| |
Por Alonso Vela-Ruiz. Doctor (c) en Historia, Magíster en Historia, Licenciado en Historia, Profesor de Historia y Geografía, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Profesor Titular de Historia de Chile, Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales, Universidad del Pacífico.
Contra la tesis esencialista de que “siempre hubo homosexuales” y la identificación de un discurso homofóbico en la sociedad europea a partir del siglo XIII (Le Goff, 2005: 11-32), Michel Foucault sostuvo que “el homosexual” que conocemos es una invención relativamente reciente del discurso psiquiátrico. (Foucault, 1976: 56-57). En este artículo se da a conocer una lectura perversa de la imagen del personaje homosexual masculino en la comunicación de masas, aparecida en un artículo de la revista Sucesos del año 1927, época de represión sexual en Valparaíso, en que parafraseando a Foucault, éste aún no había llegado a ser un personaje, con un carácter propio, forma de vida e historia.
La rufianería, el escándalo, los ultrajes públicos a las buenas costumbres, los actos deshonestos o simplemente la vagancia -como se tipificaba en los procesos judiciales el ejercicio de la prostitución hasta 1879- se practicaba en el Puerto desde la Colonia. Aunque desde el siglo XIX, existía en el plano intelectual una visión común sobre la legitimidad de un orden político, la feroz cruzada inquisidora no había mermado con el arribo del siglo XX, cuando Joaquín Edwards Bello señala que en Valparaíso “la alegría nocturna es oculta y condenada”, por lo que “nadie confiesa que se divierte” (Calderón, 2001: 265). Aquí se trata de la clase dirigente, que define las condiciones de la sociedad, es decir, la que decodifica la realidad y sus normas, la que mantiene una percepción, muy conservadora, de que existe un “orden natural de las cosas” y que todo cambio aceptado en el plano intelectual, debía graduarse en función de este “orden”. (Stuven, 1997: 265). De ahí que la zona seca que en 1927 se impone en el llamado barrio Chino de Valparaíso, busca también terminar con los adjuntos del alcoholismo reinante, donde destacan según una revista de la época, los “burdeles de ínfima y asquerosa categoría, prostíbulos llenos de mujeres y esclavas de miserables explotadores de vicios”.
Pero si el prejuicio mantuvo en los procesos judiciales el eufemismo de “vagancia” hasta las últimas décadas del siglo XIX -para calificar el repudiado ejercicio de la prostitución- cuán excluyente podía llegar a ser esa misma sociedad cuando los “delitos” carnales y el escándalo público eran protagonizados por homosexuales.
En una redada, según comenta la porteñísima revista Sucesos N° 1.284 en 1927, la policía “echó el guante... a un grupo de invertidos que se dedicaba a sus vergonzosas actividades” en el barrio Chino de Valparaíso. Por el tenor de la noticia, se aprecia con claridad la intolerancia dominante hacia las minorías sexuales. En uno de los grupos, señala el cronista, “se puede ver a esos degenerados con los trapos femeniles que usaban en sus fiestas... La degeneración les lleva hasta a usar nombres femeninos: Pola Negri, la Violeta, la Carmelita, la Pera de Agua, la Musmé y otros por el estilo. Cuando les aprendió la policía llevaban maletines con sus cosméticos, polvos encarnados, lápices para los labios, sombras para las ojeras y otras ridiculeces. En el allanamiento que se les hizo, se les encontraron prendas interiores de mujer, todas de seda y de colores rosado y celeste, medias y hasta sostén de senos”. Alterados por su morfología, anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología, los funcionarios judiciales que participaron en la aprehensión, consideran que “todo aquello era un conjunto ridículo y asqueroso a la vez, al encontrar a mozos jóvenes con todo aquel equipo destinado a disfrazar su sexo, para entregarse a la más baja de las pasiones a que pueda llegar la degeneración”. El artículo concluye festinando que a la llegada de los detenidos al Juzgado, un numeroso público “los hizo objeto de graciosas manifestaciones que los degenerados recibían con remilgos femeniles, que causaban todavía más hilaridad”.
Las preocupaciones y los escándalos que Valparaíso conocía en su barrio Puerto, empujaron ciertamente ese trato humillante como estatus social adquirido de la homosexualidad. En este contexto viene a injertarse el estado de espíritu del momento, de un “orden natural de las cosas” que enjuicia el erotismo en un sentido cada vez más severo y conservador. Tendencia que en parte puede explicarse por una reacción hacia libertades individuales, civiles y políticas, que se han vuelto quizás excesivas, a través de las continuas reformas constitucionales de décadas pasadas.

Puerto de Valparaíso 1879.

Hotel Colón construido en 1846, cuyo edificio aún permanece en calle Esmeralda.
|
|
|