Ganador del Premio Nacional de Innovación Avonni 2025, en la categoría Cultura, Hugo Villarroel ha llevado la tecnología chilena, en el ámbito de la music tech, a más de sesenta países. Hoy, además de liderar DSM & Humboldt Electronics, se desempeña como director ejecutivo de Innova Viña, donde busca posicionar a la ciudad como el primer hub tecno-creativo y de industrias creativas.
Por María Inés Manzo C. / Fotografía Javiera Díaz de Valdés. Agradecimientos locación: Studio Azul (www.instagram.com/studioazulmultimedios)
Periodista de la PUCV, comunicador, speaker, emprendedor y músico por vocación, Hugo Villarroel ha sabido entrelazar sus pasiones en un mismo camino. En su trayectoria, la música nunca fue un interés paralelo, sino una fuerza que encontró en la tecnología otra forma de expresión. Cofundador de la empresa Darkglass Electronics hace catorce años en Helsinki —firma que marcó un hito en el desarrollo de tecnología para músicos a nivel global— y expresidente de MUSTACH Music Tech Association Chile (grupo de startups de tecnología musical), ha sido también un activo articulador del ecosistema creativo.
Hace seis años que, desde DSM & Humboldt Electronics, impulsa una nueva generación de dispositivos análogos que están redefiniendo el sonido a nivel global a través de Simplifier, un amplificador compacto único en su tipo, capaz de emular, con gran fidelidad, sistemas de audio profesionales sin necesidad de equipos voluminosos.
“Desde muy niño, la música fue parte de mi vida, partí tocando piano y después, en la adolescencia, me fui hacia la guitarra. Siempre estuvo ahí, como una especie de lenguaje natural. Cuando llegó el momento de decidir qué estudiar, opté por el periodismo porque también me interesaba mucho la comunicación, pero nunca abandoné la música. Más bien, con el tiempo entendí que ambas disciplinas podían dialogar. El punto de inflexión fue darme cuenta de que la música no solo se interpreta, también se construye desde la tecnología, y que ahí había un espacio donde podía aportar desde lo que sabía que es comunicar, conectar y proyectar”.
¿Qué herramientas te entregó el periodismo para desenvolverte en una industria tan técnica como la music tech?
El periodismo me dio algo que es fundamental y que muchas veces falta en el mundo de la innovación: la capacidad de traducir. Hay desarrollos tecnológicos brillantes que no logran conectar porque no saben contarse. En nuestro caso, al trabajar con productos de nicho, es clave construir un relato que haga sentido tanto para músicos expertos como para públicos más amplios. Entender cómo narrar el valor, cómo explicar el impacto y cómo posicionar una idea es tan importante como el desarrollo mismo. Esa es una ventaja competitiva que ha sido clave en nuestro crecimiento.
DEMOCRATIZAR LA MÚSICA
“Simplifier nace desde una necesidad muy concreta, la de democratizar el acceso a un sonido profesional. Los equipos tradicionales son costosos, pesados e inalcanzables para muchos músicos. Nosotros quisimos condensar esa experiencia en un formato compacto, análogo y mucho más asequible. Es como llevar un estudio profesional en la mochila. La analogía que usamos es que somos el pincel del músico. Una herramienta que permite expresar creatividad sin barreras técnicas o económicas. Eso ha generado un impacto importante, tanto en músicos emergentes como en artistas consolidados”.
Han logrado algo poco común, que músicos de nivel mundial adopten tecnología chilena, ¿qué significa eso para ustedes?
Es muy potente, porque valida que lo que estamos haciendo realmente tiene un estándar global. Hemos visto cómo músicos de bandas como AC/DC o Foo Fighters se acercan a nosotros, no al revés, y eso habla del valor del producto. Ellos pueden acceder a cualquier tecnología, pero eligen la nuestra porque resuelve mejor su necesidad. También es una oportunidad para posicionar a Chile como un país capaz de desarrollar hardware de alto nivel, algo que no siempre ha sido parte de nuestra narrativa.
Hoy distribuyen en decenas de países, ¿cómo se construye una red global desde Chile?
Con una mentalidad internacional desde el primer día. Nosotros nunca pensamos en un mercado local como límite, sino como punto de partida. Hoy estamos en cerca de sesenta países, con más de treinta mil unidades en circulación y presencia en tiendas especializadas en todo el mundo. Pero más allá de la distribución, lo importante es la red colaborativa: músicos, ingenieros, distribuidores y comunidades que se van conectando en torno al producto. Esa red es la que sostiene el crecimiento.
Por eso también el haber ganado el premio Avonni es un hito muy importante, no solo para nosotros como empresa, sino también como señal de que en Chile se pueden desarrollar tecnologías con impacto global desde industrias creativas. Muchas veces la innovación se asocia a sectores más tradicionales, y el Avonni en la categoría Cultura viene a validar que el cruce entre arte, tecnología y emprendimiento también es un espacio de alto valor.
¿Existe la posibilidad de llevar tecnologías como Simplifier a colegios o espacios educativos?
Absolutamente. Es algo que nos motiva mucho, porque conecta directamente con una necesidad que nosotros mismos vivimos cuando éramos más jóvenes, que es la falta de acceso a equipamiento de calidad. Hoy, con herramientas como Simplifier, es posible acercar un sonido profesional a estudiantes que, de otra forma, no tendrían esa oportunidad. Estamos explorando alianzas con instituciones y empresas para desarrollar proyectos piloto, especialmente en colegios y escuelas de regiones, donde el impacto puede ser aún mayor. Creemos que ahí hay un espacio muy potente para fomentar la creatividad, acortar brechas y, eventualmente, abrir nuevas posibilidades para futuras generaciones de músicos.
Recientemente lanzaron Dumblifier, ¿de qué se trata este nuevo desarrollo y qué lo hace especial dentro de su línea de productos?
Es una evolución natural de lo que venimos haciendo con Simplifier, pero con un foco muy específico que es recrear el sonido de uno de los amplificadores más míticos y escasos de la historia. Estamos hablando de equipos que existen en cantidades muy limitadas y que hoy alcanzan valores altísimos, prácticamente inalcanzables. Lo que hicimos fue capturar esa esencia sonora y traducirla a un formato compacto, análogo y mucho más accesible. Más que una copia, es una reinterpretación que busca preservar ese carácter único y ponerlo al alcance de más músicos. En el fondo, hay también una intención de rescatar y mantener vivos ciertos sonidos que forman parte de la historia de la música, pero que, sin este tipo de tecnología, quedarían restringidos a unos pocos.
¿Quiénes están detrás de DSM & Humboldt Electronics?
Somos cuatro socios con perfiles complementarios. Manuel Acevedo lidera como CEO, Daniel Schwartz está a cargo del desarrollo tecnológico, contamos con un inversionista europeo ligado a la distribución, y yo veo el área comercial, artistas y relaciones globales. Todos compartimos una base común en la música, que es el eje del proyecto.
INDUSTRIAS CREATIVAS
“La music tech hoy es un campo todavía poco conocido, pero con un potencial enorme. Chile debería avanzar en ser una cuna que exporta muchos artistas globales y tecnologías para su ejercicio artístico. Ahí hay una oportunidad estratégica. Además, la music tech es transversal. Conecta con educación, con otras industrias, con la economía creativa en general. Es un punto de encuentro entre arte y ciencia”.
Tu rol también se ha extendido al ámbito público, trabajando con la Municipalidad de Viña del Mar en Innova Viña. ¿Qué te motiva de ese desafío?
La posibilidad de articular lo que ya existe. Viña tiene una identidad cultural enorme, pero le falta consolidar su capa tecnológica. La idea es avanzar hacia un hub de innovación en industrias creativas, donde convivan la música, el audiovisual, los videojuegos y otras disciplinas. No se trata solo de crear empresas, sino de generar un ecosistema que dialogue con la ciudad y que tenga impacto económico y cultural.
Ciudades como Montreal han demostrado que un festival puede ser el punto de partida para desarrollar una industria completa. Viña tiene todas las condiciones: talento, infraestructura, universidades, calidad de vida. Lo que falta es articular y amplificar. La idea es que el efecto de nuestro Festival Internacional de Viña del Mar no dure una semana, sino todo el año. Que existan empresas que desarrollen tecnología para la música, servicios para artistas, innovación aplicada. Eso puede transformar profundamente la ciudad.
¿Qué te mueve hoy, después de todo lo construido?
La idea de abrir caminos. De demostrar que desde Chile se pueden hacer cosas de nivel mundial, pero también de generar condiciones para que otros lo hagan. Si logramos que nuevas generaciones tengan acceso a mejores herramientas, que más emprendedores se atrevan y que las ciudades entiendan el valor de la innovación creativa, entonces el impacto va mucho más allá de un producto. Tiene que ver con construir futuro.
Estamos conversando desde Studio Azul Multimedios, en los estudios de UCV, ¿qué rol cumplen hoy este tipo de lugares en el desarrollo de la industria musical y tecnológica?
Son fundamentales, porque funcionan como puntos de encuentro. Permiten que músicos, creadores y desarrolladores se conecten, prueben ideas y generen colaboraciones. Hoy la innovación no ocurre en solitario, sino en red, y este tipo de lugares ayudan a activar ese ecosistema, especialmente en ciudades como Viña que tienen un enorme potencial creativo.
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