Arte Mitahue: El valor de la memoria

 

En plena avenida Concón-Reñaca hay una tienda singular. Entrar en ella es reencontrarse de lleno con el pasado. La luz que entra por las ventanas ilumina cientos de objetos de otra época que la señora Maru se esmera en rescatar y poner en valor. Muebles, arte, cristalería, porcelanas, relojería y objetos decorativos adornan las estanterías y las mesas esperando seguir contando su historia.

Por Macarena Ríos R./ Fotografías Javiera Díaz de Valdés

 Al cruzar la puerta, el aire tiene otra densidad. Huele a madera antigua, a papel envejecido, a barnices que han sobrevivido décadas. La luz entra en diagonal y se derrama sobre vitrinas de cristal, relojes que alguna vez marcaron la hora de otras vidas, porcelanas que viajaron de generación en generación y muebles cuyas superficies conservan las huellas de manos que ya no están.

Todo parece esperar.

María Eugenia del Carmen Palma Moraga —Maru para quienes la conocen— camina entre los objetos como quien recorre un álbum familiar. Los toca, los acomoda, les habla. Y no lo dice como una metáfora.

—Yo le hablo a las cosas —confiesa, con una sonrisa.

Quizá por eso la tienda tiene algo de novela. Algo que recuerda a aquellas librerías y anticuarios que aparecen en los libros de Carlos Ruiz Zafón, donde los objetos guardan secretos y los espacios parecen custodiar memorias ajenas. Aquí cada pieza parece tener una vida secreta esperando ser contada.

¿Qué le atrae de los objetos antiguos?
Todo, absolutamente todo, desde el más mínimo detalle. Me encantan las piedras, las maderas. Amo lo que la gente bota. Cuando la gente bota algo, no está botando un objeto. Está botando amor, historias, cultura, recuerdos.

Mucho antes de convertirse en anticuaria, Maru ya era una coleccionista de memorias. “Cuando niña adoraba estas cosas. Lo que para la gente eran simples cachureos, para mí eran un tesoro. Me encanta lo que hago. Una vez llegó una escultora que quería mirar, estaba buscando algo, tal vez para inspirarse y se llevó un par de aros que serían los ojos de su próxima escultura”.

Durante treinta años tuvo una tienda de artesanía chilena en el aeropuerto. Fueron décadas de trabajo ininterrumpido, sin vacaciones, Navidades, ni años nuevos. Algunas antigüedades convivían entonces en su casa, dispersas entre recuerdos y hallazgos ocasionales.

¿Qué la hizo detenerse?
La muerte de un hijo. Se me vino el mundo abajo y decidí hacer un cambio en mi vida. Dejé el trabajo y me vine a Concón. Me instalé con un puesto de artesanía, un kiosco pequeño en el antejardín de la casa que arrendábamos. Había que comer, había que vivir. Incluso nos hicieron una nota en el diario y lo titularon Jugando en la calle. Puse mesas, botellas antiguas y varias antigüedades. Así comencé a vender.

Tiempo después se instalaron en la propiedad actual, una casa que fueron arreglando y llenando de objetos con historia, y que hoy recibe visitantes por cita previa. “Este es un negocio en el que hay que estar bien presente”. Junto a su marido viven en un altillo que construyeron ahí mismo.

¿Qué busca la gente?
La mayoría de la gente que viene acá busca diálogo, recuerdos, cariño, además de algún detalle o algo de decoración. Busca el valor del recuerdo, que es lo único que uno puede dejar en este mundo. Hay quienes llegan buscando una loza idéntica a la que usaba una abuela, por ejemplo.

¿Alguna vez sintió que un objeto la eligió?
Tengo un par de objetos que dicen que quieren morir conmigo. Un mascarón de proa de más de cien años que me regalaron.

¿Como esos objetos que traen suerte?
Yo no creo en la suerte, creo en la bendición de Dios, que es una sola. Miro cada objeto y voy recordando cómo me fueron llegando, las historias que me contaron de ellos.

¿El objeto más curioso que ha llegado a sus manos?
Una vez llegó un pequeño maletín cuyo uso no lográbamos descifrar. En su interior había puros objetos pequeños de vidrio. Un día llegó un ginecólogo que nos contó que se trataba de un antiguo instrumento médico. Nos dio una cátedra, quedamos todos impresionados.

OBJETOS CON HISTORIA

Las tiendas de antigüedades suelen ser descritas como lugares donde se venden objetos. Pero Maru cree que eso es una simplificación. Lo que realmente circula entre estas paredes son recuerdos, porque cada pieza funciona como un pequeño archivo emocional.

Por eso mira con atención aquello que llega a sus manos. No sólo observa el material o la manufactura. También imagina los caminos que recorrió antes de llegar hasta aquí.

En una época marcada por el consumo rápido, donde los objetos parecen diseñados para durar poco, esta tienda ofrece una lógica completamente distinta. Acá restauran y conservan. “Las cosas antiguas jamás van a pasar de moda”, dice Maru, mientras observa las estanterías que ha llenado durante años y parece recorrer mentalmente cada historia que habita entre ellas.

“Este es un lugar de trabajo, de descanso, de todo. Me siento completamente realizada. Hay jóvenes de veinte años que sí valoran lo que hay aquí. Cada objeto está cargado de historia. Hay muchas tiendas en las que uno no puede tocar, yo acá dejo que toquen, que miren”.

@arte_mitahue