Carolina Ezquer: Un mar de bienestar

bióloga marina

A través de la oceanoterapia, un término que ella misma acuñó, esta educadora ambiental y divulgadora científica, trabaja incansablemente por visibilizar los tremendos beneficios que tiene en nuestra salud el interactuar con el entorno marino. A través de Talassana, un emprendimiento social que conjuga su pasión y propósito, busca cambiar la vida de las personas y enseñarles las bondades que tiene el borde costero. “Nuestra misión es valorizar los espacios de playa y entregar un lugar de bienestar a personas que lo necesitan”.

Por Macarena Ríos R. /Fotografías Javiera Díaz de Valdés y gentileza Talassana.

Estar en contacto con el mar, la arena y la brisa marina se ha transformado en su hábitat. Independiente, creativa y vegana, nació en Argentina; luego de una breve estadía en Paraguay llegó a vivir a Chile. Tenía once años y el sueño de salvar el mundo. “El primer desafío de encontrarme fue saber qué estudiar”. Y aunque le gustaban mucho los animales y la naturaleza, su gran potencial y excelencia académica la hacían destacar en todo, “menos en historia”, comenta riendo. Una profesora suplente que

llegó durante su último año escolar la hizo reflexionar. Era bióloga marina y le mostró un mundo desconocido para ella. Investigó el campo y la malla curricular y se dio cuenta de que en Chile había muy poco campo para esa carrera, así que decidió tomarse un año sabático y partió a reforzar su inglés a San Francisco.

Uno de los hitos que la hizo repensar su futuro fue un viaje a Chañaral con su familia. “Mi papá me regaló una experiencia de buceo, tienes que probarlo porque te va a encantar, me dijo. La experiencia fue increíble. Algo que me fascina del mar es que encuentras vida enseguida. Y no solo al meter la cabeza en el agua, sino cuando te internas por las rocas con la marea baja puedes ver cangrejos, caracoles, estrellas, soles de mar, gusanos, algas, de todo”.

Fue justamente ese mundo el que la cautivó y que la sigue cautivando hasta el día de hoy. “Es como estar en otra dimensión, la gente no se imagina todo lo que existe bajo el mar”.

El buceo, el año sabático y el encuentro fortuito con la profesora se conjugaron en la decisión de optar por la carrera de Biología Marina de la Universidad Católica. “No puedo ser tan mediocre de rendirme antes de comenzar a estudiar. Si soy bióloga marina, voy a ser la mejor y voy a encontrar trabajo. Tengo que hacer lo que a mí me gusta”, se dijo a sí misma.

“Como soy tan poco convencional, no me gustaba la investigación propiamente tal, primero, porque tengo un conflicto muy grande con el hecho de manipular vida e intervenir seres vivos; aunque fuera el experimento más inocuo, no me gustaba la idea de ir a interrumpir ese hábitat. Se sabe mucho a nivel científico sobre el océano pero que la gente no sabe. Muchos piensan que la mayor producción de oxígeno proviene de los árboles, cuando, en realidad, casi el cincuenta por ciento proviene del mar”. Al ser animales terrestres, es mucho más fácil y accesible observar nuestro entorno en la tierra, que los fenómenos en el mar”.

UN CAMINO DE PROPÓSITO

Cuando se dio cuenta del desconocimiento de todo ese ecosistema que había, se decidió por el área de divulgación de ciencias. Justamente en lo que trabaja ahora y que se ha transformado en su propósito. Primero, con su pretesis universitaria que se enfocó en cuentacuentos para niños y en la percepción que esas historias acerca del mar, contadas de manera lúdica, tenían en ellos; luego, con su primer emprendimiento llamado Exploradores Marinos, un proyecto que nació en pandemia con talleres virtuales “donde trabajábamos la educación en medios marinos con niños usando la narrativa y el juego, que son herramientas que facilitan el aprendizaje”; y más tarde con Talassana junto a Mayra Figueroa y Carolina Zenteno, gracias al apoyo de CORFO. “Queríamos evidenciar el poder de la oceanoterapia, poder contarle a la gente sobre las ciencias del mar y cómo estábamos impactando esos sistemas sin saberlo”.

¿Cuándo fue la primera vez que escuchaste el término oceanoterapia?
Cuando lo inventamos, porque en realidad no existe. Lo acuñamos nosotras, la diferencia con lo que sí existe, y que aprovecha el mar como espacio terapéutico, es que nosotras utilizamos todo el borde costero, la playa, las rocas, las conchitas, el sonido, el olor, las algas, las aves; todo lo que encontramos acá lo hacemos parte del proceso terapéutico de las personas. Esa es la gran diferencia con otras terapias marinas en las que el usuario se tiene que meter al agua: nado, surf adaptado y otras. Hay términos parecidos, como la talasoterapia, pero no había nada más.

“Con Mayra, mi socia, tomamos toda la evidencia científica existente de cómo el océano y el hecho de estar en presencia de este espacio marino tiene efectos en nuestra salud de forma inmediata y a largo plazo, como por ejemplo, la disminución de nuestra presión arterial y el aumento de nuestra producción de endorfinas, lo que provoca una sensación de bienestar instantánea. Hay un paper muy interesante de la Universidad de Glasgow que lo avala”.

“A diferencia de los efectos de la naturaleza terrestre en los humanos, recién se está estudiando cómo afectan los espacios marinos en nuestra salud. Te diría que esto empieza a tomar fuerza hace unos diez años como línea investigativa”.

“Estamos generando alianzas con académicos para entender y estudiar, los efectos de la oceanoterapia e ir acumulando evidencia científica acerca de los tremendos beneficios que aporta. “No puede ser que el valor y el recurso que tienen las playas se pierda porque la gente no sabe el impacto positivo que puede tener en su salud”.

¿Qué ha cambiado en ti durante todo este tiempo?
Muchas cosas. Me he convertido en una persona muy resiliente, porque emprender no es fácil. Ha sido un camino largo y desafiante que he ido construyendo en torno a mi propósito. Como todavía no puedo vivir de esto, soy profesora en una escuela libre en Puchuncaví y estoy desarrollando un juego de mesa que tiene que ver con el mar.

La Caro, como le gusta que la llamen, hace una pausa y mira el mar. “Me siento plena, creo mucho en este proyecto de la oceanoterapia, porque no es para mí y eso es justamente lo que me hace sentido al seguir trabajando en esto, eso es lo bonito: apuntamos a mejorar la salud y la educación de las personas, sobre todo en los grupos más vulnerables, además de poner en valor estos espacios naturales que están siendo subutilizados”.

Comenta que, para seguir adelante, el financiamiento es vital y que la ayuda de CORFO les permitió idear e implementar un primer piloto con resultados muy positivos que realizaron con niños y niñas neurodivergentes (que están dentro del espectro autista) y sus familias. “Algunos aumentaron su vocabulario y comenzaron a comunicarse más, otros mejoraron sus habilidades sociales. Fue muy motivante no solo para los padres, sino también para el equipo y para todos quienes vivimos la experiencia”.

Ahí, frente a las olas y la brisa marina, realizaron distintas actividades de exploración sensorial, motricidad e interacción social, junto a diversos profesionales como sicólogos y terapeutas ocupacionales, en un contexto de juego donde los niños eran los “guardianes de Oceanópolis” que iban a realizar misiones a la playa. “Más que terapia, los niños iban a jugar a este espacio natural, fomentando la inclusión”.

Con el tiempo se dieron cuenta de que los beneficios de la oceanoterapia eran extrapolables a más personas. Y comenzaron a trabajar con adultos mayores que no frecuentaban estos espacios. Primero hicieron un piloto con la municipalidad de El Quisco y, más tarde, con el Hogar de Cristo, con personas en situación de calle, “que también resultó increíble, con ellos trabajamos la motricidad, la parte cognitiva de la memoria y los recuerdos”.

“Actualmente estamos tocando las puertas de privados en la búsqueda de empresas que comulguen con nuestro propósito, enfocado al área social y de conservación. Buscamos financiamiento para poder replicar este programa a lo largo de toda la costa por sus increíbles beneficios”.

 

Talassana es un emprendimiento social liderado por dos biólogas marinas que ofrecen una terapia complementaria, basada en evidencia científica, en la cual utilizan el ambiente marino para promover el bienestar mental, físico, emocional y social de las personas. Ayuda a reducir el estrés, mejorar el ánimo, fortalecer el sistema inmunológico y estimular la relajación.

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