Raúl Cuello: Arte honesto

Su vida ha estado marcada por su estadía en el desierto de Atacama, su periplo por París y la construcción de su casa-taller en el cajón del Maipo, donde vive y trabaja desde hace 25 años. Por estos días prepara una exposición en el Museo Rally que se llamará Ensueños y que reflejará su universo creativo y poético a través de figuras abstractas y figurativas. “No pretendo nada extraordinario, tampoco premios nacionales, yo trabajo y voy a morir trabajando”.

Por Macarena Ríos R./ fotografía gentileza artista

Nació en Illapel, entre casas de adobe y cielos a tajo abierto. Ahí, en los días de invierno sus manos entumecidas por el frío encontraron en la arcilla —la greda de los alrededores— un tesoro incalculable con el que modelaba una y otra vez los que serían sus juguetes favoritos. Junto a sus compañeros de juegos contemplaba esas figuras secarse lentamente, descubriendo en ese proceso elemental la esencia misma de la escultura: dar forma a lo que la imaginación proyecta.

Esa infancia marcada por la tierra, los ancianos sabios del campo y un paisaje de montañas y caballos serían, décadas más tarde, el núcleo poético de toda su obra.

Estudió Dibujo Publicitario, una formación técnica que le proporcionó disciplina visual y dominio del trazo, pero que no satisfacía su vocación más profunda. Autodidacta en lo escultórico durante sus primeros años, comenzó a trabajar con la figuración humana de los personajes del Norte Grande: las mujeres de trenzas negras, los mineros del salitre —pampinos, calicheros y pirquineros— cuyas vidas representaban una historia de esfuerzo colectivo que el país rara vez narraba en el arte.

Estuvo durante once años en el desierto de Atacama, conviviendo con esas comunidades y construyendo lo que él mismo denomina su «etapa testimonial»: un período en que la escultura fue fundamentalmente un acto de denuncia y memoria, un intento por contar las historias de quienes habían agotado su músculo para que la nación creciera. “Sigo amando a los atacameños, a esa gente de ojos oblicuos, de piel morena y manos de desierto”.

TÉCNICA MILENARIA

A mediados de los años ochenta partió a Francia, un viaje que transformaría su mirada artística. No solo le permitió «visualizar otra forma de enfrentar el arte y en particular la escultura», sino también sintetizar sentimientos y conceptos de manera más depurada, y comprender el oficio de crear como “una suerte de reflexión y amor por la vida”.

Estudió en los Beaux-Arts de París con el maestro Maxime Rips, e integró la Maison des Artistes de París, una comunidad profesional de artistas plásticos de Francia con todas las regalías que eso significaba: seguridad social, entrada gratuita a todos los museos de París, rebaja en materiales. “Fue una buena época”.

En Versalles, completó sus estudios de fundición a la cera perdida con el maestro Gilles de Kerversau. Esta técnica milenaria —que permite trasladar el modelado en cera a bronce permanente— se convertiría en su método de trabajo definitivo: una forma de garantizar que sus obras «vivan y me sobrevivan en el tiempo».

Pero Chile pesó más y volvió. “Para qué seguir echando de menos las empanadas caldúas y el pastel de choclo”.

“EL ARTE TIENE QUE FLUIR”

Admirador de las obras de Francisco Gazitúa y Mario Irarrázaval, y con exposiciones en Chile, Argentina y Francia, tiene una trayectoria de más de cuatro décadas en el circuito de artes visuales latinoamericano.

Después de años de itinerancia creativa, Cuello eligió El Manzano, una localidad del Cajón del Maipo, para construir su casa y su taller de fundición.  De eso ya 25 años. “El taller es mi vida, haciendo cera, haciendo moldes, machucándome los dedos cuando hay que cincelar. Esa es mi vida y no me la imagino de otra manera”.

Lejos del ruido citadino, el artista pasó de la denuncia social de su etapa nortina a una exploración más íntima: el ser humano en relación con la naturaleza, los temas de la memoria y el tiempo, las imágenes de lo invisible. Su compañera de vida y su hija son parte esencial de ese universo cotidiano que alimenta su trabajo.

“No me interesa hacer una escultura bonita, perfecta. Eso fue antes, pero no ahora. El arte no es anatomía y técnica, por lo menos para mí. ¿Dónde queda la creación? El arte tiene que ser más libre, tiene que fluir y no agarrotarlo con técnicas de anatomía”.

¿Qué es para usted ser artista?
Se dice y se cree que el artista es producto de galerías, exposiciones, reportajes, ventas más y ventas menos. Si bien esta gestión es importante porque permite realizar y sobrevivir, no determina el ser artista. Artista se es por talento, un talento que cristaliza a punta de esfuerzo, sudor, disciplina y, en muchos casos, privaciones.

¿Quiénes son sus referentes?
Antoine Bourdelle y Rodin. Y acá en Chile mi amigo Mario Irarrázaval y pare de contar.

¿Cómo definiría su obra?
Soy pésimo para analizar mi obra, quedaría la crema, pero si pudiera decir algo de ella es que es honesta.