Restorán Nápoles: Ecléctico

Ideado por el anticuario Gabriel del Campo, Nápoles es un viaje al pasado. Ubicado en el barrio de San Telmo, este icónico restorán, que funciona en un bodegón de dos mil metros cuadrados, alberga una cantidad inimaginable de antigüedades. Estatuas de reminiscencias griegas, mascarones de proa y baúles Louis Vuitton de 1900, forman parte de su escenográfico inventario. “Armar esto fue un quilombo”, comenta su dueño.

Por Macarena Ríos R. desde Buenos Aires/ Fotografías gentileza Nápoles

“Yo no soy coleccionista ni nunca lo quise ser… yo soy anárquico, ¿entendés?”, me explica el empresario Gabriel Del Campo. Es martes por la noche y el Nápoles, a un año de su puesta en marcha, hierve. Desmesuradamente grande y desordenado como la ciudad a los pies del Vesubio, tal como lo quiso su dueño. Premunido de una potente mezcla de estilos y objets trouvés, al Nápoles es difícil encasillarlo.

Sobre las mesas, dispuestas entre cientos de antigüedades, lámparas colgantes de los años veinte. La cocina no para. La ansiedad por recorrer el galpón lleno de historia, tampoco.

Los platos italianos caseros conviven con caballos de calesita, candelabros, estatuas, ropa vintage, réplicas de barcos, bibliotecas, joyas de ebanistería, vírgenes y cristos cusqueños. Las prima donna del lugar. Objetos atractivos y variopintos que emergen desde cada rincón.

“Soy absolutamente compulsivo para todo. Y descalibrado para las cantidades y las proporciones. Me rodeo de objetos, todo es en una escala casi rayana en la internación. Tengo ciento veinte autos, setenta motos, tres depósitos como este, llenos de antigüedades. Y me divierto mucho. Las antigüedades fueron y son una etapa de mi vida con ese tipo de compulsión. Primero compré para mí y llené mi casa y después me di cuenta de que si no lo transformaba en una actividad comercial, me fundía, porque ya no tenía lugar para guardar”.

¿A qué te refieres con llenar tu casa?
A no poder caminar. Yo llegué a tener en la cocina cuatro estatuas de mármol, una moto, santos…

OBJETOS CON HISTORIA

Antes de que se convirtiera en el depósito de antigüedades de Gabriel, y más tarde en el Nápoles, esta construcción de principios de siglo era, ni más ni menos, que la cochera de carruajes de Eduardo Anchorena. Cercano al Museo de Historia Nacional, está emplazada en Av. Caseros, una de las cuadras más lindas de Buenos Aires.

Premunido de una estructura de hormigón, con un reticulado de hierro y perfiles doble T, los ladrillos en techos y paredes son históricos, como todo lo que posee adentro. “Más que el objeto en sí, me gusta la emoción que el objeto me provoca. Me gusta comprar cosas que tengan que ver con el contacto humano, me gusta comprar carpinterías antiguas enteras, me gusta comprar talleres con las herramientas antiguas incluidas, todo lo que tenga que ver con emoción humana, porque siento que el objeto se carga de eso, de historia”. Y añade: “soy muy sensible, te aclaro”.

Mientras hablamos, mis ojos se pasean. Vitrinas del siglo pasado, un monoposto Plymouth, que corrió en la década del cuarenta, en la mitad del pasillo, estatuas, y más allá una Triumph 500 del año cincuenta y uno. “Siempre me gustaron los autos, las motos, y las cosas fuera de escala, de gran tamaño. Tengo un problema con eso, nunca pude ser un anticuario de vitrina. Me divierte lo que tiene de un metro y medio para arriba. Me conmueven los objetos grandes”.

¿Cuál es tu debilidad?
Todo.

ARTE & GASTRONOMÍA

Empresario, anticuario, decorador, sibarita, Gabriel Del Campo tiene tres hijos, un anticuario en Plaza Dorrego, un astillero donde alberga un taller de restauración de autos antiguos, y el Nápoles.

Antes del restorán, ya decoraba casas y desarrollaba la imagen de varias marcas de moda usando una estética particular. Fue pionero en usar elementos industriales, un concepto global hoy en día. “Por ejemplo, hacíamos las comidas para los directores de Renault en medio del taller de restauración de autos, con una mesa con candelabros y gastronomía de primer nivel. Y la gente comiendo entremedio del quilombo, feliz. A mí me parece que el ser humano se conmueve con esas cosas”.

¿Cómo nace Nápoles?
Este depósito, que lo tengo hace más de diez años con mis cosas, estaba en una zona que comenzó a hacerse muy gastronómica. Y como había comprado un viejo bar con una barra, el fin de semana en la noche venía con amigos o con mis hijos y por ahí cocinábamos, y festejábamos cumpleaños. Y la gente que pasaba por la calle, nos veía desde las vitrinas llenas de autos y antigüedades. Un día dijimos: abramos para veinte personas y veamos qué pasa. Fue una locura. Al mes ya teníamos cola en la vereda.

¿Te hiciste asesorar por alguien?
Intenté, pero no pude. La gastronomía en escala es donde se termina el romanticismo, es la tumba de los cracks. En gastronomía, si sos un tipo curioso e interesado, vas aprendiendo. Si sos despabilado es un buen negocio, pero siempre teniendo mucho respeto por el producto, porque la gente sea bien atendida.

¿Cuál ha sido tu desafío más grande?
No es muy romántico lo que voy a decirte, pero lo que más me costó fue lograr armar los equipos humanos y transmitirle a la gente el compromiso, la responsabilidad y el placer de servir al otro cuando es tu laburo.

¿Hay algo que no vendas?
Todo lo vendo, pero lo que más quiero es más caro.

¿Qué significa Nápoles?
Nápoles es un concepto que intenta transmitir lo que es Nápoles como ciudad. La primera vez que la visité para buscar repuestos para mis autos italianos, pedí los pasajes de vuelta inmediatamente. Al cuarto día, me quise quedar un mes. Porque aunque es una vorágine, caótico y muy desordenado, te hace sentir parte. Este depósito tiene misterio y un desorden que lo hace aún más íntimo

¿Con quién conversas tus planes?
Con nadie, porque al que le pregunto me dice que me quede quieto.

¿Y cuándo piensas quedarte quieto?
Quedarme quieto no quisiera, sí encontrar un equilibrio donde la calidad de vida sea mejor. Por ahora, estoy terminando la habilitación para hacer otro Nápoles en San Isidro y viendo la posibilidad de franquiciarlo y armar una empresa gastronómica por el éxito que ha tenido. Doce mil comensales al mes, no está mal.

 

 

“Soy absolutamente compulsivo para todo. Y descalibrado para las cantidades y las proporciones. Tengo ciento veinte autos, setenta motos, tres depósitos como este, llenos de antigüedades. Y me divierto mucho”.

“Siempre me gustaron los autos, las motos, y las cosas fuera de escala, de gran tamaño. Tengo un problema con eso, nunca pude ser un anticuario de vitrina. Me divierte lo que tiene de un metro y medio para arriba. Me conmueven los objetos grandes”.

“Estoy terminando la habilitación para hacer otro Nápoles en San Isidro y viendo la posibilidad de franquiciarlo y armar una empresa gastronómica por el éxito que ha tenido”.