Post Malone, uno de los cabezas de cartel de Lollapalooza Chile 2019, declaró que necesitaba más tiempo para terminar un álbum doble, razón suficiente para cancelar su próxima gira. Meghan Trainor, estrella fugaz y one hit wonder gracias al single All about that bass, explicó que debía concentrarse en su familia —fue madre por tercera vez en enero—, así que suspendió un tour fechado para este mes. The Pussycat Dolls, veteranas del formato girl band, también tomaron la misma decisión, pero no buscaron excusas. PCD Forever Tour, el retorno a los escenarios después de diecisiete años, no vendió y así lo asumieron públicamente.
En la era del streaming el negocio de los conciertos tiende a suponer que las millones de reproducciones garantizan alta convocatoria en vivo. Pero un simple punto azul en la pantalla está desmintiendo esa certeza. En el sistema Ticketmaster los asientos disponibles aparecen marcados bajo esa tonalidad, convirtiendo la multiplicación de esas señales en una manifestación inequívoca de escasa demanda. La fiebre del punto azul —blue dot fever en inglés—, alerta sin dobles lecturas cuando un artista no vende lo suficiente.
Entre los factores determinantes no solo se cuenta la sobredimensión del impacto en redes y playlists, sino los precios de las entradas y los respectivos cargos asociados al boleto de un show. Entre el merchandising, el traslado, el pago de estacionamiento y la compra de refrigerios y comida, una salida de este tipo supera fácilmente los cientos de miles de pesos.
La pandemia también dejó una resaca que contribuye a este panorama. Las giras regresaron con la intensidad de un embotellamiento liberado de golpe. Todos salieron al mismo tiempo. Las leyendas y los artistas en apogeo con rótulo viral, abultaron una oferta que creció mucho más rápido que la capacidad de los bolsillos.
Aun así, el público no está abandonando la cartelera, sino que discierne entre imprescindibles y figuras que estiman su convocatoria guiados por voluptuosos dígitos virtuales, con rasgos de burbuja.
Los puntos azules no revelan una crisis de la música en vivo, sino el regreso a ciertos límites que establecen que no todos los artistas están en condiciones de llenar arenas y estadios. No es una alerta en rojo, sino un amable tono azulado convertido en el color de la realidad.





















