Durante mucho tiempo pensé que, si algo se me daba bien, entonces debía ser mi camino. Era una creencia lógica y profundamente instalada en nuestra cultura: trabajar en aquello para lo que uno tiene aptitudes. En el colegio te dicen que si eres bueno para ciencias deberías ser doctor, y si lo eres para matemáticas, ingeniero.
Por eso, después de dar charlas sobre propósito y crecimiento personal, cuando varias personas me preguntaban si hacía coaching, la idea empezó a rondarme. Si tantos me lo pedían, quizás había algo ahí para mí.
Decidí formarme como coach. Estudié durante un año, disfruté el proceso intelectual y aprendí herramientas. Todo indicaba que tenía las capacidades necesarias, hasta que llegó la práctica.
Ahí apareció la verdad.
Recuerdo una sesión en particular. Una coach llevaba varias sesiones hablando del mismo problema, sin avanzar. Necesitaba ser escuchada y contenida. Yo, en cambio, me sentía drenada. Solo quería que terminara. Mientras ella necesitaba paciencia, yo pensaba en cómo moverla hacia adelante, en sacarla del mismo lugar.
Fue incómodo reconocerlo, pero entendí algo fundamental: un buen coach debe saber escuchar sin apurar, tolerar la repetición y no intervenir, aunque la solución parezca evidente. Yo no funciono así.
Hablo mucho, doy consejos y tengo poca paciencia para quedarme dando vueltas en el mismo punto. Y, siendo honesta, solo me movilizan los problemas de otros cuando están vinculados con su propósito.
Entonces entendí algo clave: tener las habilidades para hacer un trabajo no significa que ese trabajo sea tu propósito. Aunque era capaz de ejercer como coach, hacerlo de manera sostenida me agotaba. Y esa fue la señal más clara.
Mi propósito no es sostener. Es inspirar.
Esa diferencia cambió mi forma de entender el trabajo. Porque para que algo sea sostenible no basta con hacerlo bien, tiene que entusiasmarte, generarte energía y expandirte.
He visto a muchas personas destacando en roles que las dejan exhaustas, no por incapacidad, sino porque están desplegando un verbo motor que no es el suyo.
Por eso, en La historia que te cuentas propongo mirar los momentos laborales en que el tiempo pasó volando, en que te sentiste vivo y conectado. Ahí aparece tu verbo motor: comunicar, educar, analizar, conectar, organizar.
No define tu cargo, define cómo te mueves en el mundo. Y cuando se alinea con lo que haces, el trabajo deja de pesar y empieza a tener sentido.
Quizás no todos estamos hechos para lo mismo. Pero todos estamos hechos para algo. La tarea es atrevernos a reconocer qué nos energiza de verdad. Ahí el propósito deja de ser una idea y se vuelve una experiencia vivida.
















