Macarena Rencoret: Paisajes urbanos

Aunque pasó más de dos décadas trabajando como chef en embarcaciones privadas, Macarena asegura que fue la fuerza de sus raíces la que terminó marcando el rumbo. Una infancia impregnada de cultura, los paisajes del sur, los viajes, la maternidad, el mar y los proyectos colaborativos fueron sedimentando una sensibilidad que encontró su cauce cuando la pintura apareció en su vida. «La pintura es un lenguaje que me permitió expresar cosas que no encontraba cómo decir de otra manera».

Por Macarena Ríos R./ Fotografías gentileza artista

Creció en el seno de una familia humanista, numerosa, rodeada de literatura, arte y cultura, donde convivían arquitectos, pintores, escultores “y donde la creatividad no era algo extraordinario, sino una forma de relacionarse con el mundo”.

Su paso por un colegio Waldorf le enseñó a valorar la sensibilidad, los oficios y la libertad creativa desde muy pequeña, y su larga estadía en Puerto Varas marcó de manera irreversible, su forma de mirar el paisaje, el territorio y la naturaleza.

“Mirando hacia atrás, entiendo que el arte siempre estuvo ahí. Dibujaba, construía, inventaba y transformaba cualquier material que encontraba en algo nuevo; rayaba las sábanas con lápiz Bic, intervenía cuadernos y transformaba cualquier material en una excusa para imaginar”.

¿Qué perdiste y qué ganaste cuando decidiste cambiar radicalmente de rumbo?
Perdí certezas. Dejé atrás una vida conocida, una identidad construida durante más de dos décadas y una sensación de estabilidad. Pero gané algo mucho más importante: libertad. La posibilidad de habitar una versión más auténtica de mí misma.

¿Qué es para ti ser artista?
Ser artista es observar el mundo con atención y transformarlo en una experiencia. Es encontrar belleza, significado y preguntas en lugares donde otros quizás solo ven rutina. Es crear puentes entre las emociones, los espacios y las personas. El arte tiene la capacidad de abrir conversaciones, generar encuentros y proponer nuevas formas de mirar la realidad.

¿Qué tanto control existe en tu proceso creativo y cuánto espacio le das al accidente?
Cada vez menos control y cada vez más confianza. El accidente es parte fundamental de mi trabajo. Muchas veces las obras más importantes aparecen cuando algo no sale como estaba previsto. La belleza de soltar el control está justamente en permitir que la obra me sorprenda.

En su taller conviven todos tipo de materiales: acrílico, óleo, aerosol, carboncillo, pigmentos. “Muchas veces incorporo fragmentos, texturas y rastros provenientes de otros contextos, porque me interesa la idea de transformación, memoria y reconstrucción. También incorporo Photio, una nanotecnología chilena que permite que algunas obras contribuyan a limpiar el aire. Me interesa que el arte dialogue con el presente, con la sustentabilidad y con los desafíos de nuestro tiempo”.

Varias de tus obras hablan de memorias, circuitos, paisajes interiores y ciudades. ¿Qué recuerdos te persiguen cuando pintas?
Más que recuerdos específicos, aparecen sensaciones. Hay algo de mis años en el mar, de los viajes, de los puertos y de las ciudades observadas desde la distancia. También aparecen las capas de la propia vida: los cambios, las pérdidas, las reconstrucciones y los encuentros. Mis ciudades son muchas veces paisajes emocionales disfrazados de arquitectura.

En poco tiempo, la artista ha pasado de explorar el arte a exponer en galerías y ferias dentro y fuera de Chile.

¿Cómo se procesa algo así?
Con mucho asombro y gratitud. A veces siento que me estuve preparando toda la vida para llegar aquí.

¿Qué te inspira?
La ciudad. Me inspiran las capas del tiempo sobre los muros, las huellas humanas, los recorridos cotidianos, la arquitectura, los mapas, los grafitis, las grietas, la luz y la capacidad que tiene la vida de reconstruirse constantemente. También me inspira la naturaleza, el mar, los viajes y las personas que se atreven a reinventarse.

¿Quiénes son tus referentes?
Admiro la libertad de Gerhard Richter, la dimensión espiritual de Kandinsky, el lenguaje urbano de Banksy y la forma en que Aby Warburg entendía las conexiones entre memoria, imágenes e historia.

“También me inspira profundamente Joaquín Sorolla, por su extraordinario trabajo con la luz y la sombra, y por la sensibilidad con que retrató a su familia y los momentos cotidianos de la vida”.

¿A qué artista te hubiera gustado conocer y por qué?
A Frida Kahlo. Porque transformó su historia personal en un lenguaje universal. Me conmueve su capacidad para convertir la vulnerabilidad en fuerza, el dolor en creación y la experiencia humana en una obra profundamente honesta.

¿Qué heredaste de tus papás?
Mis papás me heredaron mucho más que una historia familiar; me heredaron una manera de estar en el mundo. De ellos recibí la espiritualidad, la pasión por la vida, el amor, el respeto por los demás, la empatía, la amabilidad y la capacidad de asombro. Me enseñaron que la familia es un eje fundamental y que los vínculos son uno de los mayores tesoros que tenemos. Me enseñaron a comprometerme con las personas, con los proyectos y con la vida misma.

¿Cómo describirías este momento de la vida?
Como un despertar. Después de haber vivido muchas etapas distintas —el mar, la gastronomía, el emprendimiento, la maternidad y ahora el arte— siento que estoy entrando en una etapa de expansión, creación y propósito. Es la sensación de haber vivido varias vidas en una sola. Un momento intenso, desafiante, lleno de gratitud y profundamente vivo.

¿Qué has aprendido en este proceso?
Que nunca es tarde para empezar. Que la experiencia nunca se pierde, solo cambia de forma. Que los caminos aparentemente inconexos terminan encontrándose. Y que muchas veces aquello que parece una ruptura termina convirtiéndose en el inicio de algo mucho más grande de lo que imaginábamos. Todo deja huella.

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@maca_rencoret