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Patrimonio Archivo Histórico Domingo, 10 de Agosto de 2008
EL CONSERVADURISMO VIÑAMARINO ANTE EL ARRIBO DE LA MODERNIDAD
Enviado por:  [ Admin ]
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Texto: Ana Henríquez Orrego (Investigadora Archivo Histórico Patrimonial)
Imágenes: Javiera Vargas Mejías (Diseñadora del Archivo Histórico Patrimonial)

En medio de la conmoción que significó para la Iglesia y los grupos conservadores que siguen el avance del laicismo en el país, "todo por la moralidad" vino a ser la respuesta de los reaccionarios. Así tituló la revista Zig-Zag, en 1915, un artículo para llamar la atención y constatar que en el país entero se iba desarrollando un "entusiasmo loco por afianzar la moral en todos los órdenes de la vida nacional, empezando por el arte y terminar por las cantinas". Imbuidos por un espíritu moralista exagerado, se señala que todo el mundo "tiene sed de moralidad y las personas y las colectividades andan en busca de liviandades que corregir y de escándalos que castigar”.

Alcanzaría tal extremo la fiebre por implantar las buenas costumbres en el país, que la revista Zig-Zag, en 1928, comenta con gran preocupación que en una fiesta viñamarina aparece como un número de gran novedad la cueca chilena, ya que “existía el temor de que el baile nacional recibiera reprobación o desaires o lo hallaran inmoral”; demasía que no quedó falto de argumentos, como que “dijo un viejo libertino a una dama timorata... No me gusta la cueca... imita la ronda del gallo a la gallina. Es inmoral(1)”. De la mojigatería alcanzada en aquella época, también da cuenta una señora que “en el colmo de sus púdicos propósitos” ha decidido que su perrito faldero “no se presente más en público en traje de Adán, sino vestido honestamente”. En la misma escrupulosa campaña pública, algunos diarios denuncian que escaparates de ciertos almacenes de la ciudad se exhiben figuras demasiado ligeras de ropa, “como si quisieran hacer propaganda a favor de la ventilación absoluta(2)”.

En esta postura extrema también se encuentra la autoridad, desde el Intendente de la Provincia, que “persigue con rigor extremo a los libreros que expenden obras en que se ofenda a las buenas costumbres(3)”, hasta la policía urbana, que de acuerdo con el alcalde, amenazan con las penas más tremendas a los empresarios “que exhiban películas... ligeras de ropas” en el biógrafo. Sobre esta materia, una dama de la aristocracia local no admitía términos medios, quien aseguraba que si la liga contra el teatro inmoral no procede con la debida energía, “yo me pondré a la cabeza de otro movimiento para organizar en serio, no una liga, sino un cinturón, por decirlo así, que oprima tenazmente a los empresarios y autores”, y agregaba que se opondrá a toda obra en que destaque “alguna escena, algún parlamento, alguna copla o algún diálogo en que no impere la más absoluta inocencia(4)”.

En este sentido, resulta de gran interés sumergirse en esta atmósfera donde cada cual tenía el deber de ajustarse, porque en caso de no hacerlo se corría el riesgo de ser tildado de “inmoral”, para luego ser rechazado socialmente. A primera vista, la imagen que nos presenta con cierta sátira la prensa de la época, es de una verdadera lucha contra todo resquicio de “hábitos inconvenientes”. De ahí que el moralismo se percibe como el sello más característico de la época y como una verdadera urgencia, pues se sentía un ambiente de decadencia en las costumbres que venía inundando todos los ámbitos.

1.Revista Zig-Zag, N° 1203, 1928.
2.Idem
3.Revista Zig-Zag, N° 521, 1915
4.Idem


Fondo Teodoro Lowey, celebración fiestas patrias


Zig-Zag, Fiesta en el Valparaíso Sporting Club de Viña del Mar (1905)

 
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