Jardín Mediterráneo: Paisaje emocional

Lo que comenzó como una venta de semillas en pandemia terminó convirtiéndose en Jardín Mediterráneo, un proyecto paisajístico donde Alice Zirpel —ingeniera comercial y experta en plantas— combina sensibilidad estética, observación de la naturaleza y la convicción de que un jardín puede cambiar la manera en que vivimos el paisaje, donde plantar también es una forma de encuentro.

Por Macarena Ríos R./ Fotografías Javiera Díaz de Valdés

 Hay personas que llegan al mundo de las plantas por estudio. Otras, por oficio. Alice Zirpel llegó por memoria. La memoria de una infancia en Reñaca, cuando Reñaca todavía era campo. Cuando los caminos eran de tierra y el paisaje no estaba fragmentado por edificios sino por parcelas, grandes jardines y árboles que crecían sin pedir permiso. Había un bosque al lado de su casa. Había cerros. Había una madre paisajista que los llevaba —a ella y a sus hermanos— a caminar entre arbustos y quebradas los fines de semana.

Había también veranos de camping en el sur: el verde profundo, los lagos, la sensación de que la naturaleza era una casa más grande.

Muchos años después, cuando Alice ya era ingeniera comercial y llevaba dos décadas trabajando en el mundo corporativo, entendió que todo aquello había dejado algo sembrado.

Una semilla tarda lo que tiene que tardar. A veces décadas.

EL VIVERO

Bajo el sol estival, los arbustos, herbáceas y árboles que viven en el Jardín Mediterráneo conviven en perfecta armonía con los polinizadores. Mariposas, abejas y picaflores revolotean en un espacio vivo que respira, florece y está en cambio permanente entre plantas anuales y perennes, nativas y exóticas. “El paisajismo naturalista invita a reconocer el paso de las estaciones y habitar la biodiversidad”, comenta la experta en plantas mientras recorremos el vivero. Aquí, con el cerro La Campanita como telón de fondo y cuatro invernaderos, Alice creó un mundo propio.

La idea del vivero nació en un tiempo extraño: la pandemia. Mientras el planeta se cerraba hacia adentro, Alice empezó a vender semillas de flores a través de las redes sociales. Eran semillas para jardines domésticos, pequeñas promesas de color para patios que, de pronto, se habían vuelto el único horizonte posible.

La idea venía de lejos, de un paisajista inglés que trabajaba con praderas de flores. A Alice le encantaba ese concepto: sembrar y esperar.

Pero vender semillas no era suficiente. Había que vivir la experiencia completa. Así que ella también sembró. En un terreno grande en Quillota —mil quinientos metros cuadrados— trazó una especie de escultura vegetal. Junto a su madre paisajista sembró amapolas, gallardineas, flores silvestres. “Eso creo que fue el puntapié inicial para acercarme al mundo del paisajismo”.

Antes de embarcarse de lleno en su proyecto, recorrió viveros, buscó asesoría, preguntó, observó. Sembró relaciones como había sembrado flores. Y aquí la metáfora es inevitable: uno siembra, después cosecha.

¿Qué es para ti trabajar con la naturaleza?
Ha sido una fuente de expansión muy grande, un regalo, una relación generosa que me llena el alma. Por primera vez siento que mi sensibilidad está muy en sintonía con la naturaleza y eso me hace sentir libre.

 LABORATORIO DE PAISAJE

Dice que un jardín es un lugar de encuentro. Dice que cuando lo imagina no piensa primero en las plantas, sino en los momentos que ocurrirán ahí: una conversación bajo un árbol, un rincón donde alguien se sentará a leer, un aroma que aparecerá al final de la tarde.

El nombre del vivero no es casual. Chile pertenece a una de las cinco zonas mediterráneas del planeta. Las otras están en California, Sudáfrica, Australia y la cuenca del Mediterráneo. Eso significa veranos secos, inviernos suaves, una vegetación acostumbrada a sobrevivir con poca agua.

Durante años, muchos jardines chilenos ignoraron esa realidad: prados verdes que exigían riego permanente, especies traídas de climas que nada tenían que ver con este paisaje.

Alice prefiere otra lógica. “La naturaleza es la gran maestra”, dice. “Cada vez que los paisajistas se enfrentan a un proyecto, la idea es que incorporen lo que tienen a su alrededor, que los jardines tengan algo que ver con el entorno en los que están desplazados”.

En Jardín Mediterráneo observan cómo se comportan las plantas, cómo resisten el calor, qué especies se adaptan mejor. Ella lo llama su laboratorio de paisaje. Un lugar donde las decisiones se toman mirando.

La jardinería tiene algo que el mundo empresarial rara vez permite: lentitud. Y una buena dosis de paciencia. Las plantas crecen a su ritmo. Florecen cuando pueden y, a veces, también fracasan. Alice lo aprendió rápido. Manejar un vivero implica riego, fertilización, plagas, estaciones, suelos. Implica trabajar con seres vivos que no responden a cronogramas. “Ha sido un aprendizaje constante”.

¿Cómo defines la filosofía de Jardín Mediterráneo?
A mí me gusta mucho una frase que nos representa: “nosotros propagamos belleza y cultivamos experiencias de naturaleza”. Esa es el alma de nuestro proyecto. No solo vendemos flores, sino que generamos emociones, sensaciones, encuentros y confianza. La posibilidad de plantar tú misma.

EXPERIENCIA DE NATURALEZA

 Hay plantas que Alice nombra con cariño. Las salvias, por ejemplo. Le gustan por su diversidad: algunas florecen en invierno, otras en verano, otras en primavera. Cambian de color, de aroma, de forma. También las escabiosas. Plantas generosas, dice. De esas que piden poco y dan mucho. Cuando habla de ellas, uno entiende que su jardín no es un catálogo botánico, sino que un verdadero paisaje emocional.

¿Quiénes son tus referentes?
Mis referentes en el mundo viverista son el Jardín Sec de Olivier Filippi en Francia, el vivero Cultidelta en España y Ximena Nazal en Chile, productores de plantas mediterráneas cuya filosofía prioriza la adaptación de las plantas al lugar donde se establecerán y el desarrollo de raíces sanas y vigorosas, por sobre la presentación estética al momento de la venta.

“Desde el paisajismo, mis fuentes de inspiración son diversas y cada una aporta un sello propio: las praderas floridas de Nigel Dunnett, los jardines “pintados” de Piet Oudolf, el uso de gramíneas y flores de Cassian Schmidt y la sólida estructura mediterránea que logra Miguel Urquijo”.

¿Y acá en Chile?
Me inspira el trabajo de Juan Grimm, maestro en interpretar la naturaleza; la sensibilidad de Teresa Moller; la atmósfera particular de los jardines de Nicolás Sánchez; y la mirada innovadora y silvestre que proponen Macarena Calvo y Cristóbal Elgueta, especialmente en espacios públicos. En conjunto, todos ellos reflejan la riqueza y diversidad del paisajismo contemporáneo.

“Uno de los grandes lujos que he tenido en este trabajo ha sido la posibilidad de recorrer Chile en rutas botánicas a los rincones más increíbles: la desembocadura del Limarí, San Pedro de Atacama, Tierra del Fuego, Aysén. Ahí vuelves a mirar de otra manera y ese ojo se impregna de una experiencia de naturaleza que es lo que queremos replicar acá”.

¿Qué no puede faltar en un jardín?
Ojos que miren, que recorran el jardín, que noten cuándo una planta necesita agua o cuándo otra está floreciendo por primera vez. Ojos que aprendan a reconocer ese pequeño universo.

El jardín experimental de Jardín Mediterráneo —dice Alice— no es perfecto. Ha crecido a pulso, entre aciertos y errores, como casi todo lo que vale la pena. Y quizá ahí está la lección.

Porque plantar, en el fondo, es un gesto sencillo y obstinado: abrir la tierra, dejar algo adentro, confiar. Las semillas, después, harán lo suyo. A veces tardan.

Pero siempre saben cuándo es el momento de florecer.

 

SEMINARIO PAISAJE Y ARTE EN DIÁLOGO
A fines de marzo, Jardín Mediterráneo será el epicentro de un maravilloso encuentro con grandes referentes nacionales: la arquitecta Cazú Zegers, los paisajistas Juan Grimm y Teresa Moller y el escultor Fernando Gacitúa. Una idea que germinó durante sus viajes botánicos con el propósito de vincular arte, arquitectura y paisaje.