Muralista, docente y creadora visual, Vale Clave ha convertido las calles de Viña del Mar en un gran lienzo urbano donde conviven cultura pop, identidad local y comunidad. A través de sus murales y proyectos educativos, busca acercar el arte a nuevas generaciones y hacer que niños y jóvenes se sientan representados en el espacio público.
Por María Inés Manzo C. / Fotografía Javiera Díaz de Valdés y gentileza entrevistada.
Las calles de Viña del Mar se han transformado en una galería a cielo abierto donde conviven personajes coloridos, referencias a la cultura pop, símbolos cotidianos y escenas que dialogan con la identidad local. Detrás de muchas de esas obras está Valentina Fuentes Posada —más conocida como Vale Clave—, muralista y docente que ha hecho del espacio público su principal soporte creativo.
Su camino comenzó lejos de los grandes muros. Primero fue la música, luego los dibujos en cuadernos, stickers hechos a mano, stencils y graffitis. Más tarde llegaron el diseño gráfico, la exploración del color y la búsqueda de un lenguaje propio que hoy se reconoce, fácilmente, en distintos rincones de la ciudad.
Junto a su marido, Gabriel Melo Corvera, ha levantado un trabajo colaborativo donde el arte urbano se mezcla con gestión, comunidad y educación. Además de pintar murales, dicta clases en Bellas Artes, la UVM y proyectos educativos que acercan el arte a niños y adolescentes. Su objetivo va más allá de intervenir un muro, pues busca que las personas se sientan representadas, que los barrios vuelvan a habitarse y que las nuevas generaciones entiendan que la creatividad también puede convertirse en un proyecto de vida.
“Siempre dibujé. Aunque estudié música un año después de salir del colegio, nunca dejé de hacerlo. Llenaba cuadernos completos con dibujos y empecé a salir a la calle pegando stickers. Después estudié Diseño Gráfico y eso me abrió el mundo a nuevas técnicas. Recuerdo que una vez acompañé a unos amigos a un festival de graffiti en Viña y, aunque pinté muy poquito porque me daba mucha vergüenza, sentí algo súper fuerte. Fue como descubrir que la ciudad podía convertirse en un lienzo”.
IDENTIDAD VISUAL
“Soy de Valparaíso, pero cuando me vine a vivir a Viña de Mar, hace ya diez años, empecé a pintar acá y mucha gente comenzó a decirme que los murales representaban algo de la identidad local. Yo siempre intento observar el lugar antes de pintar: los colores, la gente, la energía del barrio. Me interesa que quienes viven ahí se sientan incluidos. Por eso aparecen gaviotas, objetos cotidianos, personajes distintos entre sí o referencias que uno reconoce de la ciudad”.
Tienes una estética muy ligada al anime, los videojuegos y la cultura pop, ¿cuánto influyeron esas referencias en tu trabajo?Muchísimo. Yo crecí viendo anime, jugando Nintendo y dibujando personajes de series. Me marcó Sailor Moon, Sakura Card Captor, Studio Ghibli, The Legend of Zelda. Durante mucho tiempo intenté pintar de una forma más tradicional, como muy ligada a la figura humana clásica, pero después volví a lo que realmente me gustaba desde niña: las caricaturas y la animación. Ahí encontré mi lenguaje.
También hay una intención de conectar especialmente con niños y adolescentes…
Sí, porque siento que muchas veces el arte urbano se hace solamente desde una mirada adulta. A mí me gusta que los niños y niñas se sientan parte de los murales, que reconozcan códigos cercanos a ellos. Cuando pasan y gritan o se emocionan porque sienten que ese dibujo les habla en su propio lenguaje, para mí ya tiene sentido. Además, trabajo mucho con adolescentes y veo que necesitan sentirse representados y motivados creativamente.
¿Cómo es el proceso de crear un mural? Porque detrás hay mucho más que solo llegar a pintar…
Sí, hay muchísimo trabajo previo. Antes hacía los bocetos a mano, pero hoy trabajo mucho en iPad porque me permite hacer fotomontajes sobre el muro real. Necesito ver el espacio antes… si tiene ventanas, humedad, desniveles o ciertas proporciones. Después hacemos marcas y vamos guiándonos sobre esa base. Hay una parte súper técnica y otra muy intuitiva también.
¿Hay alguna obra que recuerdes especialmente?
Sí, una que hice en pandemia en un local chino en pleno centro de Viña. Yo estaba súper bloqueada y necesitaba volver a pintar. Fui a ofrecerles hacer el mural y adapté todo a lo que vendían ahí. Esa obra marcó mucho el cambio hacia el estilo que tengo hoy. Además, la gente empezó a compartirla muchísimo y sentí que algo se conectó con la ciudad.
¿Con qué materiales trabajas hoy?
Al principio ocupaba mucho spray, pero con los años fui cambiando a pinturas al agua, látex y/o esmaltes porque son más amigables con el medio ambiente y duraderos. Igual cada muro tiene necesidades distintas; algunos necesitan sellantes por la humedad o capas de protección para que la pintura resista mejor. Siempre busco trabajar de una manera más consciente con los materiales y el entorno.
HABITAR EL ESPACIO
“Con mi marido trabajamos juntos en casi todo. Gabriel estudió publicidad y tiene una mirada muy ordenada y metódica, algo que a mí me complementa mucho. Él me acompaña en los murales, ayuda en gestión, fotografía, redes sociales y logística. Muchas veces digo que Vale Clave soy yo, pero también somos nosotros dos trabajando juntos”.
Las redes sociales también han sido importantes para visibilizar tu trabajo, ¿cómo ha sido esa relación?
Al principio me costó más porque yo tenía cierta distancia con lo digital, pero después entendí que si quería ampliar posibilidades tenía que mostrar los procesos. Instagram me abrió muchas puertas y permitió que la gente conociera los murales, incluso antes de visitarlos. Igual intento que no me consuma tanto, porque hoy existe mucha ansiedad por estar constantemente vigente.
Además de muralista eres docente, ¿qué te ha dado esa experiencia?
Muchísimo. Hago clases y también participo en programas educativos con niños y adolescentes. La docencia apareció de manera súper orgánica y hoy me encanta. Me gusta ver cómo el arte puede fortalecer la autoestima, la creatividad y la confianza. Siempre les digo a mis estudiantes que dibujar no es solamente para “los talentosos”; todos pueden desarrollar creatividad.
Hoy estás participando en proyectos de gran escala en Viña del Mar, ¿qué significa para ti intervenir barrios completos?
Es súper emocionante porque los murales cambian la forma en que se habita un espacio. Mi último proyecto en Gómez Carreño busca justamente eso: recuperar los bloques a través del arte y convertirlos en una especie de museo a cielo abierto junto a otros muralistas. Es muy bonito porque no se trata solamente de pintar un muro, sino de generar comunidad, identidad y nuevas formas de relacionarse con el barrio. La gente empieza a reunirse ahí, el entorno toma vida y aparecen conversaciones. Yo siempre digo que el mural amplía el muro, lo transforma en otra cosa. Es bonito ver cómo un lugar gris puede volver a sentirse vivo.
¿Y cuáles son tus sueños?
Me encantaría pintar fuera de Chile. Japón sería un sueño absoluto, también México. Pero más que irme definitivamente, me gusta la idea de viajar, dejar una huella y volver. También quiero seguir desarrollando proyectos educativos y comunitarios. Siento que todavía hay mucho espacio para que el arte conecte a las personas y ayude a que más jóvenes crean que sí es posible vivir haciendo lo que aman.








