Canarias: Paisajes infinitos

Saúl Santos es un reconocido fotógrafo de viajes oriundo de la isla La Palma, Canarias. Sus imágenes de naturaleza y paisaje han sido distinguidas con premios nacionales e internacionales, y han ocupado portadas de revistas, diarios y libros, además de convertirse en postales y calendarios que circulan por distintas regiones del mundo. “Soy muy afortunado de haber nacido en este paraíso que es Canarias. Su diversidad en clima y paisaje la hace única y, para mi trabajo, eso es algo extraordinario”. En estas páginas, las islas Canarias bajo su lente.

 Texto y fotografías Saúl Santos. Edición: Macarena Ríos R.

“A pesar de que mi padre fue fotógrafo y nací entre carretes y olor a químicos, la fotografía no me llamó la atención hasta los veintidós años, cuando entré a un laboratorio con esa luz roja suspendida en el aire y el silencio espeso del revelado. Ese instante en que “juegas” con la ampliadora, el papel y la escala de grises hasta encontrar la exposición exacta, y de pronto —como por arte de magia— la imagen comienza a aparecer. Ahí me enamoré para siempre de este mundo.

No entiendo mi vida sin la fotografía: es mi mayor pasión junto con los viajes. Años después, tras una travesía por la Patagonia, supe con claridad que quería dedicarme a esto: a la fotografía de viajes, a contar el mundo a través de la luz.

El momento verdaderamente mágico ocurre cuando consigues que tus imágenes despierten en quien las mira alguna de las emociones que tú sentiste frente a ese paisaje. Cuando la fotografía deja de ser solo imagen y se convierte en experiencia compartida.

Tal vez mi sello sea amar lo que hago y vivirlo de una manera a veces desmedida. Supongo que algún sello tengo, porque muchas personas identifican mis fotografías sin saber que son mías.

Aunque mis inicios se centraron en el fotoperiodismo, la naturaleza es una pasión desde que nací. Mi padre me llevaba a cada rincón que él fotografiaba. Se podría decir que aprendí a caminar entre riscos y montañas. Desde muy niño me gusta perderme en la naturaleza.

Hay una anécdota que me ha acompañado todos estos años. Después de mis primeros viajes por la Patagonia y varios países de América del Sur, regresé tan fascinado que escribí en un foro de fotografía que ya había visto los espectáculos más hermosos de la naturaleza: glaciares, cataratas, montañas imponentes… Y alguien me respondió: “Te falta un volcán en erupción”.

El destino quiso que, años después, viviera uno en primera línea. La erupción del volcán Tajogaite, en mi isla de La Palma, fue un acontecimiento de una intensidad difícil de explicar. Tal vez porque lo tenía a las puertas de casa, porque era mi paisaje transformándose ante mis ojos. Fue la naturaleza en su estado más crudo y sublime, recordándome que, por mucho que viajemos, a veces lo más extraordinario nos espera justo donde nacimos.

Creo que uno de los grandes sueños de todo amante de la naturaleza es presenciar un volcán en erupción: contemplar la fuerza primigenia de la tierra, más aún cuando te crías y vives sobre suelo volcánico. Ese era también mi sueño. Anhelaba verlo y fotografiarlo, como lo hizo mi padre cincuenta años atrás con el volcán Teneguía, un volcán que nació en una zona despoblada y que no causó daños. Tal vez por eso quedó en la memoria colectiva como un episodio casi amable.

Pero la realidad superó cualquier sueño. La erupción del Volcán Tajogaite, en La Palma, fue lo más increíblemente hermoso que han visto mis ojos —imposible de imaginar— y, al mismo tiempo, el momento más duro que he fotografiado al ver la magnitud destructiva que ocasionó la lava del volcán. Fueron, sin duda, los tres meses más intensos de mi vida, donde cubrí y documenté cada momento.

LA MEMORIA COMO IMAGEN

Con mis fotografías intento ser lo más honesto posible con lo vivido. Busco que el lente sea un puente entre la experiencia y quien observa: plasmar acontecimientos como la erupción, capturar momentos de Canarias y rincones del mundo, y ser fiel —lo más fiel posible— a lo que vi y sentí. Porque al final, fotografiar es eso: transformar la memoria en imagen y la emoción en luz.

Me inspira un amor inmenso por la naturaleza. Aun después de recorrer tantos rincones del mundo, sigo sorprendiéndome y emocionándome con la belleza intacta —y frágil— de nuestro planeta. Con mis imágenes intento poner un pequeño granito de arena para despertar conciencia y cultivar el amor por su conservación.

Mi gran sueño, desde que empecé a fotografiar paisajes, era conocer la Patagonia. Quién me iba a decir que, veintidós años después, podría afirmar que he ido dieciséis veces… y que quiero volver cincuenta más. La pasión por la fotografía me ha llevado a lugares inolvidables. Si tuviera que enumerar algunos de los que más me han marcado, diría sin dudar: la Patagonia, las Cataratas del Iguazú, el Altiplano —argentino, boliviano y chileno—, los Alpes, Asia, Colombia, Brasil, Perú, Laponia, el sudeste asiático y Petra. Cada uno con su propia luz, su propia respiración.

Para mí, la mejor hora para fotografiar es el amanecer y el atardecer. Son momentos en que el paisaje se transforma en un mundo de magia y colores bañado en fuego.

No existe la toma perfecta. Creo que eso es lo que te lleva a estar mejorando y a sentir que estás en pleno aprendizaje.

Soy muy afortunado de haber nacido en este paraíso que es Canarias. Ocho islas cargadas de rincones preciosos, buen clima y gente maravillosa. Aunque he viajado por el mundo visibilizando paisajes remotos, siempre vuelvo a La Palma, mi lugar de origen. Supongo que es el arraigo, esa fuerza invisible que tira de uno hacia donde empezó todo.

Los canarios —los isleños— podemos recorrer el planeta o, incluso, vivir lejos durante años, pero siempre queremos regresar: a la luz, al clima, a la cercanía de su gente y a esa diversidad que nos define y que no se encuentra en ningún otro lugar. En un espacio reducido conviven contrastes que parecen imposibles: es un pequeño microcontinente. Y para mi trabajo, esa riqueza de climas y paisajes en tan pocos kilómetros es algo extraordinario.

No concibo la vida sin el mar. Crecer al pie del mar es casi formar parte de él. Su sonido constante, sus formas en calma, su fuerza desmesurada y salvaje en los temporales, su dinamismo y texturas cambiantes para mi trabajo es un plato de ciencia ficción”.

@saulsantosfotografia