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Texto: Matías González Ayala, investigador del Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar.
La importancia de este comerciante portugués radica en su decisión de adquirir, en 1840, las dos haciendas del valle conocido como Peuco –la “Viña de la Mar” y las “Siete Hermanas”- las que más tarde conformarían la ciudad de Viña del Mar. Lo anterior, eso sí, gracias al empuje de José Francisco Vergara, esposo de su nieta Mercedes Álvarez, quien en 1874 gestaría su fundación, pero no nos adelantemos tanto pues ello corresponde a otro capítulo de la historia.
Démosle, entonces, un poco de crédito a Alvares, pese a que algunos digan que fue su mujer, Dolores, quien lo incitó a realizar la compra, ya que quedó maravillada con la cantidad de flores que se daban naturalmente en el lugar. Sea cual fuere el motivo, lo cierto es que sucedió a don Benito Fernández Maqueira y a don José Manuel Cea en la propiedad de las mentadas tierras, volviéndolas “...a reunir en un solo haz como lo había estado en tiempos de los Cortés, de los Carvajal y de Alonso de Riberos...”(2). El hecho de que estas haciendas permaneciesen unidas, luego de su muerte, será un factor decisivo en la futura fundación.
Ahora bien, en cuanto a su vida, debemos decir que existe cierta nebulosa antes de su arribo a Chile. Sólo sabemos que nació en tierras lusas, en la ciudad de Viana, aparentemente en 1777, y que fue marino en su juventud. El resto de la información conseguida, que igualmente es escasa, corresponde a su estadía en nuestro país, una vez que se estableció en Valparaíso. De este tiempo destacaremos, en primer lugar, su matrimonio con doña Dolores Pérez Flores, compromiso efectuado en la parroquia Matriz de dicha ciudad, el 25 de marzo de 1813, gracias a cuyo registro hemos podido conocer el nombre de sus padres, don Juan Manuel Alvares y doña Luisa María(3). De este enlace nacerá un único heredero, Francisco Salvador, quien sería bautizado al año siguiente en la misma parroquia.
Sus dotes comerciales le auguraron un buen pasar, permitiéndole instalarse con un negocio de abarrotes, el que le entregaba una no despreciable renta, lo que le permitía vivir con cierta tranquilidad. Estando a gusto en el país y queriendo retribuir a los patriotas, “...el portugués Alvares quiso colaborar a las campañas de Chiloé y del Callao, llenando los estanques de las fragatas de la escuadra con agua que extraía de un pozo de su casa, sin costo alguno para el erario nacional”(4).
Pero, es muy poco probable que la venta de agua y abarrotes, utilizada para surtir a la marina mercante, pudiera conseguirle que la suma de su fortuna ascendiese, años más tarde, a la estratosférica suma de un millón setecientos mil pesos. Según comenta Larraín, “el secreto de este gran caudal hay que desentrañarlo en una habilísima operación que realizó el astuto lusitano, gracias a su vinculación con marinos y navegantes que arribaban a nuestros puertos”(5). Sobre este mismo aspecto, Barros Arana destaca una inteligente movida especulativa realizada por Alvares en 1837, la que contó con la ayuda de su amigo, el naviero estadounidense William Turpin Thayer, quien realizaba viajes de apoyo para la escuadra nacional durante la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1936-1939). El acuerdo, entre ambos, era que, si Thayer volvía del Perú con buenas noticias para Chile, pondría alguna señal en la proa de su goleta, de lo contrario entraría sin novedades. Pues bien, al volver traía consigo noticias del Tratado de Paucarpata, el que desfavorable para el país, prolongaba el estado de beligerancia, por lo que no permitiría exportar trigo al Perú, por tal motivo, cuando divisó en la rada de Valparaíso al navío del norteamericano sin señalización alguna, comenzó a vender todo el trigo y a acaparar el azúcar que procedía de la nación nortina, esto último pues no podría importarse por algún tiempo. Fue así, entonces, como el portugués logró conformar su cuantiosa fortuna.
Aunque parezca poco verosímil la ingeniosa maniobra, lo concreto es que se convirtió en uno de los comerciantes más acaudalados del país, permitiéndose, entre otras cosas, comprar a las “Siete Hermanas” y la “Viña de la Mar”, en cuyos terrenos se trasladó a vivir junto a su familia.
Sin embargo, sólo alcanzaron a transcurrir algo más de tres años hasta que, producto de una fuerte pulmonía, derivada de un enfriamiento ocurrido luego de mojarse los pies en su hacienda, falleció en 1844 a la edad de sesenta y seis años(6).
1.Se ha preferido incluir el apellido Alvares, pues era de origen portugués, su descendencia, en cambio, adoptó el Álvarez tal como lo usaban los españoles. 2. LARRAÍN, Carlos; Viña del Mar, editorial Nascimento, Santiago, 1946, p. 223. 3. Partida de matrimonio, en Foja 208 del libro Nº 4 de “Matrimonios”, del Archivo de la Parroquia Matriz de Valparaíso. 4. LARRAÍN, Carlos; Op. cit., p. 225. 5. Ibídem, p. 226. 6. MARTÍNEZ BAEZA, Sergio; “Cinco documentos para la historia de Viña del Mar”, en Revista Archivum, Nº 4, año III, editada por el Archivo Histórico Patrimonial de Viña del Mar, Viña del Mar, 2004, p. 167.
 Dolores Pérez de Alvares- pintura de Raimundo de Monvoisin
 Francisco Xavier Alvares- pintura de Raimundo de Monvoisin
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