Durante décadas formamos profesionales para un mundo predecible, donde el éxito estaba asociado a seguir bien un manual y el error era algo que debía evitarse. Hoy ese mundo ya no existe. Las reglas cambian, los modelos se agotan y los desafíos económicos, sociales y ambientales exigen respuestas que todavía no conocemos. En ese contexto, no equivocarse no es una virtud: es una ilusión.
¿Cómo podemos medir una trayectoria profesional? ¿Valen únicamente los resultados académicos o es necesario añadir otros factores? ¿En este nuevo mundo de cambios nos quedamos cojos con los parámetros de antes? Son preguntas que es necesario hacernos considerando que este 5 de enero, los 259 mil jóvenes que rindieron la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES) conocieron sus puntajes y optaron a las más de 2.000 carreras o programas de estudios disponibles en todo el país. Estoy segura de que una buena parte de ellos, y también sus familias, están viviendo un momento crucial para su futuro laboral.
Y aunque efectivamente los resultados de la PAES son importantes, no son suficientes para definir una trayectoria profesional y representan tan sólo una parte de nuestro potencial. Hay algo mucho más fundamental que nos va a acompañar en cualquier cosa que elijamos hacer. Me refiero al músculo emprendedor, ese que no tiene que ver sólo con crear empresas, sino con una forma de ejercer cualquier oficio o profesión: leer el entorno, tomar decisiones incompletas, probar, equivocarse, aprender y volver a intentar.
Esta habilidad de saber cómo actuar cuando no hay certezas se repite en casi todas las trayectorias emprendedoras y también en muchas profesiones, pero rara vez se enseña en la universidad: No aparece en los programas académicos, no se evalúa con pruebas y, sin embargo, es uno de los músculos más determinantes para enfrentar el futuro.
El problema es que seguimos castigando el error. En la educación, en las empresas y en la cultura en general, fallar sigue siendo leído como un resultado no esperado, cuando en realidad es una de las principales fuentes de aprendizaje. El músculo emprendedor se atrofia precisamente cuando dejamos de probar por miedo a fallar, cuando preferimos la comodidad de lo conocido antes que el riesgo de aprender algo nuevo.
Desarrollar este músculo implica entrenar competencias que rara vez se enseñan explícitamente, por ejemplo, seguir un criterio propio en vez de depender siempre de instrucciones; tener la capacidad de adaptarnos frente a escenarios que cambian; escuchar activamente el entorno más que apegarnos a planes rígidos; abrazar la vulnerabilidad, entendida como la disposición a no tener todas las respuestas; y estar abiertos al aprendizaje continuo como una práctica diaria, tener siempre intactas esas ganas de aprender a través del conocimiento académico y lo que pueda enseñarnos la interacción con otros.
Desde esta mirada, el espíritu emprendedor no es un rol, es un ADN transversal. Está en la profesora que reinventa su forma de enseñar, en el estudiante que encuentra nuevas formas de aprender, en el trabajador que propone mejoras desde su puesto, en la pyme que se adapta para sobrevivir y en la organización que se atreve a cambiar antes de que sea demasiado tarde.
Si queremos un país capaz de enfrentar el futuro, no basta con formar buenos técnicos o buenos profesionales. Necesitamos personas que desde jóvenes sepan pensar, decidir y crear en contextos de incertidumbre. Eso requiere una mezcla entre conocimientos académicos y el entrenamiento de este músculo que, hagamos lo que hagamos en el futuro, todos vamos a necesitar.


















