Cómo funciona la máquina

Por Marcelo Contreras

Una banda indie llamada Los Campesinos! reveló cifras donde suele haber solo consignas, al publicar en diciembre pasado las ganancias de su álbum All Hell (2024), del que poseen los derechos, una situación que no suele ser regla entre los artistas. Al transparentar cuánto les pagó Spotify por casi siete millones de reproducciones, el grupo británico no denunció un fraude ni una trampa ilegal: expuso una lógica. La plataforma sueca es la que menos rinde por stream -0,29 peniques, equivalentes a unos 3,5 pesos chilenos- frente a Apple Music, Tidal o YouTube. Pero al concentrar el volumen termina siendo la principal fuente de ingresos. El problema no es de matemática, sino estructural.

El streaming musical funciona como una economía de escala pura. La obra individual vale poco, casi nada. Lo relevante es el caudal. Millones de escuchas suena a éxito, pero se traducen en montos modestos incluso para artistas con trayectoria y control de sus derechos. La promesa radica en el alcance global mientras el costo implica una depreciación sistemática del trabajo creativo. No se compra un disco ni una canción, se consume flujo.

Durante la era del vinilo, el cassette o el CD, el sistema era más duro y excluyente, pero el valor estaba anclado a la obra. Cada copia vendida implicaba una transacción concreta y un ingreso unitario reconocible. Los contratos solían ser abusivos pero vender importaba más que circular. Hoy se garantiza esa circulación pero el valor se diluye.

Lo relevante del caso Los Campesinos! es que corre el velo. No hay romanticismo ni retórica antisistema. Los datos explicitan que la masividad no equivale a justicia distributiva. Spotify no es una anomalía ni un villano aislado, sino un síntoma visible de un patrón que atraviesa a las industrias culturales contemporáneas. Lo mismo ocurre en el mundo audiovisual o en la creación de contenidos digitales. El negocio ya no se organiza en torno a la obra, sino al sistema que la distribuye. La plataforma captura el valor; el creador queda subordinado a métricas fuera de su control. No se trata de una conspiración, es un modelo.

Por eso la queja de los músicos no implica nostalgia ni resistencia al cambio. Es la constatación de que, en la economía digital, el éxito puede medirse en millones sin garantizar sustento. Los Campesinos! no pidieron caridad ni excepciones: pusieron en vitrina cómo funciona la máquina.