo se mantiene vigente una empresa familiar?
Probablemente porque nunca hemos querido ser una empresa masiva. Hemos privilegiado hacer bien las cosas antes que crecer a cualquier costo. Somos una empresa completamente familiar y eso hace que exista un compromiso distinto con cada producto que sale de nuestra fábrica. Para nosotros, el apellido está detrás de cada chocolate y esa responsabilidad obliga a mantener estándares muy altos en todo lo que hacemos.
¿Cómo han vivido el proceso de modernización?
La pandemia aceleró una transformación que veníamos observando hace años. El comercio electrónico terminó de instalarse en Chile y los consumidores comenzaron a confiar mucho más en las compras digitales. Eso abrió una oportunidad enorme para nosotros, porque ya teníamos clientes en todo el país que conocían nuestros chocolates y buscaban una forma más simple de acceder a ellos. Hoy la venta online es parte fundamental de nuestra estrategia y seguimos perfeccionando permanentemente esa experiencia.
INNOVACIÓN Y TRADICIÓN
«La tradición no significa quedarse detenido. Al contrario. Nosotros buscamos innovar, pero respetando aquello que hizo grande a Bozzo. Incorporamos nuevos tipos de cacao, ingredientes más saludables como la alulosa, desarrollamos nuevas presentaciones y seguimos observando lo que ocurre en los mercados internacionales. Lo importante es que toda innovación mantenga el estándar de calidad que la gente espera de nosotros».
¿Por qué decidieron que Viña del Mar fuera el primer paso de este nuevo proceso de expansión?
Viña reunía varios elementos muy importantes para nosotros. Está el componente emocional de volver al lugar donde nació la historia de la marca, pero también había una mirada estratégica. Es una ciudad cercana a Santiago, lo que facilita la logística y el abastecimiento, y nos permite probar todos los procesos antes de pensar en nuevas aperturas. Durante los últimos años, trabajamos en una profunda reorganización interna, incorporando tecnología y automatizando procesos, para dar este paso de manera responsable y con los estándares que exige nuestra marca.
Siempre hemos llegado a regiones a través de nuestra tienda online y de distribuidores autorizados, pero hoy estamos en condiciones de comenzar una expansión con locales propios. Viña representa nuestro primer aprendizaje fuera de Santiago y, una vez que consolidemos esta etapa, evaluaremos nuevas ciudades. Queremos crecer, pero hacerlo bien.
¿Qué tan complejo es expandirse cuando el principal producto es chocolate?
Es mucho más difícil de lo que la gente imagina. El chocolate requiere una cadena logística muy rigurosa. No puede exponerse a temperaturas altas, pero tampoco refrigerarse de cualquier manera porque pierde propiedades, cambia su textura e, incluso, puede absorber olores externos. Para nosotros no basta con vender un producto; debemos asegurarnos de que llegue exactamente con la calidad con la que salió de nuestra fábrica. Esa es una condición que nunca vamos a transar.
Bozzo siempre ha sido asociado a calidad, ¿cómo se construye ese prestigio?
El chocolate es un producto extremadamente delicado. La selección del cacao, la temperatura, la cadena de frío, la combinación de sabores y el control de calidad son fundamentales. Nosotros trabajamos buscando el equilibrio perfecto entre cada ingrediente y cada relleno. Muchas veces esa diferencia no está en una máquina, sino en la experiencia acumulada durante generaciones probando, ajustando recetas y perfeccionando cada detalle.
¿Qué productos siguen siendo los favoritos del público?
Nuestros chocolates tradicionales siguen siendo el gran ícono de la marca. Son los que muchas personas recuerdan desde su infancia y continúan siendo los más buscados. Pero también hemos ido ampliando la oferta con bombones pintados, chocolates con distintos porcentajes de cacao, productos sin azúcar, alfajores, grajeados y, próximamente, nuevas barras con almendras, pistachos y otras variedades que responden a las tendencias actuales.
NUEVA ETAPA
“Hoy comunicar es tan importante como innovar. Durante muchos años, Bozzo fue una marca muy conocida por tradición, por recomendación y por la experiencia de quienes crecieron con nuestros chocolates. Hoy debemos acercarnos a nuevas generaciones y eso implica fortalecer nuestras redes sociales, desarrollar campañas digitales, potenciar el sitio web y crear nuevas formas de relacionarnos con los clientes. Hay mucho que contar y sentimos que todavía tenemos una historia que no ha sido suficientemente comunicada».
Uno de los cambios más importantes fue incorporar una gerente general externa a la familia, ¿qué significó esa decisión?
Fue un paso muy relevante para la profesionalización de la empresa. Durante 120 años la gestión siempre estuvo en manos de la familia, pero entendimos que para proyectarnos necesitábamos incorporar nuevas miradas. La llegada de Carolina permitió impulsar una serie de cambios operacionales, tecnológicos y logísticos que hoy hacen posible nuestro proceso de expansión. Mantuvimos intacta nuestra esencia familiar, pero incorporando herramientas de gestión modernas.
¿Cómo se vive el trabajo en una empresa donde prácticamente toda la historia está ligada a una familia?
Más que un trabajo, Bozzo forma parte de nuestra vida. Crecimos entre chocolates, acompañando a nuestros padres en las tiendas desde que éramos niños. Existe un compromiso muy profundo porque entendemos que detrás de esta marca hay generaciones completas de esfuerzo. Ese sentido de pertenencia también lo hemos transmitido al equipo que hoy trabaja con nosotros. Somos una empresa pequeña, donde cada persona entiende que está ayudando a construir un legado.





















