Desde París hasta Normandía, la fotógrafa de Tell Magazine, Javiera Díaz de Valdés, recorrió uno de los lugares más sorprendentes de Francia. Una abadía milenaria levantada sobre un islote, entre callejuelas medievales, ovejas, historia, espiritualidad y vistas que cambian al ritmo de las mareas.
Texto por María Inés Manzo C. / fotografía Javiera Díaz de Valdés
Todavía era de noche cuando Javiera Díaz de Valdés salió desde el Barrio Latino de París para iniciar el viaje hacia Normandía. Había optado por un tour de un día, una alternativa intensa considerando que el trayecto desde la capital francesa toma varias horas. Mientras amanecía, el paisaje fue cambiando, pequeñas villas, antiguos pueblos franceses, casas de piedra, campos verdes y monumentos religiosos comenzaron a acompañar la ruta. Hasta que, a lo lejos, apareció aquella silueta inconfundible.
Contrario a lo que muchos imaginan, el Monte Saint-Michel no es un castillo. Declarado monumento histórico en 1862 y patrimonio de la humanidad de la Unesco desde 1979, su historia se remonta al año 708, cuando, según la tradición, el arcángel San Miguel se apareció en sueños al obispo Aubert y le pidió levantar un santuario en su honor.
UNIVERSO MEDIEVAL
Los vehículos turísticos no llegan hasta sus puertas. Desde el estacionamiento existen buses de acercamiento gratuitos y, luego, aparece el puente que conduce hacia el islote. Javiera decidió usar el transporte al llegar y hacer el regreso caminando, precisamente para disfrutar con calma de las perspectivas del monte.
“Cuando bajas y empiezas a caminar, emociona ver la abadía cada vez más cerca. Después, al regreso, quise hacerlo a pie porque quería esas vistas que uno siempre ve en las fotografías: el monte al fondo, los campos y las ovejas. Es parte de la magia del lugar”.
Atravesar sus murallas es entrar en un pequeño universo medieval. Una estrecha calle asciende entre construcciones de piedra, hoteles, restaurantes, museos y tiendas de recuerdos. “Son callecitas y pasajes con letreros colgando, hoteles pequeños, restaurantes y souvenirs. Es como meterse dentro de una película”, cuenta.
Muy cerca de la entrada se encuentra uno de los emblemas gastronómicos del Mont-Saint-Michel: La Mère Poulard, la histórica posada asociada a Annette Poulard y a su célebre omelette soufflée, preparada tradicionalmente al fuego de leña. La receta nació para alimentar rápidamente a los peregrinos que llegaban al monte y sigue siendo uno de sus grandes clásicos.
“La reconocí inmediatamente. Está prácticamente entrando y es muy llamativa, con su fachada y puerta roja. Es uno de esos lugares que has visto antes en redes sociales y cuando llegas dices: ‘¡Este es!’. Eso sí, ay tantos turistas que conviene reservar con tiempo, especialmente en temporada alta o si quieres almorzar a una hora determinada”, relata Javiera.
HACIA LA ABADÍA
El ascenso continúa entre escaleras, muros y detalles que obligan a mirar hacia arriba, incluidas las gárgolas que sobresalen de las antiguas construcciones. En medio del movimiento turístico, Javiera encontró uno de los espacios que más la conmovieron, la pequeña capilla dedicada al arcángel San Miguel.
“Está escondida entre las casas y es muy pequeña. Entré, encendí unas velas y compré un rosario de San Miguel. Ahí realmente se siente que estás en un lugar de oración, hay que guardar silencio. Para mí fue muy especial”.
Después comienza la verdadera subida. Escaleras y más escaleras conducen hasta la abadía, una extraordinaria superposición de construcciones desarrolladas durante siglos. No responde a un único estilo, pues su iglesia conserva importantes elementos románicos y góticos.
“Hay que ir con buenas zapatillas y agua, porque se sube muchísimo. Pero cuando llegas arriba aparecen unas vistas extraordinarias. Ves el puente, los campos, la bahía y toda la gente abajo caminando y tomando fotografías”, señala Javiera.
En la iglesia abacial, una maqueta permite comprender mejor cómo se organiza este complejo construido sobre la roca. “Cuando estás adentro cuesta dimensionarlo, porque todo es enorme. La maqueta te permite entender dónde está el pueblo, la iglesia, la capilla y cómo se distribuyen los espacios”.
LA RUEDA DE LOS PRISIONEROS
Uno de los momentos más bellos del recorrido llega con el claustro, un jardín central rodeado de esbeltas columnas, concebido históricamente como lugar de circulación, oración y meditación. “El claustro es precioso. Tienes un jardín en el centro y todas las columnas alrededor. La luz, la piedra, los pasillos… es maravilloso”, recuerda.
La visita continúa por cámaras, criptas, antiguos espacios monásticos y grandes salones de piedra. Entre ellos destaca la Sala de los Caballeros, antiguo espacio asociado al estudio de los monjes, con grandes columnas y bóvedas de crucería. “Las columnas son gigantes. A mí me impresionó cómo una construcción de esas dimensiones ha logrado resistir durante tantos siglos”.
El recorrido guarda también un capítulo inesperado. Durante la Revolución Francesa la vida monástica terminó y la abadía fue convertida en prisión. En 1818 se instaló una enorme rueda de madera, similar a una rueda de ardilla, accionada por prisioneros y utilizada para elevar alimentos y provisiones hasta el complejo.
“La rueda es enorme y me llamó inmediatamente la atención. Después supe que había sido accionada por prisioneros. Es impactante pensar que un lugar que nació como espacio religioso haya tenido también esa historia como cárcel”.
ARENAS MOVEDIZAS
Abajo, la postal parece irresistible. Decenas de visitantes e influencers caminan por la arena buscando la fotografía perfecta. Pero hay una advertencia fundamental: la bahía posee arenas movedizas, cauces inestables y mareas que pueden cambiar rápidamente. La recomendación oficial es realizar las travesías acompañado por guías certificados; existen excursiones específicas para conocer incluso el fenómeno de las arenas movedizas.
Al regresar, Javiera eligió caminar hacia el estacionamiento. Quería detenerse, mirar nuevamente el monte y fotografiar las ovejas que pastan frente a él. No son un detalle menor, los animales se alimentan en las praderas saladas que periódicamente cubre el mar y dan origen al tradicional agneau de pré-salé (cordero de praderas saladas), una especialidad de la zona.
Su recomendación es llegar temprano y, si es posible, dedicarle más que unas pocas horas, recorrer la abadía sin apuro, detenerse en sus jardines y salones, comer en alguno de sus restaurantes y esperar la luz del atardecer. También hay que considerar que dentro de los gruesos muros de piedra la señal de internet puede desaparecer.
“Es curioso porque estás en uno de los lugares más fotografiados e instagrameables del mundo y, de pronto, no tienes señal. Al principio desespera, porque estamos acostumbrados a estar conectados, pero después entiendes que también tiene algo especial. Es un lugar para mirar, caminar, quedarse en silencio y conectarse con lo que tienes enfrente”.
Quizás allí esté parte del encanto del Monte Saint-Michel. Más allá de la fotografía perfecta, de las redes sociales y de su fama mundial, sigue existiendo algo difícil de capturar en una pantalla, la sensación de estar suspendido entre el cielo y el mar, en un lugar construido hace siglos.





















