Eliozka Núñez: Resiliente

autora del libro Hay muchos mañanas

 

Tras dos décadas de hospitalizaciones, enfermedades extrañas y diagnósticos inverosímiles, dignos de una trama a lo Dr. House, Eliozka es un enigma médico. Pero a pesar de los dolores, de la angustia, de la incertidumbre es feliz y esa felicidad la plasma en su libro Hay muchos mañanas. “Pese a lo terrible que suena, siempre hay cosas divertidas y todo depende del prisma con que se mire. Hay que reír de lo trágico, hacerlo más digerible, volverlo una anécdota más en el diario de nuestras vidas”. Aquí, su relato en primera persona.

Por Macarena Ríos R./ Fotografías gentileza entrevistada.

“Estar enferma apesta. Estar enferma durante veinte años, por las más extrañas y rebuscadas razones, apesta un millón de veces más. Y el deseo de sanar y sentirte bien supera, muchas veces, cualquier juicio o prejuicio que podamos tener sobre los métodos que utilicemos para sanarnos”.

“Por eso empecé a buscar verdades que la medicina no me daba. Y ahí aparecen los machis, los chamanes, los curanderos, los monjes de Brasil, incluso cuando estuve en coma lograron hacer llegar una fotografía mía al Vaticano”.

Habla bajito, suave, como si en cada bocanada se le fuera la vida. Desde el cuarto piso de la clínica, donde está la Unidad de Cuidados Intermedios, dice que tiene buen ojo clínico, por eso que uno de sus pendientes es estudiar Medicina, y que antes su umbral del dolor era bajo, pero con el correr de los años se ha hecho más resistente. La acompaña Tuto, un león de peluche que va con ella a todas partes desde que tenía doce años, incluso a pabellón.

“Llevo dos días haciendo unas reacciones alérgicas caballas y no saben cuál es el origen. ¿Y en qué se traduce esa reacción?, le pregunto. “En que dejo de respirar”. Pero contrario a lo que le pasa al común de los mortales, aunque su piel adquiera un tono violáceo, a ratos azul, los niveles de saturación de oxígeno en la sangre aparecen normales en el monitor. ¿Cómo es posible?, me sorprendo. “Mi organismo es súper loco”, contesta.

Es menuda, de pelo corto. Toma catorce remedios, además de inyectarse anticoagulantes dos veces al día. Por la noche adiciona tres medicamentos más. Con eso mantiene a raya su disautonomía, los infartos, las trombosis y el trastorno severo del sueño entre otros diagnósticos. El último y más reciente es una enfermedad autoinmune que todavía no tiene nombre.

Una enterocolitis isquémica la tuvo al borde de la muerte y en coma durante quince días. Como consecuencia quedó con un dolor abdominal crónico que, cada cierto tiempo, la devuelve a la clínica para tratar el dolor. Hoy se va a cumplir una semana desde que está ahí. “Es heavy, el dolor es insoportable. Aún con metadona no pasa nada”.

“¿Puede ser que tu cuerpo se haya hecho resistente al remedio?”, le pregunto. “Hay algunos medicamentos que tienen efecto techo como la morfina y el fentanil, pero no es el caso de la metadona. Comprenderás que lo he probado todo, niña”, me dice con una risita.

El historial de Eliozka es tremendo, pero se reduce básicamente a veinte años de entrar y salir de clínicas, hospitales y servicios de urgencia. Sin embargo, durante todo ese tiempo se las arregló para sacar adelante dos carreras: hoy es matrona, ingeniera comercial, subteniente de reserva de la Armada, tiene un diplomado, un MBA, trabaja en el Ministerio de Salud y, como si eso no bastara, está terminando un doctorado en Metodología de la Investigación Biomédica y Salud Pública.

¿CÓMO LLEGAMOS AL DR. HOUSE?

“Soy fanática de Greys Anatomy y ahora último de Chicago Meds. Siempre con mis papás decíamos ¿cómo llegamos al Dr. House?, ¿dónde lo encontramos? Y créeme que lo hemos buscado. Hemos ido a Italia, España, Francia y Estados Unidos, averiguando qué tratamientos innovadores pueden tener hospitales de otras latitudes y si existe alguna solución. Pero sigo igual”.

Hipnosis, meditación, yoga. También reiki y acupuntura. Eliozka ha intentado de todo para que el dolor no la paralice y tener una mejor calidad de vida. La guía un equipo médico, formado por un anestesista, un siquiatra y un sicólogo. “El reiki y la acupuntura son las únicas disciplinas alternativas que poseen evidencia científica, la clínica las avala como parte del tratamiento complementario. De hecho, acá hay un par de anestesiólogos que se formaron en ambas disciplinas”.

Dice también que llora mucho. “Es un desahogo muy grande, una especie de catarsis, de gritarle a los cuatro vientos por qué, de ir a tirar piedras a la playa, sentarme en la arena por horas sin hacer nada. Y apoyarme mucho en mi familia, en Mario, mi roca, mi compañero”.

¿Te sientes una sobreviviente?
Completamente. Este libro ha sido una forma de hacer catarsis. Escribirlo fue revivir todo, recordar todo. En él he querido plasmar que pese a lo terrible que suena, siempre hay cosas divertidas y todo depende del prisma con que se mire. Hay que reír de lo trágico, hacerlo más digerible, volverlo una anécdota más en el diario de nuestras vidas. Aprendí a tomarme las cosas con humor. No hay otra forma para superar todo lo que me ha pasado.

¿Qué le dirías a la gente que hoy está sufriendo?
Que no decaigan, no dejen caer sus brazos, sonrían, tengan optimismo, piensen que ya vendrán tiempos mejores. La vida es corta, hay que atesorarla, amarla, vibrar con ella. Y que todo tiene solución. Incluso creo que la muerte es una solución en sí.

¿Estás de acuerdo con la eutanasia?
Sí, porque creo que es una forma de tomar las riendas de nuestra vida, de decir hasta cuándo. Mi familia sabe que mi voluntad, si voy a quedar con alguna “ostomía” —traqueotomía, gastrostomía, colonostomía—, que por favor me dejen ir. No quiero verme así en mis últimos días.

¿Cómo es tu relación con Dios?
A veces somos “eneamigos”. Converso mucho con Él, tengo mucha fe. Le pido muchísimo por todos, incluso por quienes han sido indolentes conmigo. Ruego a Dios porque nunca les pase a ellos lo que a mí.

Ha estado seis veces a punto de morir. En una de esas crisis, mientras estuvo en coma, sufrió tres paros cardiorespiratorios. En ese lapso de tiempo, le contaron que fue a ver a su hermano, a una amiga y a su pareja. “Mi hermano dice que sintió mi presencia; te quiero mucho, Nita, pero te tienes que ir, me dijo, y me fue a dejar a la clínica”.

¿Piensas a menudo en la muerte?
Para mí la muerte es parte de la vida, es cómo tú cierras un ciclo. Antes le tenía miedo, pero cuando estuve en coma y estuve en este túnel maravilloso donde sentía risas y veía colores que nunca había visto antes, y era tan acogedor, tan calientito, ya no.

¿Qué crees tú que te ha salvado de no caer en una depresión
?
Podría haber pintado mi pieza de negro y haberme sumido en la tristeza, pero tengo una familia a prueba de balas, que me ha dado la fortaleza para no parar. Hay muchas cosas que yo quiero hacer todavía y no me van a cortar las alas.

¿Cuáles son esos sueños?
Me encantaría ser ministra de Salud.

DE REFORMAS Y COVID

“¿Cuántas personas tienen que hacer bingos o rifas para acceder a una operación? Yo lo viví, a mí nadie me lo ha contado. Juntar cada moneda para parar la olla o pagar un examen, sin el cual no hubiésemos tenido el diagnóstico correcto. ¿Qué bolsillo aguanta sin recurrir a la caridad?, ¿o a los amigos y vecinos? ¿Sin la familia?”, se pregunta en el libro.

“Aunque suene duro, siempre pienso ‘es muy triste ser pobre, y aún más estar enfermo’, porque para acceder a una buena salud en Chile, lamentablemente, debes tener dinero para pagarla”.

¿Qué reformas le harías al sistema de salud actual?
Que exista movilidad inter Isapres, que se borren las preexistencias. Hay muchas prestaciones que no están codificadas por Fonasa y que los pacientes deben pagar en forma particular. Dime, esa persona que debe hacerse una resonancia en distintas partes del cuerpo, ¿de dónde va a sacar la plata? Estamos en un sistema tremendamente desigual. Las mismas listas de espera. Hay muchas fórmulas de atrapar a los profesionales en el sistema público, que se vayan a regiones, hay programas de incentivo y no se ocupan. Debemos implementar buenos programas de capacitación. Que sean intensivos, dinámicos y prácticos. ¿De qué les sirve estar cinco horas calentando una silla si cuando les preguntas algo práctico no tienen idea? Ojalá que las nuevas generaciones que entren a estudiar medicina lo hagan por vocación y no para especializarse en cirugía plástica y ganar millones.

En marzo del año pasado, Eliozka se fue a una parcela en Lo Miranda para capear la pandemia. Tiene la fecha en la retina: el 3 de marzo, cuando se anunció el primer caso de coronavirus en Chile, tenía las maletas listas para salir de Santiago y refugiarse “en una burbuja de cristal”. Aunque estuvo internada cinco veces el 2020, no fue hasta marzo de este año que se contagió de Covid. “Los anticoagulantes me protegieron. El ochenta y cinco por ciento hace una coagulación intravascular diseminada, que significa que el organismo empieza a generar coágulos en diversas partes del cuerpo y a tapar arterias y venas. Yo me salvé porque mi sangre es muy líquida”.

¿Cuáles han sido las mejores decisiones de tu vida?
Esterilizarme y contratar un buen seguro de salud.

¿Qué te relaja?
Nadar y ver tele. Hacemos maratón de Netflix. Me encantaron las series nórdicas Capitani y Buenos días Verónica. Ahora estoy viendo Zona Blanca. Buenísima.

¿Qué te pone de buen humor?
El chocolate.

¿A quién admiras?
A mi familia, profundamente. Sin ellos no sería nadie.

¿Qué es lo primero que haces cuando te despiertas?
Tomar agua y fumar. Eso no se negocia.