El destacado fotógrafo de naturaleza y viajes Fernando Rosselot, viene llegando del país asiático, donde inmortalizó con su lente la arquitectura pragmática de su capital, Ulan Bator, el vasto desierto de Gobi y el arte de la cetrería de los Kazajos en las montañas de Altai. Un viaje épico que busca evidenciar la vida de grupos humanos que se han mantenido al margen de la globalización y que, en pleno siglo XXI, siguen fieles a sus prácticas ancestrales, todavía migran y reciben al forastero como si fuera de la familia.
Texto y fotos Fernando Rosselot R. Edición Macarena Ríos R.
“Desde hace muchos años que me intrigaba la cultura de los cazadores con águilas de los Kazajos de las montañas Altai. Una tradición milenaria de cetrería que está en el centro de la cultura de estos pueblos. Esas imágenes nobles de jinetes que mantienen una relación casi simbiótica con sus águilas, me parecía épica y visualmente muy atractiva. Además, estaba la figura de Gengis Khan y los guerreros nómadas que asolaron Asia hasta convertirse en el mayor imperio continuo en la historia de la civilización en el siglo XIII.
Con mi esposa, Paulina Peluchonneau, compartimos la pasión por conocer lugares y personas que tengan formas de vida diferentes a las nuestras y que nos permitan poner entre paréntesis y cuestionar nuestras formas y hábitos cotidianos. Sirve para descubrir que muchas de nuestras angustias y sufrimientos tienen que ver con estar atrapados en formas rígidas de ver el mundo y expectativas inventadas que llevan a sentimientos de insatisfacción.
Me había hecho la idea de un país predominantemente rural de estepas infinitas, con las míticas Ger o Yurtas, que son casas circulares que usan los pueblos nómades centroasiáticos para ir cambiando los lugares de asentamiento dependiendo de las épocas del año, buscando buenas pasturas para su ganado.
Al llegar nos encontramos todo eso, pero además con Ulan Bator, la capital, una ciudad de aproximadamente un millón y medio de habitantes que, en los últimos quince o veinte años, ha tenido un desarrollo muy importante. Se ven muchas construcciones, edificios, centrales termoeléctricas en medio de la ciudad y muchos, muchos automóviles.
NÓMADAS EN EL SIGLO XXI
Realizamos este viaje con la agencia española PhotoTravel, que se especializa en viajes fotográficos a destinos remotos. Viajar con ellos tiene la ventaja de que tienen resuelta toda la logística necesaria para el viaje. Además, los guías españoles son geniales y grandes personas.
Como viajamos en otoño en el hemisferio Norte, debíamos llevar equipo adecuado para temperaturas bajo 0. Primeras capas de lana merino, pantalones y polars abrigados, gorros que cubran las orejas, guantes, zapatos de montaña y parkas de pluma gruesas. La temperatura durante el viaje osciló entre -3ºC y -20ºC .
Al aproximarnos al aeropuerto nos impresionó la estepa gélida donde no se veían rastros de vida, sólo una planicie de hielo. Aterrizamos con -17º C. El aeropuerto nuevo queda como a una hora de Ulan Bator. Al llegar impresiona ver una ciudad de estilo soviético, con una arquitectura brutalista, pragmática, con avenidas grandes, espacios públicos monumentales —en el edificio del Parlamento hay sendas estatuas de Gengis Khan, su hijo Ôgedei Khan y su nieto Kublai Khan, que llegó a ser Emperador de China— y un tráfico infernal. Tiene fama de ser la capital más fría y contaminada del mundo.
EL DESIERTO DE GOBI
El desierto de Gobi, junto al Desierto de Taklamakan, son los más grandes desiertos de Asia. Son enormes extensiones de dunas, con muy baja población, que siguen viviendo de forma tradicional en Gers, pastoreando cabras de cachemira, ovejas y camellos bactrianos. Mongolia es conocida por tener las mejores lanas de cachemira del mundo. Nadie sale del país sin al menos un par de calcetines de cachemira o lana de camello que son un orgullo local.
Demoramos dos días en un todoterreno en dirección sur de Ulan Bator hasta el alojamiento en Gers, desde donde hicimos excursiones para ver el paso de pequeñas caravanas de camellos pasando entre las dunas, al atardecer y al amanecer, a las horas doradas con las que todo fotógrafo sueña.
La experiencia de dormir en Gers es muy especial. La eficiencia térmica de estas sencillas viviendas circulares, formadas por un armazón de celosía de madera (khana) que forma las paredes, que se unen a una rueda en la parte superior del techo (toono) mediante postes inclinados (uni). La estructura de madera se cubre con capas de fieltro para aislamiento y lona para protegerse de la lluvia y la nieve. Calentada con una pequeña estufa, en que queman excremento de caballo o camello, logran una temperatura interior en que uno llega, incluso, a sofocarse de calor, aunque afuera haya temperaturas bajo cero.
Los nómadas mongoles son muy receptivos y hospitalarios. Es una obligación en su cultura dar cobijo, alimento y refugio a cualquier persona que llegue a su Ger. Siempre te ofrecen té o “Airag” que es leche de yegua fermentada con unos pequeños panes fritos que se comen en toda Asia Central. Aprendimos que, para entrar, se debe hacer con el pie derecho primero, se considera inadecuado hacerlo al revés. También cualquier cosa que te pasen debe ser recibida con la mano derecha. Donde fueres haz lo que vieres, como dice el dicho popular.
ÖLGII Y EL MUNDO DE LOS CAZADORES CON ÁGUILAS
Volamos desde Ulan Bator a Khovd, que está a 225 km de Ölgii, tramo que hicimos en un minibús hasta un hotel en la ciudad que queda a orillas de un río que estaba congelado en los contrafuertes de las montañas Altai.
De algún modo, cada fotografía tiene algo de subjetivo: cómo uno compone, qué incluye y qué deja fuera de un encuadre, el punto de vista elegido, la óptica, determinan una “edición” de la realidad que es personal. Como dice una cita del gran Ansel Adams: “No haces fotografía sólo con la cámara. La haces con todas las imágenes que has visto, con todos los libros que has leído, con toda la música que has escuchado y con toda la gente que has amado”.
Es muy conmovedor ver la relación de intimidad que tiene cada uno con su águila. La miran y acarician, evitan situaciones que las puedan agitar. Les sacan la capucha sólo cuando las condiciones ambientales son favorables. Es impresionante el orgullo que muestra cada uno con su águila. Había un niño, de no más de siete años, que tenía un halcón amaestrado. A los niños los suben al caballo desde los tres años. Son muy hábiles jinetes, tienen gran destreza sobre los caballos. Más que la díada cazador-águila se trata de una tríada, cazador-caballo-águila.
Si tuviera que elegir una foto del viaje creo que sería una en que vienen varios jinetes con sus águilas galopando ladera abajo a contraluz, con sombras largas del atardecer en medio de una polvareda que le da a la imagen una atmósfera misteriosa, como si fueran emergiendo entremedio de una nube.
Con esta selección de fotos espero que, de algún modo, el espectador se conmueva con estas personas que siguen fieles a sus prácticas ancestrales, que puedan ver la dignidad de sus existencias y formas culturales y que estas imágenes inviten a soñar con otros tiempos en que durante milenios el ser humano se trasladaba de una zona a otra del mundo, a un ritmo diferente al actual, movido por la curiosidad”.





















