¿Estamos educando para responder o para preguntar?

Por Alejandra Mustakis, emprendedora y empresaria chilena

Lo veo todos los días en el mundo del emprendimiento. Ninguna empresa nace porque alguien “sabía exactamente qué hacer”, sino porque alguien vio un problema que otros habían normalizado, alguien preguntó por qué las cosas tenían que hacerse de esa manera, o alguien imaginó una solución distinta. Emprender es, en esencia, hacerse preguntas.

Vivimos en un mundo que cambia tan rápido que las respuestas tienen una fecha de vencimiento cada vez más corta. Lo que hoy sabemos, mañana puede quedar obsoleto. Sin embargo, seguimos educando a niños, jóvenes e, incluso, a profesionales para memorizar respuestas correctas, cuando quizás la habilidad más importante del futuro sea formular buenas preguntas.

Eso se hace evidente desde muy temprano. Cuando un niño pregunta una y otra vez por qué pasan las cosas, solemos celebrar su curiosidad. Nos enternece esa capacidad de sorprenderse con el mundo. Pero, a medida que crece, muchas veces empezamos a premiar exactamente lo contrario: que responda bien, que no se equivoque, que siga instrucciones y encuentre la solución esperada. Y sin darnos cuenta, vamos reemplazando la curiosidad por la certeza.

Y quizás ahí está uno de los grandes desafíos que tenemos como sociedad, porque las respuestas sirven para resolver el presente, pero son las preguntas las que construyen el futuro.

No es casualidad que el último Future of Jobs Report del World Economic Forum destaque, entre las habilidades más importantes para los próximos años, el pensamiento analítico, la creatividad, la curiosidad y el aprendizaje continuo. Más allá de las competencias técnicas, el mundo está valorando a quienes son capaces de aprender, cuestionar y adaptarse constantemente. Lo dice también un reporte de Google for Education, donde se asegura que la idea de impartir conocimientos quedará relegada frente a la transmisión de habilidades para razonar, pensar y cuestionar.

Y creo que lo mismo ocurre dentro de las organizaciones. Durante mucho tiempo valoramos a quienes tienen respuestas rápidas, cuando quizás deberíamos poner más atención en quienes hacen las preguntas difíciles. ¿Qué estamos dejando de ver? ¿Qué problema estamos intentando resolver realmente? ¿Qué pasaría si empezáramos desde cero? ¿Qué necesidad de nuestros clientes todavía no entendemos?

Las organizaciones más innovadoras no son necesariamente las que tienen todas las respuestas. Son aquellas donde existe la confianza para cuestionar, donde preguntar no se interpreta como una debilidad, sino como el punto de partida para crear algo mejor.

Por eso esta conversación no es sólo sobre educación. También es sobre cómo criamos a nuestros hijos, cómo enseñamos en las universidades, cómo lideramos equipos y cómo construimos nuestras empresas. Todos los días estamos transmitiendo qué conductas premiamos: si la obediencia o la curiosidad; si repetir lo conocido o atreverse a explorar nuevos caminos.

El futuro no será de quienes memoricen más información, porque esa información ya está al alcance de todos. Pertenecerá a quienes sepan conectar ideas, desafiar las certezas y formular las preguntas que nadie más se está haciendo.

Quizás el mayor regalo que podemos hacerles a las próximas generaciones no sea enseñarles todas las respuestas, sino cuidar esa curiosidad con la que llegaron al mundo. Porque cada gran cambio, cada innovación y cada emprendimiento comenzaron, alguna vez, con una pregunta muy simple: ¿Y si pudiera ser diferente?