Entre el fuego del horno, los esmaltes y el pulso de sus propias emociones, la artista encontró en la escultura no solo un oficio, sino una forma de reconstruirse y de invitar a otros a hacer lo mismo. Desde su taller en Pichilemu, transforma la cerámica en un lenguaje íntimo donde el cuerpo, el error y la vulnerabilidad dan forma a una obra que no busca perfección, sino libertad.
Por Macarena Ríos R./ Fotografías María Belén Salomón Marzolo @ph.belumarzolo
Llegó a la escultura casi por casualidad, cuando la pandemia la obligó a reinventarse de todas las formas posibles. Atrás quedó Majas, un emprendimiento de decoración y producción de eventos que tenía junto a una socia. Atrás quedó también Rancagua, donde vivía junto a su madre y seis hermanos. Y, una vez más, decidió emprender, esta vez en Pichilemu, donde vive, da talleres y se despierta cada mañana a escribir.
Tomó cursos de cerámica gres con Isabel Silva –“sin saber nada de nada”- y comenzó a hacer maceteros con forma de cabezas femeninas. Todas distintas, todas con nombres, todas con una historia detrás. Al principio lo tomó como una forma de trabajo sin presión, como una suerte de terapia, “algo así como un desahogo”. Con el tiempo derivó en rostros de hombres y mujeres que empezó a vender. “Fue muy impactante el vuelo que tomó todo esto”, admite.
Y como nunca más paró y lo de ella era “un proceso muy intuitivo”, decidió estudiar la técnica, el proceso y todo lo que sucedía entremedio. En Pichilemu, con Diego Guzmán, en Oaxaca (México) con Inés Lara —ambos escultores— y en Florencia, en la Academia de Arte AD´A, que la llevó a trabajar con otros materiales como el yeso y el mármol.
¿Qué te inspira?
Me inspira mi sensibilidad. Me inspira también el café cuando me siento a crear, me inspira la música que escucho, el clima que haya, mirar el mar desde mi ventana, mi gata Pastora, mis vivencias y las de otros. Me inspira la gente que le gusta lo distinto. Lo que se sale de la línea.
Paula hace una pausa.
“Me ha dado cuenta de que la emoción y la sensibilidad son mi poder. Que el estado de mi cuerpo cuando hago una escultura tiene directa relación e influencia con el resultado. Me gustan las puestas en escena dramáticas, hacer cosas distintas, me gusta mucho la belleza de las cosas”.
¿Qué rol tiene el error o lo inesperado en tu proceso?
El rol que tiene el error es clave. Soy muy de la filosofía que hay que cagarla para aprender y cuando la cagamos buscamos reparar, buscamos soluciones. Tiene un lado sabio muy bueno. La cerámica me ha enseñado que el error es parte fundamental del proceso. En mi caso, abrir el horno y ver otro resultado al que me imaginaba, ver que el fuego hace de las suyas y te puede quebrar una escultura, lo tomo como una oportunidad para seguir aprendiendo. La práctica hace al maestro. Mientras más practicamos algo, y si en esa práctica hay errores, más se aprende y más se pule la técnica. Venimos a enseñar lo que venimos a aprender.
¿Qué simboliza tu taller?
Un espacio de vulnerabilidad, sin juicio, que me invita a vivir todas las emociones como son. Y cuando llegas a espacios así bajas la guardia y te entregas. Yo necesitaba un espacio seguro, y eso es lo que pasa. En mi taller pongo en evidencia el corazón, mis luces y mis sombras, acá todo vale. Yo te diría que mi taller simboliza mi crecimiento como mujer.
¿Cómo ha sido tu camino hasta ahora?
Ha sido un espectáculo mi camino; imagínate empezar con un talento que no estaba desarrollado. He tomado cursos que me han volado la cabeza, como el taller con la escultora mexicana Inés Lara, una tremenda mujer que me enseñó las proporciones de las caras, y que fue muy generosa, y en Florencia con AD´A, en un curso intensivo en el que aprendí el retrato. Ahora estoy muy feliz estudiando en Valparaíso con el maestro Francisco Javier Torres, un crack de la escultura clásica. Soy la primera mujer alumna que entra al taller Juana Ross en Valparaíso, estoy demasiado agradecida de esta oportunidad. Acá incursiono con barro, yeso, bronce y mármol.
¿Qué has tenido que sostener para mantenerte en este oficio?
A mí. He tenido que sostener cambios, procesos evolutivos, enfermedades y, a veces, ha sido muy, muy duro.
Paula, que viene de una familia grande, donde el arte y el diseño siempre han estado muy presentes, dice que también ha sostenido el taller que imparte: Crearme.
“Llevo casi cuatro años haciéndolo, han asistido más de quinientas mujeres y he conocido historias de vida que me han enseñado a salir adelante. Lo que más me gusta es la versión mía que aparece ahí. Es como una abuela, una mujer que sostiene, que guía, que muestra su emoción sin pudor. Me gusta abrazar, mirar a los ojos y agradecer. Me hace ponerme en el lugar del otro, entender que mi dolor se comparte y mi alegría también, que somos todos uno y que este mundo vale más la pena si ponemos atención a nuestras emociones. Sostener, cuando se hace desde el amor, no pesa”.








