En su tercer viaje a India, y durante casi tres semanas, el fotógrafo de naturaleza Daniel Sziklai se sumergió en su versión más indómita. Desde la altura del Himalaya, en busca del esquivo Monal, hasta los bosques secos de Ranthambore, siguiendo el rastro del tigre de Bengala, pasando por los humedales de Keoladeo y la selva del sur en Thattekad, el viaje fue un sumergimiento constante en territorios donde lo agreste define el ritmo. “Lo que más me marcó fue la intensidad del viaje y esa conexión profunda con lo salvaje. Fueron semanas en las que prácticamente no dormimos. Hicimos más de 100 mil fotografías y registramos más de 300 especies de aves, pero más allá de los números, lo verdaderamente importante fue la experiencia de inmersión total en la naturaleza”.
Texto y fotografías: Daniel Sziklai. Edición: Macarena Ríos R.
“El trayecto hacia los Himalayas fue, en sí mismo, una experiencia profundamente reveladora. Llegar a Sattal desde Nueva Delhi implicó más de diez horas de viaje por caminos estrechos y congestionados, atravesando lugares vibrantes como Karnaprayag, una ciudad fascinante donde ocurre una de las confluencias sagradas del río Alaknanda. El lugar estaba colmado de gente, con construcciones que parecían superponerse unas sobre otras, pero siempre manteniendo esa estética tan característica de formas y colores.
Al llegar a Sattal, después de ese viaje tan intenso, el contraste fue inmediato. Nos encontramos con un entorno mucho más calmo, rodeado de lagos, bosques densos y una vegetación abundante. Allí conocimos a Rahul Sharma, un fotógrafo excepcional que ha registrado más de 6.000 especies de aves alrededor del mundo. Su mirada y experiencia fueron clave para empezar a leer el paisaje de otra forma, entendiendo que cada sonido, cada movimiento, podía anticipar un encuentro.
Tras un par de días en Sattal, continuamos ascendiendo hacia los Himalayas con un objetivo claro: fotografiar al Monal. Antes de llegar a Chopta, hicimos base en Mandal, un pequeño pueblo con infraestructura muy limitada. El alojamiento era precario, ventanas sin vidrio, baños sin ducha, pero, paradójicamente, fue donde probamos la mejor comida del viaje. Una grata mezcla de incomodidad y hospitalidad.
El encuentro con el Monal fue uno de los momentos más potentes de todo el viaje. No solo por el ave en sí, sino por todo lo que implicó llegar hasta ese punto: la exigencia física, la altura, el frío, la caminata en la oscuridad cargando el equipo a más de tres mil metros de altura hasta alcanzar el templo Tungnath y la espera en silencio. Todo eso construyó el contexto para un encuentro que, cuando finalmente ocurrió, se sintió casi irreal.
El amanecer fue uno de los momentos más memorables: la luz comenzó a tocar primero las cumbres, muchas de ellas sobre los 7.500 metros, y luego descendió lentamente hacia el valle, revelando el paisaje de forma progresiva. Fue en ese escenario donde aparecieron los monales, con una presencia absoluta.
El Monal es un ave extraordinaria, símbolo de los Himalayas y ave nacional de Nepal. Ver al macho en su hábitat es impactante: sus colores tornasolados parecen imposibles, con reflejos metálicos y una cresta verde que le da una identidad muy marcada.
Es un ave tímida, esquiva, siempre alerta. Eso hace que cada aparición sea breve y que cada segundo cuente. La hembra, más abundante en la zona, es completamente distinta: mucho más discreta, con un plumaje que privilegia el camuflaje por sobre el despliegue visual.
TIGRES EN RANTHAMBORE
En el Parque Nacional Ranthambore, la rutina giraba completamente en torno a los safaris. Nos movíamos en jeeps abiertos, dos fotógrafos por vehículo, junto a un chofer y un guía. Esa exposición directa al entorno intensifica todo: el frío de la mañana, el polvo, los sonidos del bosque, la espera. Cada salida no es solo una búsqueda fotográfica, es también una experiencia física completa, donde el cuerpo está completamente involucrado.
Fotografiar tigres en estado salvaje es, ante todo, un ejercicio de espera. Más que técnica, lo que define la experiencia es la capacidad de sostener la incertidumbre. En Ranthambore hicimos ocho safaris, muchas veces sin ver rastro alguno. Esa repetición, salir, buscar, no encontrar, va cambiando la lógica interna: uno deja de “perseguir” la imagen y empieza a habitar la espera.
Ahí la paciencia es observar, escuchar, aprender a leer pequeños indicios: un llamado de alarma de un blue bull, una huella fresca, un movimiento en la vegetación. En eso, los guías son fundamentales. No solo por su conocimiento del territorio, sino por su capacidad de interpretar lo que para uno es invisible. Ellos entienden patrones, reconocen zonas de tránsito, puntos de agua, comportamientos. Pero incluso con toda esa experiencia, no hay garantías.
Y eso introduce el otro factor clave: el azar. El tigre aparece, o no, independientemente de todo lo que uno haga. Puedes estar en el lugar correcto durante días y no verlo nunca. Pero cuando finalmente ocurre, entra en juego la intuición. No hay tiempo para pensar demasiado: son segundos donde tienes que decidir encuadre, exposición, distancia. Todo lo que acumulaste en horas de espera se condensa en un instante.
Muchas veces, el paisaje sostiene la fotografía cuando el sujeto no aparece. En Ranthambore, durante los días sin tigres, fueron las aves y el entorno los que mantuvieron viva nuestra atención. Eso también te obliga a soltar la obsesión por una especie y a abrirte a lo que el lugar ofrece. Ya no se trata solo de ver al tigre, sino de estar ahí, de observar lo que sí ocurre, las aves, ciervos, mangostas, los movimientos del bosque, la luz.
La primera vez que ves un tigre en libertad es difícil de describir. No es solo la imagen, es la conciencia de estar frente a un animal completamente autónomo, en su territorio, bajo sus propias reglas. Hay una mezcla de adrenalina, asombro y respeto que te atraviesa. Y quizás por eso mismo, porque es escaso y no controlable, cada encuentro tiene un peso enorme. No es solo una fotografía: es un momento que se construyó durante horas, o días, de búsqueda silenciosa.
Entonces, más que elegir entre imagen o experiencia, el viaje terminó mostrando que las mejores imágenes nacen justamente de una experiencia profunda. No de la búsqueda ansiosa, sino de la capacidad de estar presente, de sostener la espera y de reconocer ese instante único cuando finalmente sucede.
BHARAPTUR, KEOLADEO, EL HUMEDAL
El Parque Nacional Keoladeo, en Bharaptur, tiene una historia muy particular. Originalmente fue un coto de caza de los maharajás, donde se organizaban grandes jornadas de cacería de aves acuáticas. Con el tiempo, ese espacio se transformó en un santuario y hoy es uno de los humedales más importantes de la India, reconocido por su biodiversidad.
Pero más allá de su historia, lo que realmente sorprende es la experiencia en terreno. El paisaje es sencillamente extraordinario: una diversidad y abundancia de aves que, personalmente, nunca había visto antes. Hay una sensación constante de movimiento y vida. El tántalo indio, una cigüeña muy vistosa de colores anaranjados y rosados, llega aquí a reproducirse en grandes colonias, instalándose en árboles que crecen directamente en el agua. Sus vuelos son permanentes, cruzando el paisaje una y otra vez, aportando color y dinamismo a cada escena.
El parque se recorre por senderos, ya sea caminando o en rickshaw, lo que permite una inmersión muy directa con el entorno. Y en ese recorrido, lo inesperado es parte esencial: además de aves, aparecen tortugas, jabalíes, chacales, puede ser una hiena (no tuvimos la suerte) y en nuestro caso, incluso tuvimos el encuentro inesperado con una pitón de varios metros tomando sol, completamente ajena a nuestra presencia.
Nuestro objetivo principal era la Grulla sarus. La escuchamos varias veces a lo largo del día, pero sin lograr verla. Esa tensión entre oír y no ver fue constante, hasta que, cuando ya estábamos por retirarnos y habíamos soltado la expectativa, aparecieron en vuelo sobre nuestras cabezas.
Aquí la forma en que entra la luz, la neblina de la mañana, la humedad suspendida en el aire, crean una atmósfera única, difícil de replicar en otros lugares. Es un entorno que no solo se observa, sino que se siente.
CUANDO EL TIEMPO ES RELATIVO
La última parte del viaje nos llevó al sur de India, a Thattekad, un mundo completamente distinto: más húmedo, más denso, con una biodiversidad increíble. Ahí nos encontramos con especies fascinantes como los podárgidos (frogmouths), aves nocturnas muy particulares, con un pico ancho que recuerda al de un sapo, perfectamente adaptadas al camuflaje y que solo habitan en esta parte del mundo. También fue un lugar donde pudimos trabajar intensamente con búhos, un grupo que personalmente me atrae mucho, en jornadas largas que comenzaban muy temprano y terminaban cerca de la medianoche. En ese ritmo, también aparecieron algunos encuentros inesperados, como monos nocturnos, una de las ardillas más grandes del planeta y el Indian Paradise Flycatcher.
Hay mucho tiempo de espera: en aeropuertos, en carreteras, en safaris donde no ocurre lo que uno espera. Pero ese “tiempo vacío” en realidad no lo es. Es ahí donde empieza a cambiar la percepción, donde uno se adapta al ritmo del lugar.
En ese sentido, el tiempo no es solo un recurso, es parte del proceso. Sin ese tiempo acumulado, las experiencias no tendrían el mismo peso.
La naturaleza y en particular su fauna fueron protagonistas absolutos. Cada lugar tenía su propio pulso: la riqueza infinita de aves en Keoladeo, la épica de los Himalayas con el Monal, o los instantes sin aliento que nos dejó el tigre de Bengala. Más que momentos puntuales, fue esa relación constante con lo natural, la observación, la espera, la incertidumbre, lo que le dio sentido a todo el viaje.
India es un país de contrastes permanentes. El caos urbano, intenso y vibrante, convive con espacios donde el tiempo parece detenerse.
Aquí no todo se puede controlar. Venía con la intención de construir imágenes, pero muchas veces lo más significativo ocurrió fuera de cualquier planificación. Eso transforma la forma de fotografiar: te vuelve más atento, más flexible y más abierto a lo que realmente está ocurriendo frente a ti.
Fue un viaje exigente, por momentos incómodo, pero profundamente enriquecedor. India no es un destino que simplemente se visita; es una experiencia que te atraviesa y que sigue resonando mucho después de haber vuelto”.





















