Talento oculto. Lorenzo de Medici.

Por Jessica Luna, arquitecta

Uno de los movimientos intelectuales más extraordinarios de nuestra historia occidental, y que allanó el camino para el Renacimiento, fue el Humanismo. Y una de las familias que se convirtió en su principal motor fueron los Médicis. Esta poderosa dinastía de banqueros y políticos gobernó La Toscana y transformó a Florencia en un epicentro cultural sin precedentes, financiando a grandes genios del arte, la arquitectura y el Humanismo. Sin embargo, quien probablemente orquestó mejor esta sinfonía, fue Lorenzo de Médici, “Il Magnifico”, quien, durante su gobierno de facto, convirtió a la ciudad de Florencia en un vibrante laboratorio artístico, en la que convergieron banqueros, poetas, escultores y filósofos.

Lorenzo di Piero de’ Médici (1449-1492) fue educado desde su infancia para incorporarse a la vida pública. Tras el deceso de su padre, con solo 20 años de edad, asumió junto a su hermano menor, Giuliano, el control de Florencia de forma extraoficial, convirtiéndose en un hábil político, gran mecenas y humanista.

Su gran talento fue reconocer a los mejores artistas tempranamente. Entre sus protegidos se encontraban Leonardo da Vinci, Michelangelo, Sandro Botticelli y Domenico Ghirlandaio. La relación que Lorenzo estableció con ellos dice relación con una lectura sutil de las habilidades de cada uno. Con Leonardo da Vinci estableció una relación diplomática y distante, mientras que con Miguel Angel, fue casi paternal.

A los quince años, el genio incipiente de Michelangelo fue descubierto por Lorenzo, quien lo incorporó rápidamente a su academia artística en el Jardín de San Marcos y lo alojó en el Palacio Médici. En este ambiente, el joven artista convivió con la élite de pensadores neoplatónicos y humanistas de la época, resultando fundamental para su formación. Michelangelo señalaría más tarde que, en la casa de los Médici, no sólo perfeccionó su técnica artística, sino que también aprendió, sobre todo, a “cómo pensar”.

En la década de 1470, cuando Leonardo trabajaba en el taller de Andrea del Verrocchio, Lorenzo lo introdujo en su corte y lo dejó bajo su protección, enviándolo en 1481 con su aliado, Ludovico Sforza (duque de Milán), no como artista, sino como ingeniero, diseñador militar, organizador de espectáculos y músico. Y fue allá, en Milán, donde Leonardo inició una exitosa etapa y desarrolló su talento; porque Lorenzo entendió algo fundamental sobre el artista: su genialidad iba más allá de la pintura, se expandía a la ingeniería y el diseño.

Lorenzo supo reconocer el genio en ambos. A Michelangelo lo identificó como obsesivo, temperamental, profundamente emocional, feroz y casi salvaje. En tanto, a Leonardo, lo reconoció como científico, intelectual, elegante y un tanto difícil de controlar. Si bien Lorenzo comprendió esta idea revolucionaria de que el arte podía convertir una ciudad en un mito, su verdadera grandeza fue identificar y reconocer el talento extraordinario de personas que serían capaces de trastocar significativamente la historia cultural de Occidente.