El mito del éxito inmediato

Alejandra Mustakis, emprendedora y empresaria chilena.

Cuando vemos el éxito de otros desde afuera, muchas veces cometemos el error de quedarnos con la foto final: una empresa que funciona, un libro que vende millones de ejemplares, una innovación que cambia una industria o una carrera profesional que parece impecable. Lo que no vemos son los cientos o miles de intentos que hubo antes.

Y quizás ahí está una de las mayores distorsiones de nuestra época. Hemos empezado a creer que el éxito ocurre rápido, cuando la realidad muestra exactamente lo contrario.

La mayoría de las personas sobreestima la tasa de éxito de quienes admira y subestima la cantidad de intentos que hubo detrás. Los ejemplos abundan. James Dyson construyó 5.126 prototipos antes de desarrollar la aspiradora que transformó su industria. SpaceX sufrió tres lanzamientos fallidos consecutivos antes de lograr poner en órbita su primer cohete Falcon 1 en 2008. Un cuarto fracaso probablemente habría significado el cierre de la compañía.

En el deporte ocurre algo parecido. Babe Ruth, considerado uno de los mejores bateadores de la historia del béisbol, conectó 714 jonrones en 8.399 turnos al bate. Michael Jordan, a quien muchos consideran el mejor jugador de básquetbol de todos los tiempos, falló más de 9.000 tiros y perdió cerca de 300 partidos durante su carrera profesional.

Lo interesante es que ninguno de estos casos se recuerda por la cantidad de veces que fallaron. Se recuerdan por lo que construyeron después de esos intentos.

Incluso algunas de las historias más conocidas del emprendimiento siguen la misma lógica. Airbnb fue rechazada por numerosos inversionistas antes de convertirse en una de las startups más valiosas del mundo. J.K. Rowling recibió múltiples rechazos editoriales antes de publicar Harry Potter. Steven Spielberg fue rechazado varias veces por la escuela de cine de la Universidad del Sur de California antes de transformarse en uno de los directores más exitosos de la historia.

Lo que tienen en común estas historias no es el talento extraordinario ni una capacidad mágica para acertar. Es algo mucho más simple: persistieron lo suficiente como para aprender de cada intento.

Por eso me gusta tanto la historia detrás del nombre del WD-40. Sus creadores tuvieron que realizar cuarenta intentos antes de dar con la fórmula correcta. En lugar de ocultar esos fracasos, decidieron convertirlos en parte de la marca. El nombre recuerda que las respuestas que buscamos rara vez aparecen en el primer intento.

Sin embargo, seguimos viviendo bajo la ilusión del éxito inmediato. Las redes sociales nos muestran resultados, no procesos. Vemos el lanzamiento, pero no los años de trabajo previos. Vemos la empresa consolidada, pero no los proyectos que no funcionaron. Vemos el reconocimiento, pero no las veces que alguien escuchó un «no». Quizás por eso necesitamos cambiar nuestra relación con el error. No entenderlo como un desvío, sino como parte del recorrido. No como evidencia de incapacidad, sino como información valiosa para avanzar.

Porque al final, lo que diferencia a quienes llegan no es una menor cantidad de caídas. Es la capacidad de seguir intentándolo cuando todavía no aparece el resultado. Y en un mundo obsesionado con la velocidad, la perseverancia puede ser una de las ventajas competitivas más subestimadas de todas.