Navegando hacia el Olimpo

Clemente Seguel, vela

Clemente Seguel tiene dieciocho años y es bicampeón nacional y campeón sudamericano en Laser Standard. Desde marzo forma parte de un selecto grupo de deportistas nacionales que tiene en la mira los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Esta es la historia de un deportista que vive y entrena en Algarrobo, la capital náutica del país.

Por Germán Gautier V.  / Fotografía Mariela Sotomayor G.

Hay niños que sueñan con la astronomía, la música o la medicina. Son parte del clásico repertorio infantil, que en el caso de Clemente Seguel (18) sumaba uno más: los deportes. Todos han soñado con ser una estrella de fútbol o viajar por el mundo con una tabla a cuestas buscando olas que montar. Diez años atrás, soñoliento pero atrevido, Clemente miraba por televisión los Juegos Olímpicos de Pekín y decía “yo quiero estar ahí”. Lo mismo que un niño se imagina en una nave espacial franqueando la atmósfera o lanzando las baquetas al público en un concierto. Antes incluso de decantarse por la navegación a vela, Clemente soñaba con la máxima cita olímpica. “Es muy difícil llegar. Esa ha sido mi meta desde siempre y en ese camino estamos”, reconoce Seguel.

Clemente compite en Laser Standard, una embarcación a vela de un solo tripulante masculino (a diferencia del Laser Radial donde compiten mujeres). Por su ligereza y poco volumen del casco es uno de los barcos más navegados en el mundo. Con siete metros cuadrados de vela puede planear la superficie con vientos de hasta treinta nudos de intensidad. “No es un barco muy rápido. Más bien es un barco físico, que te hace ser un chacal”.

En el Campeonato Norteamericano de Laser, que se realizó en julio en Long Beach, California, se vio la estirpe y el hambre de Seguel. Después de diez regatas y con dos descartes terminó en el noveno puesto y consiguió la plaza del país para los Juegos Panamericanos de Lima 2019.

El 15 y 16 de diciembre se realiza el selectivo panamericano en Algarrobo, y el 14 y 15 de enero es el Campeonato Nacional en Frutillar. En estas dos fechas se juega Clemente Seguel la opción de estar en sus primeros panamericanos y, con ello, aumentar las posibilidades de conseguir un cupo a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. “Es un camino largo. Por eso tienes que trabajar a conciencia”, asegura.

FAMILIA DEPORTISTA

Clemente Germán Seguel Lacamara nació en Temuco. A los dos años su familia se mudó a Santiago y cuatro después se trasladaron definitivamente a Algarrobo. Remarca cada sílaba del gentilicio: “Me siento algarrobino”.

“Somos seis hermanos. Arturo tiene Síndrome de Asperger y mis padres encontraron que era bueno para él estar en un ambiente diferente a Santiago, que nos parecía tóxico y donde pensamos que no se iba a adaptar de la mejor manera a la sociedad”.

En lugar de circular por autopistas y capear kilómetros de atochamiento, su madre comenzó a llevarlo por caminos rurales desde la costa hasta su primer colegio, El Valle de Casablanca. “En cuarto básico tenías la posibilidad de talleres deportivos y dentro de eso estaba navegación a vela en la Cofradía Náutica del Pacífico”.

Su primer barco fue un Optimist, “con el que todos los chicos aprenden a navegar”.

“Me subí y fue entretenido. Venía todos los miércoles y entrenaba con Federico y Claudio, quienes todavía trabajan en la Cofradía y nos inculcaron lo básico. Después llegó un entrenador argentino, Federico López, para los fines de semana. Y a los chicos que estaban motivados y con potencial nos ofrecían barcos y yo dije ‘esto es lo que necesito”.

Su primer campeonato fue contra el Club de Yates Algarrobo. Tenía nueve años, no entendía nada de cómo funcionaba una regata y la decepción fue total.

¿Qué hace que un niño, a pesar de una mala experiencia, continúe en un deporte?
Mi familia estuvo muy metida; los seis hermanos somos deportistas. Yo te diría que mi familia, mi papá más que nadie, me obligó a entrenar los fines de semana. Cuando me sentía desmotivado mi papá estaba ahí para darme un impulso. Sin su apoyo tal vez habría dejado el deporte. Yo creo que los papás de mis antiguos compañeros no estaban tan interesados porque pensaban que era un taller más del colegio y no tuvieron ese “dale, tú puedes, te llevo, te traigo y cómo te fue, vamos al campeonato, vamos a Higuerillas”. Y en eso mi papá fue un pilar fundamental.

Su hermano Diego es otra fuente de coraje y perseverancia. A los dieciséis años se quebró la columna vertebral practicando snowboard, y este año fue el abanderado de la delegación chilena que participó en los Juegos Paraolímpicos de Invierno desarrollados en Pyeongchang, Corea del Sur. Él representó al país en el mono ski y Clemente señala emocionado: “Diego es nuestro máximo ejemplo. Es mi ídolo. Imagínate, fue abanderado de Chile. ¡Es un crack!”

Con ese viejo Optimist clasificó a su primer sudamericano. Fue el único barco al cual le puso un nombre. Se llamó ‘Chita’ y a bordo vivió la metamorfosis de aficionado a deportista en serio cuando dijo: “esto es lo mejor de la vida”, y se puso a entrenar como un depredador.

“Con Pedro Vera fuimos los únicos dos que seguimos y teníamos una gran rivalidad. El que ganaba un campeonato se quedaba con el mejor barco y siempre estuvimos matándonos por tenerlo. Por eso crecimos de nivel y terminó gustándome”.

ATÓMICO

En Paracas, Perú, Clemente Seguel consiguió, con quince años, el segundo lugar en el Mundial Juvenil de Sunfish, una embarcación de clase internacional, pero no olímpica. Un año después, en el Mundial Juvenil de Laser Radial en Auckland, Nueva Zelanda, remató décimo. “Fue atómico”, confiesa. El 2017 disputó su primer Mundial en Laser Standard en Split, Croacia, y clasificó en flota de plata. Y en el verano de este año compitió en la Semana Internacional de Yachting de Mar del Plata, Argentina, donde finalizó cuarto, y superó al legendario argentino Julio Alsogaray. Con resultados de este calibre, muchos ojos se posaron sobre Clemente.

En marzo recibió un sorpresivo llamado. Del otro lado de la línea le anunciaron que había sido uno de los once deportistas beneficiados con la Beca Tokio 2020. Se trata de un programa del Comité Olímpico Internacional que busca ayudar a exponentes de alto nivel técnico a conseguir su clasificación a la próxima cita de los anillos.

Los top 11 son: Joaquín Niemann (golf), Thomas Briceño (judo), Rodrigo Rojas (karate), María Fernanda Valdés (levantamiento de pesas), Melita Abraham (remo), Antonia Abraham (remo), Ricardo Soto (tiro con arco), Guillermo Satt (surf), Arley Méndez (levantamiento de pesas), Nicolás Jarry (tenis) y Clemente Seguel (vela).

Clemente dice que el día que llegó la noticia “fue uno de los días más felices de mi vida”.

LA MAGIA DE LA VELA

La última semana de noviembre Clemente rindió la PSU. Piensa que el estudio no se contradice con el deporte, aunque los objetivos inmediatos están cifrados en el Mundial de Laser Estándar, que se efectuará en Sakaiminato, Japón, los primeros días de julio de 2019. Allí hay cinco plazas para los Juegos Olímpicos. Y el 2020, después de los panamericanos, está la Copa del Mundo de Miami, que entrega una plaza sudamericana. Sea cual sea el resultado, Clemente no descansará hasta conseguir su anhelo.

Anclado a los buenos resultados, los apoyos continúan. Banco Santander le entregó la confianza y los recursos para contar con el español Javier Hernández Cebrian (11° en Pekín, 12° en Londres) como entrenador. Con él está planificando sus próximos desafíos.

Y es que Clemente tiene una cosa clara: “La vela no es de suerte. El mejor siempre va a estar adelante, pero no siempre gana. Dependes de muchos factores que no manejas: el viento, la corriente, que alguien te choque en la partida. Aquí no siempre va a ganar Usain Bolt. Esa es la magia de la vela y al final el que menos errores comete y el que más parejo va es quien gana”.