Esa frase, atribuida a Confucio, es una farsa. Y lo digo yo, que creo profundamente en trabajar alineado con lo que uno ama. Lo que en la teoría suena hermoso, en la práctica no funciona así. Todos los trabajos, incluso los más vocacionales o significativos, tienen una parte que drena nuestra energía.
Yo amo lo que hago, organizando eventos como Mentes Expertas y, aun así, el cincuenta por ciento de mi tiempo lo dedico a tareas que no me gustan: mandar correos, revisar presupuestos, buscar auspicios, pagar proveedores. Nada de eso me energiza. Todo eso me pesa.
Entonces, ¿qué cambia cuando trabajas con propósito?
No es que disfrutes cada tarea. Cambia el marco. Saber que esas tareas están al servicio de algo que te llena, las hace más soportables. Si tuviera que hacer lo mismo, los correos, los presupuestos, la administración, para vender los últimos zapatos de moda, me parecería un trabajo francamente insoportable. Pero cuando están conectadas a algo que tiene sentido para mí, las tolero. No las amo, pero las tolero.
Sin embargo, esa tolerancia también tiene un límite.
Lo vi muchas veces trabajando con fundaciones. Si tener un propósito noble fuera suficiente, nadie renunciaría a las ONG. Pero vi agotamiento, subvaloración, tareas que se volvían aplastantes. Gente que entraba con ilusión y salía desilusionada. El propósito importa, sí. Pero no es suficiente para que un trabajo te brinde plenitud.
Por eso creo que hay un cierto umbral de tareas que podemos soportar sin que el trabajo te haga infeliz. Cuando estás alineado con tu propósito, ese umbral sube: aguantas más, porque hay algo que lo compensa. Yo me puse una regla personal: que las tareas que me drenan nunca superen el cincuenta por ciento de mi jornada. Y he escuchado por ahí que lo máximo a lo que puede aspirar una persona es que ese porcentaje bordee el veinticinco por ciento
Así que no. No existe el trabajo donde todo fluye, donde cada hora es disfrute puro, donde nunca nada pesa. Y si no lo has encontrado, no es porque hayas fallado. Es porque ese trabajo no existe.
La pregunta más honesta no es ¿hago lo que amo?, sino ¿lo que no amo está al servicio de algo que me importa? Y ¿aquellas cosas que tengo que hacer, pero que drenan mi energía, están dentro del umbral que puedo soportar?
Esa diferencia, aunque sutil, lo cambia todo.
















