Así se llama la última exposición de la artista que, por estos días, cala profundo en la galería Pedro Ávila en México. Con un lenguaje visual que mezcla alfabetos, tiempos y culturas, permite lecturas distintas según quien observe. Una muestra poética y sensible que da espacio al lenguaje como territorio y a las letras como cuerpo y memoria.
Por Macarena Ríos R./ Fotografías gentileza artista
En la sala blanca de la Galería Pedro Ávila, en Metepec, las letras parecen respirar. Flotan, se tensan, se suspenden, como si alguien hubiese detenido el lenguaje justo antes de pronunciarlo. Allí, en ese silencio lleno de signos, se entiende quién es realmente María Elena Naveillan.
El título de la muestra no es una mera metáfora, sino una declaración de principios, y quien entra en la sala percibe de inmediato que, más allá de las obras, está frente a una conversación suspendida.
La artista trabaja como si bordara el tiempo. Corta, cose, ensarta, recompone. Utiliza papeles de periódicos internacionales —“que me inspiran mucho por sus distintas tipografías, gráficas, símbolos y alfabetos”—, hilos transparentes, telas, mostacillas, agujas y objetos encontrados en ferias y mercados persas como parte de su vocabulario material.
Dice que ama los mercados persas, tanto como las matemáticas y el color naranjo. Pero fueron las letras las que llegaron a destronar lo demás, esas que se le aparecieron un día leyendo los obituarios tras la temprana muerte de sus padres y que, más tarde, la llevó a investigar los alfabetos e idiomas del mundo.
Han pasado los años y el poder de la palabra sigue atravesando su obra, esa que vuelve visible el lenguaje. Quizá por eso no se mira rápido, sino que obliga a bajar la velocidad. A leer con los ojos y escuchar con la piel.
HONRAR EL LENGUAJE
El vínculo es importante para Manena. Para ella, habitar la palabra significa conectarse con la capacidad de relacionarnos con el otro y con nosotros mismos. “La palabra invita a expresarme de diferentes formas y lenguajes que abarcan pintura, bordado, corte, costuras y collage como pretexto para dar rienda suelta a todas las ideas que entran en mi cabeza y que necesito materializarlas. Son el lenguaje que necesito comunicar al otro, de modo que este vea, descubra, juegue y contemple su propia narrativa”.
La exposición dialoga silenciosamente con una época saturada de mensajes. El diagnóstico no es solo artístico, también cultural. La curaduría —a cargo de Francisca Bezmalinović— se centra en que la artista “revitaliza las palabras y resignifica su papel, integrándolas en un mundo globalizado que necesita abrazar de nuevo la literatura, volver a la escritura y honrar al lenguaje”.
¿Existe alguna palabra que actúe como puente de toda la muestra?
Sí, existe una palabra que no está implícita, pero que es el hilo conductor de mi trabajo y con la cual convivo a diario: presencia.
¿Qué esperas despertar con tus obras?
Espero despertar el interés por el lenguaje, el diálogo, y la comunicación. Que disfruten contemplando, descubriendo lo oculto que hay en cada obra, cuya experiencia es diferente para cada espectador. Mi anhelo es que cada obra se explique por sí misma, apelando a la libre lectura del público.
“El hecho de jugar con diferentes idiomas y alfabetos, provoca distintas reacciones, dependiendo de cada espectador. Tanto en Estados Unidos, como en Francia, México, Israel, Argentina, Perú, y Chile, donde he exhibido mi trabajo, ha habido gran aceptación, principalmente porque las ferias atraen a un público más culto y abierto al arte contemporáneo”.
¿Qué significado tiene para ti compartir tu obra hoy, en estos tiempos?
Mi obra, ante todo, es una invitación a contemplar, a bajar el ritmo. A disminuir —aunque sea por un instante— la atención constante que le entregamos a las redes sociales, que si bien nos mantienen comunicados, también nos aíslan silenciosamente del otro. Hoy casi no nos detenemos a mirar. El celular se ha convertido en una extensión de la mano. Con mi trabajo invito al espectador a detenerse. A sostener la mirada. A reencontrarse con una obra que habla en silencio y que, si uno se permite escucharla, abre un espacio para la reflexión.
¿Cómo ha moldeado esta exposición tus próximos intereses como artista?
Tanto esta exposición en México, como mi participación reciente en Zona Maco, me han abierto las puertas a otras invitaciones importantes. La más cercana se llevará a cabo el próximo mes de abril en Ciudad de México, y existen varios proyectos en camino en otras latitudes. Estoy realmente feliz de cruzar fronteras con mi arte. En lo personal, me motiva a seguir creando y experimentando en las artes visuales.
¿Qué has aprendido de ti misma en el camino de ser artista?
Ser artista es un camino difícil, como cualquier otro. Tiene altos y bajos y, como tantas profesiones u oficios, también muchas gratificaciones. Pero cuando terminas una etapa —una obra, una exposición, un proceso— sientes con claridad que todo valió la pena. Que el esfuerzo y la dedicación tuvieron sentido. Que el arte, finalmente, ha sido el mayor regalo que has recibido.
“Crear es un espacio íntimo que te permite conocerte mejor y, sobre todo, mantenerte conectada contigo misma. Me impresiona constatar cómo, con el paso del tiempo, he ido aprendiendo a ser feliz conmigo misma. A aceptarme. A hacer arte desde lo que soy y no desde lo que se espera que sea. A abrazar esa identidad que tantas veces cuesta descubrir en medio del ruido del entorno y de la exposición permanente en redes sociales”.
¿Qué pregunta te hubiera gustado que te hicieran sobre esta muestra y aún nadie te la ha hecho?
Que buena pregunta, me encanta. La verdad es que no hay palabra sin silencio. Y eso nadie me lo ha preguntado y es un gran tema en las presentes obras, propuesto desde diferentes técnicas y composiciones.
En tiempos donde todo se acelera, María Elena propone detenerse. Mirar. Leer. Escuchar. Sus obras no compiten con el ruido, sino que lo atraviesan. Quizá por eso, al salir de la sala, el visitante no siente que vio una exposición. Siente que alguien —sin hablar— le dijo algo importante.








