Imagínate tener que entrar a tu clóset a elegir tu ropa con la luz apagada, todos los días. Tanteas los ganchos, confías en la memoria, y aunque crees que sabes dónde está cada cosa, casi nunca aciertas. Lo más probable es que elijas algo que no combina o que no era lo que buscabas. O que justo saques esa prenda que te queda chica y que no usas hace años.
Eso le pasa a quien todavía no se conoce a sí mismo: vive en piloto automático, tomando decisiones con los ojos cerrados. Aceptas el trabajo que llega primero, dices que sí a lo que parece bueno desde afuera, y confundes estar ocupado con estar en el lugar correcto. A mí me ha pasado más de una vez. La última, hace poco.
Cuando me ofrecieron hacerme cargo de Mentes Expertas para Latinoamérica, la oportunidad brillaba por sí sola. Era un proyecto grande, con la posibilidad de liderar equipos en distintos países, y la idea me emocionó de inmediato. «¿Cómo no voy a tomarla?», pensé. Así que la tomé.
Pero con el tiempo me di cuenta de que el trabajo era muy operativo: constituir sociedades, contratar proveedores, abrir nuevos países… Fue como volver a mis inicios como abogada, donde estuve trece años. Sabía firmar contratos, resolver problemas legales, avanzar en medio de la burocracia. Pero ninguna de esas tareas me devolvía energía. Al contrario, sentía que el día se me hacía larguísimo.
Solo que ahora había una diferencia: me conocía mejor. No es que no supiera hacerlo, de hecho, lo hacía bien. Pero hacerlo bien y que me hiciera sentido resultaron ser dos cosas distintas. Entendí que lo operativo me drenaba, porque soy una persona esencialmente creativa.
Esta vez tenía suficientes luces prendidas en mi clóset como para darme cuenta de que esa oportunidad, en la práctica, no era para mí. Y me demoré tres meses en decidir cambiar de rol, no trece años como me pasó siendo abogada.
No fue magia ni un cambio de un día para otro. Fue la suma de varias luces que ya había ido encendiendo antes, una por una. Así como la falta de luz te lleva a vestirte con ropa que no te queda, no conocerte te lleva a vivir una vida que no te hace sentido y que te impide brillar.
¿Cómo se vería un clóset con luz? Imagina que donde están tus chalecos, ves tu ego. Donde van tus pantalones, tu forma de relacionarte con los demás. Donde están tus zapatos, tu forma de expresarte. Donde van tus vestidos, tus valores. Y así, con todo.
Viendo todo esto con claridad, ¿no tomarías mejores decisiones para tu vida? Es fácil pensar que el propósito está afuera, en el puesto correcto, en la decisión correcta, en el proyecto que brillara más. Pero empieza adentro, con la luz prendida. Por eso digo que no puede haber propósito sin antes conocerte a ti mismo.
















