No aparece en pantalla, no dirige actores y tampoco suele estar en las entrevistas. Pero detrás de cada atmósfera, de cada época reconstruida que parece existir desde siempre, hay alguien pensando en cómo hacer que una historia respire. Francisco Blanc trabaja ahí: en el arte de sostener lo invisible. Radicado en Ciudad de México desde 2005, hace poco recibió el Premio Aura a Mejor Diseño de Producción por su trabajo en la serie Chespirito: sin querer queriendo.
Por Macarena Ríos R./ Fotografías gentileza entrevistado
Las casualidades muchas veces forjan nuestro destino. Y fue justamente la casualidad —el estar en el lugar correcto el día preciso— lo que definió el del arquitecto viñamarino Francisco Blanc. “Fue en una fiesta de año nuevo en México. Había ido a ver a una amiga desde Holanda, donde estaba haciendo un doctorado, y conocí a un diseñador de producción que me invitó a participar en una película como dibujante de escenografías. Mi casting fue un dibujo hecho a mano ahí mismo”, recuerda.
El proyecto —una película americana llamada El aire que respiro— duró tres meses y le encantó.
Corría el año 2005.
Dejó a medio camino el doctorado en Planificación Urbana, se radicó en Ciudad de México y comenzó en este “nuevo oficio”, como él le dice.
Estuvo durante cinco películas —entre ellas Amor en tiempos de cólera— trabajando como dibujante, “acá se le dice set designer (diseñador escenográfico), era pura arquitectura, me mostraban un lugar y yo hacía los planos de todo”.
Luego vendría la película Little Boy, en la que trabajó como diseñador de producción. Con la segunda temporada de La Reina del Sur entró al circuito de las grandes series latinoamericanas. Ahí Blanc mostró que podía construir mundos visuales complejos.
Después vino Falco, una serie que tuvo reconocimiento internacional y consolidó su nombre dentro del streaming latinoamericano.
“Me encanta construir, como cuando armaba legos de niño. Hay algo fascinante en intervenir una locación y transformarla hasta convertirla en otro mundo. En la serie Falco, por ejemplo, diseñamos una estación de policía muy cool. El gran desafío fue encontrar una locación que funcionara. Terminamos descubriendo una antigua imprenta en un edificio industrial y apenas entré pensé: ‘Aquí es’. Confiaron en mi intuición. Intervenimos el espacio por completo para sacarle todo su potencial: levantamos rejas, diseñamos muebles, lámparas, trabajamos pintura e iluminación. Hicimos de todo. El edificio quedó muy padre, la verdad, pero el director no quiso verlo hasta el primer día de rodaje”.
¿Y qué dijo cuando lo vio?
Me abrazó.
EL UNIVERSO DE ROBERTO GÓMEZ BOLAÑOS
Hace poco recibió el Premio Aura a Mejor Diseño de Producción por su trabajo en la serie Chespirito: sin querer queriendo, un reconocimiento que premió no solo la estética, sino la capacidad de hacer creíble el universo de Roberto Gómez Bolaños.
“Yo te diría que de todos los proyectos que he hecho, este ha sido uno de los más desafiantes y complejos. Había mucha presión, el tiempo era acotado, teníamos que recrear cuatro épocas distintas con dos unidades de filmación en diferentes lugares, pero el resultado está a la vista, creo que se hizo un muy buen trabajo”.
¿Qué significa para ti este reconocimiento?
El premio es una anomalía en lo que hago, una casualidad, me alegro mucho de habérmelo ganado, pero no es algo que me quite el sueño. En todo caso, fue bien padre que te reconozcan después de veinte años haciendo este oficio.
¿Qué se premia realmente cuando se reconoce el diseño de producción?
Se premia la veracidad, que haya una propuesta estética, una colorimetría interesante, una buena selección de locaciones. Todo eso hace que el proyecto tenga cierta coherencia estética dentro del universo visual, que todo tenga sentido y sostenga emocionalmente la historia. Había una escena ambientada en un circo de los años treinta y el desafío era enorme: conseguir una carpa que realmente se viera antigua y montarla en algún lugar cerca de Xochimilco, al sur de la ciudad. Encontrar esa carpa ya era un problema en sí mismo, porque levantar un circo implica un despliegue técnico gigantesco… y todo eso para apenas un par de escenas.
“Como espectador, uno podría pensar que simplemente encontramos un circo y aprovechamos la locación. Pero la realidad fue muy distinta: literalmente construimos uno desde cero. Pusimos paja en el suelo, levantamos las cuerdas, instalamos las luces, armamos cada detalle para que respirara esa época. Ese es el tipo de magia invisible que tiene el diseño de producción: crear mundos enteros que el público da por reales sin imaginar todo lo que hubo detrás”.
Francisco se refiere al equipo técnico que sostuvo la producción. “Trabajamos con cerca de noventa personas, entre carpinteros, pintores, herreros, decoradores, dibujantes, diseñadores gráficos y asistentes. Era una maquinaria gigante”.
¿Cómo fue el recibimiento del público?
Chespirito no tuvo en México el mismo nivel de popularidad que alcanzó en Sudamérica. En esa época, México producía una gran cantidad de contenidos televisivos, mientras que en países como Chile la oferta era mucho más limitada, con tres o cuatro canales al aire. Por eso, generaciones completas crecieron viendo las historias del Chavo del 8 y el Chapulín colorado. Esa diferencia de contexto hizo que la relación con esos personajes fuera distinta: no en todas partes se vivió con la misma devoción y nostalgia que en Sudamérica.
CREADOR DE MUNDOS
El diseño de producción es un oficio extraño. Si está bien hecho, nadie lo nota. Si falla, todo se cae. “Por eso, el diálogo entre el director, el director de fotografía y el diseñador de producción es fundamental”, explica.
Todo comienza con el guion. “Es lo más importante”. A partir de esa lectura inicia un camino propio: investigación, referencias y un proceso gráfico que va delineando la identidad estética del proyecto. “Cada proyecto tiene lo mejor de mí. Me divierto, lo paso bien y me apasiona la parte creativa y todo el diseño que implican”.
Tu trabajo muchas veces es invisible para el público. ¿Eso te incomoda?
No, porque justamente esa es la gracia del oficio. Si el espectador cree en el mundo que construiste, entonces funcionó. El problema sería que el diseño distrajera de la historia.
¿Qué sigue presente de la arquitectura en tu trabajo actual?
Todo. La arquitectura te enseña a pensar creativamente, a mirar el espacio, la luz, los materiales. La diferencia es que ahora pienso cómo la cámara va a registrar ese espacio. La arquitectura que hacemos nosotros no está pensada en el cuerpo, sino en la cámara, ese es el ojo que importa y el que registra todo, algo así como el protagonista de esta historia.
¿Qué historias te interesa contar hoy?
Contar historias del pasado siempre me ha parecido lo más interesante en este oficio, pero me encantaría contar historias del futuro, soy un amante de la ciencia ficción.
La inteligencia artificial está cambiando la industria audiovisual. ¿Cómo lo ves?
El futuro de la industria se ve complejo. La inteligencia artificial llegó para quedarse y ya está reemplazando parte del trabajo creativo, especialmente en áreas como la visualización y conceptualización. Hoy basta escribir un prompt para obtener imágenes sofisticadas que antes requerían dibujantes, diseñadores y equipos completos de arte. Incluso ya se están produciendo películas donde la escenografía se genera con IA. Tu comprenderás que, a nosotros, artesanos de la imagen, nos da en la madre. ¿Cómo vamos a entregarle el control creativo a una máquina?
Detrás de él, se alcanzan a ver los barcos de colección que descansan en una repisa. “Me encanta el mar. ¿Sabías que el barco de la película Crónicas de Narnia se diseñó en México? Yo estuve ahí. Fue un trabajo tremendo”.
Ahora Francisco está en una etapa de receso, pero dice que eso no le quita el sueño. Al contrario, aprovecha esos espacios para hacer todo lo demás. “Los hobbies son los que definen a una persona. Yo tengo varios: pinto, hago ejercicio, me encanta cocinar, hoy día cociné una pasta con atún ahumado y crema maravilloso, aunque mi plato estrella es la paella. Leo mucho y de todo. Hoy día estoy leyendo Los hermanos Karamasov de Dostoievski, también a Gabor Maté y Benjamín Labatut, de él te recomiendo Maniac y El verdor terrible. ¿Los has leído?”.





















