A lo largo de los años, esta ingeniera industrial y artista visual, ha construido una obra abstracta contemporánea donde la estructura dialoga con la emoción. En un mundo donde el vértigo no da tregua, su pintura propone una experiencia de pausa, equilibrio y contemplación. “No me interesa que la pintura grite, sino que sienta”.
Por Macarena Ríos R./ fotografías Javiera Díaz de Valdés
A un costado del Santuario de Schoensttat, rodeado por un bosque de pinos que parecen empujar el cielo hacia arriba, está el taller que Paulina comparte con otras artistas. Los amplios ventanales dejan ver el mar a lo lejos y la doble altura permite recorrer sus obras de un solo golpe de vista.
“Ser artista es una forma de vivir y de mirar, es estar atenta, observar y escuchar lo que pasa dentro y fuera de mí. No se trata solo de pintar, sino de sostener una búsqueda en el tiempo, aceptar los cambios y ser fiel y auténtica a una sensibilidad propia”, dice, como una declaración de intenciones.
Nacida en Santiago y radicada hace cuatro años en Viña del Mar, el arte llegó temprano a su vida, en la infancia, entre dibujos y manualidades. La ingeniería vino después. O al mismo tiempo. Como un camino paralelo que nunca desplazó a la pintura, sino que le dio otra forma de ordenarse. Pasó por la cerámica, el óleo, los bodegones, la figuración abstracta. Hasta que el acrílico se volvió el lenguaje principal: sobrio “y profundamente introspectivo”.
No fue una decisión estética aislada, sino el reflejo de un proceso vital. “Apareció la calma, el silencio, la pausa y la observación. Hoy mi pintura refleja ese recorrido: menos elementos y menos colores que contienen más sentido”, explica.
¿Cómo ha sido la evolución de tu trabajo a lo largo de los años?
Ha sido de una transformación constante; mi evolución personal y pictórica han ido de la mano. Aunque comencé con una pintura más descriptiva y expresiva, con los años fui aprendiendo a filtrar, a escuchar y a confiar en mi interior. Ser artista implica aceptar ese movimiento, entender que cada etapa tiene un sentido y que el trabajo no es solo producir obras, sino sostenerlas en el tiempo con un sello propio y lograr transmitir lo que sientes.
Con exposiciones en galerías dentro y fuera de Chile y una paleta sobria y acotada, la artista trabaja con capas y veladuras que dejan ver el recorrido de la obra, como si el proceso no quisiera borrarse del todo. “Exhibo una pintura contenida, silenciosa, serena y estructurada”, dice, “con la intención de generar paz y pausa”.
CONECTAR CON LA EMOCIÓN
Estudiar ingeniería influyó profundamente en su manera de mirar y construir sus obras. “Me dio estructura y método y la pintura: libertad y emoción. Ambos conviven en cada cuadro que hago, gracias a esto existe en ellos un orden tranquilo que sostiene mi obra”.
¿Qué te inspira?
Me inspiran los estados, más que las imágenes, me inspira el orden después del caos, las emociones contenidas que aparecen en el cuadro como capas superpuestas. Pinto desde la observación interior, dejo que la obra se vaya construyendo lentamente, sin apuro, donde el equilibrio (como en la vida misma) juega un rol muy importante.
El proceso suele comenzar con la tela húmeda y un color oscuro que genera profundidad. Luego viene el caos inicial —manchas, tonos, accidentes— y, a partir de ahí, un trabajo consciente de selección, veladuras y líneas que ordenan el espacio y dan origen a formas geométricas.
El acrílico —diluido o espeso— convive con papel, tela, pasta, pastel seco o tintas. Nada sobra. Todo responde a la búsqueda de equilibrio.
Paulina admira a los artistas que trabajan desde la pausa, a los artistas que confían en el tiempo y en el silencio. Aquellos que entienden que una obra no es solo un objeto decorativo, sino una forma de expresar los sentimientos. “Mi mayor desafío ha sido confiar en mi propio proceso: aceptar los cambios, soltar etapas más expresivas y coloridas y permitirme una obra más silenciosa, sin necesidad de justificarla. Aprender a escucharme y transmitir lo que siento y vivo hoy, a través de cada pincelada. Confiar en mis tiempos, en mis cambios, sin apurarme, ni forzar una dirección”.
¿Qué mensaje quieres entregar en tus obras?
Una experiencia de contemplación, una posibilidad de detenerse, habitar la obra y conectar con una emoción propia. En un mundo tan acelerado, me interesa ofrecer un espacio donde el silencio y el tiempo tengan mayor valor.
Si tuvieras que definir tu obra en una sola frase, ¿cuál sería?
“Comunicación entre la estructura y la emoción”. Cuando hablo de este diálogo, me refiero a que necesito un cierto orden para poder soltarme. La estructura me da un piso y desde ahí aparece la emoción, de manera tranquila, sin exagerar; no me interesa que la pintura grite, sino que se sienta.
Una definición que no solo describe su pintura, sino también su manera de habitar el arte y la vida.








