Durante casi un año, la arquitecta Marilaura Gálvez se dedicó a restaurar una casa olvidada en el corazón de Concón viejo. Más que una remodelación, lo suyo fue un acto de voluntad, donde rescatar, reinterpretar y dar forma a una idea se tradujo en resignificar el acto de habitar. “Este ha sido el primer proyecto personal sin mandante donde pudo fluir toda mi creatividad, sin freno y con total libertad”.
Por Macarena Ríos R./ Fotografías Javiera Díaz de Valdés
Como salida de un cuento de hadas, Casa Magia se levanta en el corazón del barrio-parque Los Romeros, en Concón. Una cabaña de balneario tipo A, pequeña en escala, de esas que parecen dibujadas con una sola línea. Lo que alguna vez fue considerada una estructura prescindible —“acá lo que vale es el terreno”— se convirtió en un trabajo de rescate de una arquitectura clásica.
El desafío no fue técnico. No principalmente. El verdadero desafío fue otro, más esquivo e intangible: cómo materializar un concepto. Cómo reconstruir algo que, antes que plano o estructura, era pura intuición.
Desde la entrada, el relato comienza a desplegarse. Un cartel que recibe, un fogón que convoca, un camino de lavandas que calma y apacigua. En la puerta, un nudo de bruja celta: símbolo de protección. Todo parece dispuesto con una lógica invisible, como si la casa supiera antes que sus habitantes lo que quería ser.
O, más bien, lo que la arquitecta Marilaura Gálvez —artífice de todo esto—, quería que fuera. Un lugar de encuentro, un oasis de calma.
PENSAR LA ARQUITECTURA
Marilaura estudió arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso. “Ahí aprendí a pensar la arquitectura, donde la observación del espacio permite nombrar y luego crear obras que dan cabida al acto de habitar de una manera particular. Casa Magia no es el reflejo de un aprendizaje técnico, sino de uno artístico y reflexivo”.
¿Qué simboliza Casa Magia?
Un ejercicio de voluntad. La capacidad de renacer a una nueva versión de uno mismo. Es la metáfora en vida de algo que puede estar en ruinas pero que siempre puede recomponerse.
Luego de visitar la casa por segunda vez, ya sin moradores, Marilaura no tuvo ninguna duda. Esa sería la casa con la que retomaría su oficio —y su pasión— que había quedado en pausa tras la maternidad. “Para sellar ese momento de total certeza, nos tomamos una foto junto a mi hijo frente a la casa, con la puerta abierta hacia nosotros, dándonos la bienvenida”.
La arquitecta —que aprendió a escuchar antes que a diseñar— no habla de metros cuadrados ni de tendencias. Habla de atmósferas. De pausas. De la necesidad, casi urgente, de volver a sentir los espacios.
Entonces imaginó otra cosa. No una casa perfecta, sino una casa viva. Una que no ordenara el habitar, sino que lo permitiera. Que abriera en lugar de contener. Que dejara entrar el paisaje, pero también el silencio.
El trabajo fue duro y demandante. Transformar el espacio supuso una renovación completa de puertas, pintura, cielos y techos. Abrió la cocina, cambió sus revestimientos por cerámicos estilo vintage y vistió la cubierta de madera pino ciprés, como el resto de la casa.
El gran cambio de circulación interior fue el desplazamiento de la caja escala, la única modificación arquitectónica. En su lugar original puso una Bosca y una fuente de agua para reunir todos los elementos.
“Para poder tener todo el metraje cuadrado del segundo piso disponible, la casa, de una A pasó a transformarse en una M de magia, ese fue el movimiento de la caja escala para llegar al altillo”.
TOQUE RÚSTICO
El interiorismo no solo le dio alma al proyecto, sino una energía rústica a base de fibras naturales, como la mesa de ratán, los cojines de yute, el mimbre de Chimbarongo de las sillas del comedor y el juego de living hecho de bambú. Con materiales nobles y sencillos, la arquitecta buscó resaltar lo natural, “que conecta con la esencia de las cosas”.
Vistió la casa con plantas: filodrendos, pothus, salvias, cuna de Moisés —“que según un estudio de la NASA purifica el aire”—, ficus lyrata, son algunas de las plantas que dialogan en el interior. “En muchas ventanas, la ausencia de cortinas fue reemplazada por las plantas, que abrazan la luz y generan sombras al atardecer”.
La habitación principal fue el resultado de la unión de dos dormitorios originales para tener luz oriente en la mañana y ganar un walk-in-closet.
“El sello de Casa Magia es la paz que tú encuentras, y no precisamente de la casa misma, sino del entorno. Todo el barrio de Los Romeros, de camino de tierra y con árboles tan antiguos como sus casas, escapa a un plan urbanístico tradicional, medido. Aquí entras a un lugar detenido en el tiempo, donde viven artistas, intelectuales, filósofos y poetas que quieren habitar de otra forma”.
En Los Romeros, donde el viento parece tener memoria y la luz cae como si eligiera con cuidado dónde quedarse, Casa Magia ofrece una arquitectura que no se impone, sino que se retira lo suficiente para que algo más ocurra. La luz dibuja. La madera respira. El aire circula como si conociera el camino desde antes. Todo parece dispuesto para que quien llegue baje la velocidad, aunque no se lo proponga.
Quizás por eso quienes llegan no hablan de diseño, sino de cómo se sintieron. De una calma inesperada. Como si la casa ofreciera, por un rato, una manera distinta de estar en el mundo.
Y entonces se entiende que la magia no está en la forma ni en los materiales. Ni siquiera en la idea. Está en ese instante —breve, casi imperceptible— en que alguien cruza la puerta y, sin saber por qué, respira distinto.





















