“Encuentra tu propósito”. Lo hemos escuchado demasiadas veces y pareciera que todos deberíamos levantarnos una mañana, mirar al horizonte y descubrir para qué vinimos a este mundo. Y ojalá, además, sea algo tremendamente inspirador y que cambie el rumbo de la historia de la humanidad.
Creo que le hemos puesto demasiada presión al pobre propósito. Cuando hablamos de marca personal, tener propósito no significa necesariamente querer cambiar el mundo, impactar a millones de personas o dejar un legado digno de documental de Netflix. Puede ser bastante más simple: ¿qué cambio quieres provocar en las personas con lo que sabes, haces y has vivido?
Y tampoco creo que el propósito siempre se “encuentre”. Muchas veces se construye trabajando, probando, equivocándose, conociendo personas y descubriendo dónde realmente eres capaz de aportar.
Ahí empieza a ponerse interesante, porque cuando entendemos ese “para qué”, tu marca deja de ser solamente una vitrina para mostrar lo seca que eres y empieza a tener dirección. Sabes de qué quieres hablar, a quién quieres ayudar y, sobre todo, por qué vale la pena seguir apareciendo incluso cuando el algoritmo decide ignorarte.
Además, tener propósito no significa olvidarse del negocio. Queremos generar ingresos, crecer y vender, obvio. El romanticismo se lo dejamos a Romeo y Julieta y no al modelo de negocios. Pero cuando además de vender sabes para qué haces lo que haces, todo cambia.
Tu propósito no tiene que cambiar el mundo, tiene que tener suficiente sentido como para hacerte querer cambiar un pedacito de él.

















