El otro día llegué a la casa después de un día en la oficina con la sensación de que alguien me había pasado por encima con un camión. Ocho horas sentada, frente al computador, con un almuerzo que comí corriendo y la lista de pendientes mirándome desde la pantalla. Llegué con una sola ilusión: comer algo rápido, que no me dé mucho trabajo de preparar, y meterme a la cama a ver algo decente en Netflix.
Lo hice. Y al día siguiente me desperté igual de agotada. Lo volví a repetir, pero me seguía sintiendo igual. Eso fue lo que me hizo pensar que algo en mi concepto de descanso estaba mal.
Lo que yo llamo «cansancio» casi nunca es físico. No estuve levantando pesas, ni corriendo una maratón. Estuve todo el día sentada. Lo que se agota con el trabajo no es el cuerpo, sino algo más difícil de nombrar: la capacidad de resolver, de contener, de responder; la paciencia, la atención. Pasamos horas gestionando problemas, contagiándonos del humor de los demás, tomando decisiones pequeñas que se acumulan sin que uno lo note. Eso tiene un costo real. Y ese costo no se absorbe mirando Netflix.
El cansancio físico se recupera con reposo. Pero el cansancio vital, ese que responde a nuestra energía para hacer y avanzar, se recupera haciendo cosas distintas, no descansando.
La pregunta, entonces, no es cómo descansar el cuerpo, sino cómo recargarse de energía. Y la respuesta no es universal, es un trabajo de autoconocimiento. De prueba y error hasta encontrar lo que nos devuelve a nosotros mismos.
A mí me funciona el estar con gente. Cuando estoy decaída, una comida con amigas me devuelve algo que no sabría explicar con exactitud. La conversación, la risa, el hecho de estar presente en algo que no tiene pendientes. Eso me llena. Pero también el tiempo conmigo misma: una buena lectura, una caminata con mi perro, contemplar el árbol que está fuera de mi ventana.
El problema es que pocos nos tomamos el tiempo de descubrirlo en serio. Seguimos llegando a la casa, tirando el cuerpo en el sofá y llamándole a eso descanso. Y al otro día el cansancio sigue ahí, puntual, como si nunca se hubiera ido.
La próxima vez que sientas que no puedes más, vale la pena preguntarse: ¿qué fue lo que se agotó hoy? No es tu cuerpo el que necesita quietud. Es tu fuerza vital la que necesita volver a encontrar algo que la llene. ¿Y tú te has preguntado, alguna vez, qué te devuelve la energía?
















